Archivos sellados con sangre seca
El edificio no aparecía en ningún mapa.
Iria lo supo incluso antes de verlo, como si la ciudad misma intentara borrar la idea de su existencia. Caminó durante casi una hora por calles que parecían repetirse, doblando esquinas que ya había doblado, hasta que el aire cambió. Se volvió más frío. Más estéril.
Allí estaba.
Un bloque de concreto gris, sin ventanas visibles, incrustado entre dos edificios habitados como una cicatriz mal cerrada. No había letrero. No había número. Solo una puerta metálica con una ranura oxidada.
Sobre ella, una palabra casi borrada:
ARCHIVO
Iria dudó.
Recordó la advertencia del papel.
No hables en voz alta.
Empujó la puerta.
El interior olía a polvo viejo y a algo más. Algo metálico. No era reciente. Era el olor de lo que se seca… pero no desaparece.
Las luces se encendieron una por una, acompañando sus pasos, como si el edificio decidiera hasta dónde podía avanzar.
Estanterías interminables se alzaban a ambos lados, repletas de carpetas idénticas. Todas grises. Todas cerradas. Todas marcadas con códigos en lugar de nombres.
—Esto no es real —pensó.
Pero lo era.
En el fondo del pasillo, un escritorio.
Detrás, un hombre.
No levantó la vista cuando Iria se acercó. Escribía con una lentitud excesiva, como si cada letra tuviera que ser autorizada antes de existir.
—Vengo por mi hermana —dijo Iria, olvidando por un segundo la advertencia.
El bolígrafo se detuvo.
El hombre alzó la cabeza.
Tenía los ojos completamente negros.
—No hay parentescos aquí —respondió—. Solo expedientes.
—Entonces busco el mío.
Un silencio pesado cayó entre ellos.
El hombre la observó durante varios segundos. Luego se levantó y caminó hacia una estantería específica. Sacó una carpeta y la dejó frente a ella.
El código en la portada la hizo retroceder un paso.
Era su fecha de nacimiento.
Y debajo… otra.
Una que no reconocía.
—Eso está mal —susurró—. Yo nací una vez.
El hombre ladeó la cabeza.
—Eso depende de qué versión esté activa.
Iria abrió la carpeta.
Dentro había informes médicos. Evaluaciones psicológicas. Diagramas del cerebro humano con zonas marcadas en rojo. Fotografías borrosas de salas blancas, de sillas pequeñas, de espejos alineados.
Y notas manuscritas.
Sujeto muestra resistencia al recuerdo espontáneo.
Aplicar refuerzo de silencio.
Fragmentación estable.
Las manos le temblaban.
—Esto no es consentimiento —dijo—. Es tortura.
—Es adaptación —corrigió el hombre—. La ciudad no tolera lo inestable.
Iria pasó las páginas con desesperación.
Entonces lo vio.
Una mancha oscura en el borde del papel.
Seca.
Irregular.
Sangre.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz quebrada.
—El sello —respondió el hombre—. Nada se archiva sin cierre biológico.
El estómago se le revolvió.
—¿Y mi hermana?
El hombre se quedó inmóvil.
—Ella pidió ver su expediente completo.
Iria sintió un frío absoluto recorrerle la espalda.
—¿Y…?
—Eso no está permitido.
—¿Qué le hicieron?
El hombre la miró con algo parecido a lástima.
—Le devolvimos todo.
El aire pareció desaparecer.
—¿Todo qué?
—Todos los recuerdos —dijo—. Todas las versiones. Todas las voces.
Iria cerró los ojos.
—Eso mata a una persona.
—No —corrigió—. Solo a la versión que puede seguir funcionando.
Iria siguió revisando hasta encontrar otra carpeta dentro de la suya.
Más pequeña.
Sellada con la misma sangre seca.
Tenía un nombre.
El nombre de su hermana.
—No —susurró—. Dijeron que no había nombres.
—No los hay —respondió el hombre—. Esto es un error que aún no hemos corregido.
Iria abrió la carpeta.
Estaba casi vacía.
Solo una nota, escrita con una letra temblorosa pero decidida:
Si estás leyendo esto, no soy la primera en romper.
Tú tampoco lo serás.
El silencio no protege.
Divide.
Y cuando termine contigo, no quedará nadie para recordar que alguna vez fuiste real.
La carpeta cayó de sus manos.
—Ella sabía —murmuró Iria—. Sabía todo.
El hombre regresó al escritorio.
—Por eso no regresó a la ciudad.
—Pero dijeron que—
—Dijimos lo necesario.
Las luces comenzaron a parpadear.
—Tienes que salir —añadió—. Antes de que el archivo decida cerrarte.
Iria retrocedió lentamente hacia la puerta.
—¿Cuántas veces he estado aquí? —preguntó.
El hombre no respondió de inmediato.
—Las suficientes como para que ya no estés segura —dijo al fin.
La puerta se cerró detrás de ella con un sonido seco.
Iria quedó afuera, respirando con dificultad, con una certeza clavándose en su mente:
El archivo no guardaba información.
Guardaba versiones humanas descartadas.
Y ella…
Ella todavía estaba siendo evaluada.