La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 7

La mujer que afirma haber sido yo

Iria salió de la casa al amanecer.

No porque se sintiera a salvo afuera, sino porque quedarse se había vuelto una forma lenta de desaparición. La calle estaba casi vacía, cubierta por una neblina baja que deformaba las fachadas y borraba los límites entre una casa y la siguiente.

Caminó sin rumbo fijo, con la sensación de que cualquier dirección era incorrecta.

Fue entonces cuando alguien dijo su nombre.

—Iria.

No lo gritó.
No lo susurró.

Lo reconoció.

Iria se detuvo en seco.

—¿Quién eres? —preguntó, sin girarse.

—Alguien que ya estuvo donde tú estás ahora.

La voz venía de un banco, bajo un árbol sin hojas. Una mujer estaba sentada allí, con la espalda recta, las manos entrelazadas sobre el regazo. Vestía ropa sencilla, sin rasgos distintivos. Su rostro… normal.

Demasiado normal.

Iria se acercó despacio.

—No te conozco.

La mujer levantó la vista.

—Eso es buena señal —dijo—. Significa que todavía no me has reemplazado.

Iria sintió un vacío en el estómago.

—¿Reemplazarte?

—A mí —respondió la mujer—. A la que fue tú antes de que aprendieras a callar mejor.

El mundo pareció inclinarse.

—No existe otra yo —dijo Iria—. Solo estoy cansada. Confundida.

La mujer sonrió con tristeza.

—Eso mismo dije.

Se levantó. Al ponerse de pie, Iria notó algo inquietante: tenían la misma altura. La misma forma de mover las manos. Incluso el mismo gesto al fruncir el ceño.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Iria.

—Advertirte —respondió la mujer—. O despedirme. Aún no lo sé.

Caminaron juntas por la calle. Nadie las miraba dos veces. Nadie parecía notar la duplicidad.

—Yo viví aquí —continuó la mujer—. Volví como tú. Por alguien que no debía ser recordado.

—Mi hermana —dijo Iria.

La mujer asintió.

—La mía también.

Iria se detuvo.

—Eso no es posible.

—Lo es cuando las historias se reciclan —dijo la mujer—. Virelda no crea tragedias nuevas. Reutiliza las que funcionan.

Iria tragó saliva.

—Dices que fuiste yo. ¿Cuándo?

La mujer se quedó pensativa.

—Antes de que te archivaran de forma definitiva —respondió—. Antes de que eligieran tu versión obediente.

—¿Y tú qué eres ahora?

—Un error pendiente.

Llegaron frente a un escaparate. El vidrio reflejó a ambas.

Iria contuvo el aliento.

Los reflejos no coincidían del todo. El de la mujer tenía una leve demora. Como el espejo del baño. Como una copia mal sincronizada.

—Mírate —dijo la mujer—. Todavía estás entera. Eso no dura.

—¿Qué me van a hacer?

La mujer desvió la mirada.

—Te darán opciones que no son opciones. Te dejarán creer que elegiste.

—¿Y tú?

—Yo hablé demasiado —respondió—. Por eso ya no pertenezco a ningún lado.

Iria sintió una oleada de rabia.

—Entonces ayúdame. Dime cómo salir.

La mujer la miró con una intensidad casi dolorosa.

—No hay salida —dijo—. Solo intercambios.

—¿Qué tipo de intercambios?

La mujer dio un paso atrás.

—Uno de nosotros tiene que quedarse para que el otro pueda irse.

El ruido de pasos resonó a lo lejos. Varias personas avanzaban por la calle, con la mirada fija al frente.

—Ya vienen —dijo la mujer—. Cuando lleguen, fingirán que no me ven.

—¿Quiénes?

—Los que deciden qué versión es funcional.

Los pasos se acercaron.

—Escúchame bien, Iria —susurró la mujer—. Si te preguntan quién eres, responde rápido. Las dudas se penalizan.

—¿Y tú qué harás?

La mujer sonrió por última vez.

—Lo mismo que hice la vez anterior.

Se giró y caminó hacia la calle opuesta. A mitad de camino, se detuvo y miró atrás.

—Por cierto —añadió—. Yo también me llamaba Iria… hasta que me lo quitaron.

Las personas pasaron junto a Iria sin mirarla. Sin verla.

La mujer ya no estaba.

Iria quedó sola, con una certeza aterradora clavándose en su mente:

Tal vez su identidad no estaba en peligro.

Tal vez ya había sido negociada.

Y lo único que aún no sabía…
era a quién estaban a punto de reemplazar.




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