La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 2

El funeral sin nombres

El funeral comenzó sin anuncio.

No hubo campanas.
No hubo llanto.
No hubo nombres.

Iria llegó al cementerio siguiendo a un pequeño grupo de personas vestidas de negro opaco, como si el color hubiera sido absorbido por la tela. Caminaban en silencio, con pasos sincronizados, evitando mirarse entre sí. Nadie parecía sorprendido por su presencia, pero nadie se acercó.

Era como si su existencia estuviera… tolerada.

El cementerio de Virelda no tenía cruces ni lápidas tradicionales. Solo bloques de piedra lisa clavados en la tierra, todos idénticos, todos sin inscripción. La hierba estaba demasiado bien cuidada. No había flores frescas. Ni viejas.

—Aquí no se deja nada —susurró alguien detrás de ella—. Lo que se deja, vuelve.

Iria se giró bruscamente.

Un hombre mayor, rostro hundido y ojos vidriosos, la observaba con una mezcla inquietante de pena y alivio.

—¿Era mi hermana? —preguntó Iria—. ¿Usted la conocía?

El hombre dudó. Apenas un segundo. Pero fue suficiente.

—No —respondió—. Aquí no conocemos a nadie.

Antes de que Iria pudiera decir algo más, una mujer avanzó hasta el centro del claro. Vestía un abrigo largo y guantes negros. En sus manos sostenía una carpeta cerrada.

No miró a los presentes.

—Estamos aquí para concluir —dijo—. No para recordar.

Abrió la carpeta.

Dentro no había fotografía.
No había nombre.
Solo una fecha… tachada.

Iria sintió que algo se le comprimía en el pecho.

—Perdón —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Dónde está el ataúd?

Todas las miradas cayeron sobre ella al mismo tiempo.

No había reproche en esos ojos.
Había miedo.

—No hay cuerpo —respondió la mujer—. Nunca lo hay.

—¿Entonces qué estamos enterrando?

La mujer levantó la vista por primera vez y la miró directamente.

—La versión aceptable de lo ocurrido.

Un murmullo casi imperceptible recorrió al grupo. No eran palabras. Eran respiraciones agitadas, cuerpos tensándose.

Dos hombres se acercaron al hoyo abierto en la tierra. Estaba vacío. No había caja. Solo oscuridad.

La mujer de los guantes continuó leyendo en voz baja, como si recitara una fórmula aprendida de memoria.

—Que el silencio la cubra.
Que la ciudad la conserve.
Que nadie vuelva a pronunciar lo que no debe existir.

Iria sintió náuseas.

—¡Esto es una locura! —exclamó—. Ella tenía nombre. Tenía vida. ¡Era real!

El viento se levantó de repente, violento, antinatural. Las ramas de los árboles se sacudieron como si protestaran.

La mujer cerró la carpeta de golpe.

—Pronunciar es insistir —dijo con dureza—. Insistir es romper.

Iria dio un paso hacia el hoyo.

—Su nombre era—

El hombre mayor le sujetó el brazo con fuerza.

—¡No! —susurró, desesperado—. ¿Quieres que vuelva a pasar?

Iria lo miró, temblando.

—¿Que vuelva a pasar qué?

Pero él ya se había alejado, con los ojos clavados en el suelo.

La ceremonia terminó igual que había comenzado.
Sin cierre.
Sin despedida.

Las personas se dispersaron lentamente, como sombras obedientes. Nadie se acercó a Iria. Nadie la consoló. Nadie mencionó a su hermana.

Cuando el cementerio quedó vacío, Iria se acercó sola al hoyo.

La tierra parecía más oscura allí. Más profunda.
Se inclinó para mirar.

Durante un segundo eterno, creyó ver algo moverse en el fondo.
No un cuerpo.
No una forma humana.

Algo parecido a… letras desordenándose.

Retrocedió de golpe.

—No estás loca —dijo una voz suave.

La mujer de los guantes estaba detrás de ella.

—Entonces explíquemelo —respondió Iria—. Dígame qué le hicieron.

La mujer la observó en silencio. Luego habló:

—Tu hermana no murió.

Iria sintió que el mundo se le inclinaba.

—Entonces ¿dónde está?

—En el mismo lugar que tú estuviste una vez.

Iria frunció el ceño.

—Yo nunca desaparecí.

La mujer se acercó un poco más.

—Eso es lo que la ciudad te permitió creer.

Antes de que Iria pudiera reaccionar, la mujer se marchó entre los árboles. No dejó huellas.

Iria quedó sola frente a la tumba vacía, con una certeza nueva y aterradora creciendo en su interior:

Su hermana no había sido enterrada.
Había sido borrada.

Y el funeral no era para los muertos.
Era una advertencia para los vivos.




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