Voces detrás de las paredes
Iria regresó a la casa cuando el cielo ya no tenía color.
No era de noche ni de día. Virelda entraba en ese estado intermedio en el que las sombras se alargaban sin fuente aparente y los sonidos parecían llegar tarde, como ecos mal sincronizados.
Cerró la puerta tras ella.
La casa respondió con un suspiro largo, profundo.
No provenía de ningún punto específico. Era estructural. Como si las vigas, los muros y los cimientos exhalaran al mismo tiempo.
—No empieces —murmuró Iria.
Se apoyó contra la pared del pasillo, intentando regular la respiración. El archivo seguía latiendo detrás de sus ojos: las carpetas, la sangre seca, las palabras fragmentación estable repitiéndose como un diagnóstico eterno.
Entonces lo oyó.
Un murmullo.
No venía del interior de la casa.
Venía desde dentro de las paredes.
Iria se irguió.
—¿Hola? —susurró, odiándose por hacerlo.
El murmullo se detuvo.
Un segundo de silencio absoluto.
Luego, la pared a su izquierda vibró levemente.
—No escuches —dijo una voz.
Era femenina. Baja. Familiar.
Iria retrocedió un paso.
—¿Quién está ahí?
La voz tardó en responder, como si tuviera que atravesar capas antes de llegar a ella.
—La versión que no funcionó.
El corazón le dio un vuelco.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene demasiado —respondió la voz—. Por eso nos sellaron.
Iria apoyó la palma contra la pared. Estaba tibia.
—¿Eres… yo?
Una risa apagada vibró desde el otro lado.
—Lo fui. Hasta que hablé.
Otra voz se unió al murmullo. Luego otra. Decenas. Superpuestas. Algunas lloraban. Otras recitaban frases sin emoción.
No confíes en ellos.
Aprende a callar.
Funciona.
Funciona.
Funciona.
Iria se tapó los oídos.
—¡Cállense!
El murmullo creció.
Las paredes comenzaron a latir suavemente, como un pulso orgánico. El papel tapiz se tensó, formando relieves que parecían venas.
—Nos dejaron aquí —dijo la primera voz—. Como advertencia. Como repuesto.
—¡Yo no las dejé! —gritó Iria—. Yo no pedí esto.
—Nadie pide sobrevivir —respondió otra—. Solo se adapta.
Un golpe seco resonó desde el piso superior.
Iria levantó la vista.
—No subas —advirtieron varias voces al mismo tiempo.
Demasiado tarde.
Sus pies ya se movían.
Cada escalón amplificaba el murmullo. No eran solo voces ahora. Eran recuerdos filtrándose por grietas invisibles: salas blancas, manos sujetándola, una cuenta regresiva repetida una y otra vez.
Diez.
Nueve.
Ocho.
—¡Deténganse! —rogó Iria, con lágrimas cayéndole por el rostro.
El pasillo superior estaba más estrecho que antes.
Las paredes se habían acercado.
—No lo hagas —susurró la primera voz—. Si ves esto, no podrás volver a callar.
Iria se detuvo frente a una pared que no recordaba haber visto antes. No tenía puerta. No tenía cuadro. Solo una grieta vertical, irregular.
De ella emergía un hilo de sonido constante. Respiraciones superpuestas.
Iria acercó el oído.
—Somos lo que quedó —dijeron—. Somos lo que tú dejaste atrás para poder salir.
Iria negó con la cabeza.
—No es verdad.
—Míranos.
La pared cedió.
No se abrió.
Se hundió.
Iria retrocedió con un grito ahogado.
Detrás había un espacio imposible, demasiado profundo para el tamaño de la casa. Filas de nichos tallados en la estructura, como columbarios. Dentro de cada uno… una silueta humana, apenas visible.
No cadáveres.
Personas quietas.
Respirando.
Con su rostro.
—No —susurró Iria—. Esto no puede estar pasando.
Una de las siluetas abrió los ojos.
—Si sales de aquí —dijo—, ocuparás nuestro lugar.
Las luces se apagaron de golpe.
El murmullo se transformó en un grito colectivo.
Iria corrió escaleras abajo, sin mirar atrás, con el corazón a punto de estallar. Cerró la puerta principal de un portazo y se apoyó contra ella, jadeando.
El silencio volvió.
Pero no era el mismo.
Desde el interior de la casa, algo se acomodaba.
Algo había sido despertado.
Iria se alejó de la puerta, temblando.
Entendió entonces que la casa no solo recordaba.
La casa almacenaba.
Y las voces detrás de las paredes no querían ser escuchadas por compasión.
Querían ser liberadas.