Las casas no olvidan
La casa estaba despierta.
Iria lo supo apenas cruzó el umbral, aunque no había ruido alguno que lo confirmara. El silencio allí no era pasivo; estaba tenso, distribuido con intención. Como si cada pared tuviera asignada una tarea.
Cerró la puerta con cuidado. El sonido del pestillo resonó demasiado fuerte, y durante un segundo esperó una reacción. No llegó. La casa aceptó su presencia con la paciencia de algo que ya había ganado.
Encendió la luz del pasillo.
El interruptor funcionó a la primera.
Eso la inquietó más de lo que habría hecho un apagón.
Avanzó lentamente, recorriendo espacios que no recordaba y, al mismo tiempo, reconocía con una claridad incómoda. El sofá cubierto con una sábana blanca. El reloj sin manecillas sobre la chimenea. Un cuadro torcido que su mano enderezó antes de que su mente decidiera hacerlo.
—No estuve aquí —murmuró.
El eco le devolvió algo distinto.
No sus palabras, sino la intención de ellas.
Subió las escaleras.
Cada escalón crujía en el mismo punto exacto, como si el sonido hubiera sido ensayado. Al llegar al segundo piso, el pasillo se estrechó de manera casi imperceptible. No físicamente. Era una sensación. Como si la casa la estuviera empujando hacia adelante.
La primera puerta estaba cerrada.
La tocó, y un recuerdo la golpeó con violencia: manos pequeñas temblando, una voz adulta contando hasta diez, la promesa de que todo terminaría pronto si cooperaba.
Retiró la mano de inmediato.
—No es mío —susurró, con el pulso acelerado—. Ese recuerdo no es mío.
La puerta se abrió sola.
Dentro había una habitación infantil.
Las paredes estaban pintadas de un blanco que no pretendía ser inocente. No había juguetes. No había cama. Solo una silla pequeña frente a una mesa vacía.
En la pared, marcas de altura.
Muchas.
Iria sintió un nudo en la garganta.
—Aquí no vivía nadie —dijo en voz alta—. Yo no tuve este cuarto.
El aire se volvió más frío.
La casa respondió de la única forma que sabía hacerlo:
mostrando.
El suelo crujió detrás de ella.
Iria se giró.
Por un instante, creyó ver a una niña parada en el umbral. Delgada. Cabello oscuro. Ojos demasiado quietos.
No era su hermana.
Era ella.
Parpadeó.
La figura desapareció.
El pasillo estaba vacío.
Iria retrocedió hasta chocar con la mesa. Al apoyar la mano, notó algo tallado en la madera. Letras pequeñas, profundas, hechas con insistencia.
NO HABLES.
NO MIRES.
NO RECUERDES.
Debajo, otra frase.
Más reciente.
FUNCIONA.
Un sollozo se le escapó antes de poder detenerlo.
—¿Quién me hizo esto? —preguntó a la habitación.
La respuesta llegó desde el interior de la casa, un sonido casi imperceptible. No era una voz, sino una vibración. Como si las paredes se acomodaran para hablar sin palabras.
Iria salió de la habitación tambaleándose y avanzó por el pasillo hasta la última puerta.
La suya.
O eso creyó.
Al abrirla, el olor la golpeó de inmediato. Antiséptico. Metal. Algo clínico, fuera de lugar en una casa familiar.
La habitación estaba intacta, pero no como la recordaba. La cama estaba perfectamente hecha, sin arrugas. En la mesita de noche había una grabadora vieja.
Iria la reconoció al instante.
Había soñado con ella.
Con manos temblorosas, presionó play.
Estática.
Luego, una respiración agitada.
Su respiración.
—Si estás escuchando esto —decía su voz, quebrada— significa que fallé. O que lo intenté otra vez.
Un golpe seco. Como si alguien hubiera entrado en la habitación.
—No confíes en la casa —continuó la grabación—. Aprende rápido. Ellos escuchan a través de las paredes. A través de ti.
La grabación se detuvo abruptamente.
La grabadora se apagó sola.
Iria se quedó inmóvil, con el corazón desbocado.
—Ellos —susurró—. ¿Quiénes son ellos?
Algo se movió dentro de las paredes.
No era un animal.
No era viento.
Era… actividad.
La casa crujió, como si estirara sus cimientos. Las luces parpadearon una sola vez.
Iria retrocedió, respirando con dificultad.
Por primera vez desde que regresó, entendió algo con claridad absoluta:
La casa no era un refugio.
Era un archivo.
Un lugar diseñado no para vivir…
sino para recordar por ella.
Y si ella no obedecía,
la casa lo haría en su lugar.
Iria apagó la luz del pasillo.
La oscuridad no protestó.
La aceptó.
Porque ya sabía quién era ella.
Y cuánto estaba dispuesta a olvidar.