La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 4

El espejo que no devuelve reflejos

Iria no durmió.

No porque la casa hiciera ruido, sino porque no lo hacía. El silencio era tan absoluto que cada pensamiento parecía ajeno, como si no se hubiera originado en ella.

A las 4:02 a. m., se levantó.

No decidió hacerlo.
Simplemente ocurrió.

El pasillo estaba a oscuras, pero conocía el camino. Su cuerpo lo conocía. Caminó descalza sobre el suelo frío, contando los pasos sin saber por qué.

Doce.

Se detuvo frente al baño.

El espejo la esperaba.

La luz se encendió sola.

Iria se acercó lentamente, con el pulso golpeándole las sienes. Durante un segundo, solo vio su reflejo normal: ojeras marcadas, piel pálida, el cabello revuelto por una noche sin descanso.

Parpadeó.

El reflejo no lo hizo.

Su respiración se cortó.

—Esto no es real —susurró.

El reflejo inclinó la cabeza.

No era una imitación imperfecta. Era una decisión.

Iria retrocedió un paso. El reflejo se quedó quieto, observándola con una calma inquietante.

—¿Quién eres? —preguntó.

Los labios del reflejo se movieron.

Pero no emitieron sonido.

En su lugar, el espejo comenzó a empañarse desde el centro hacia los bordes, como si alguien respirara desde el otro lado. Letras aparecieron lentamente sobre la superficie.

NO ME RECUERDAS.

Iria sintió un mareo violento.

—Claro que te recuerdo —dijo, aunque no estaba segura de a quién hablaba—. Soy yo.

El reflejo sonrió.

No era su sonrisa.

El vapor volvió a moverse, formando nuevas palabras.

ESO TE DIJERON.

Un dolor punzante le atravesó la cabeza. Imágenes fragmentadas irrumpieron sin permiso: una sala blanca, una fila de espejos, voces midiendo reacciones, anotando fallos.

—¡Basta! —gritó Iria.

El sonido se apagó en el aire, absorbido por las paredes.

El reflejo levantó la mano y la apoyó contra el vidrio.

Iria sintió frío en la palma, como si el contacto hubiera atravesado la superficie.

—No… —susurró—. Eso no es posible.

El espejo vibró suavemente.

Por un instante, el reflejo desapareció.

El vidrio quedó vacío.

Iria jadeó, apoyándose en el lavamanos.

—Estoy perdiendo la cabeza —murmuró—. Es el estrés. El duelo.

Cuando volvió a mirar, el espejo reflejaba el baño…
pero no a ella.

Iria dio un paso a la izquierda.
Nada.

A la derecha.
Nada.

El reflejo mostraba un espacio perfectamente vacío, como si ella no existiera.

El pánico le subió por la garganta.

—¡Devuélveme! —gritó.

El espejo respondió.

Su reflejo reapareció lentamente, pero algo estaba mal. Tenía los ojos enrojecidos, las pupilas dilatadas. Sonreía con una serenidad insoportable.

—No sabes cuántas veces has dicho eso —habló el reflejo.

Iria retrocedió, chocando con la pared.

—No estás hablando —susurró—. Estoy imaginándolo.

—Eso también te lo enseñaron —respondió el reflejo—. A dudar de ti primero.

El vidrio se oscureció, y detrás comenzaron a aparecer otras siluetas. Rostros borrosos. Copias imperfectas de ella misma, en distintas edades.

Niña.
Adolescente.
Adulta.

Todas la miraban.

—Nos dejaron aquí —dijeron al unísono—. Para que tú pudieras seguir funcionando.

Iria se tapó los oídos.

—¡No las escucho! ¡No las escucho!

El espejo se resquebrajó.

No con un estallido, sino con un sonido seco, contenido. Una grieta fina recorrió el vidrio de arriba abajo, atravesando el rostro reflejado.

La imagen se deformó.

El reflejo se inclinó hacia adelante.

—Tu hermana nos vio —susurró—. Por eso no la dejaron volver.

La luz del baño se apagó de golpe.

Oscuridad total.

Iria cayó de rodillas, respirando con dificultad. Sintió fragmentos de vidrio bajo sus manos, aunque no había escuchado nada romperse.

Cuando la luz volvió, el espejo estaba intacto.

Reflejaba su imagen normal.

Demasiado normal.

Iria se incorporó lentamente.

Se tocó el rostro. Parpadeó. Sonrió.

El reflejo la imitó perfectamente.

Pero algo había cambiado.

En la esquina inferior del espejo, apenas visible, había una inscripción que no estaba antes.

COPIA ACTIVA.

Iria apagó la luz.

Se quedó en la oscuridad, temblando.

Porque en ese instante entendió lo más aterrador de todo:

Tal vez ella no era la original.
Tal vez solo era la versión que había aprendido a callar mejor.

Y el espejo…
solo estaba comprobándolo.




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