La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 11

La habitación donde aprendí a callar

La puerta no estaba cerrada con llave.

Nunca lo había estado.

Iria lo comprendió en el instante en que apoyó la mano sobre el picaporte: nadie había necesitado encerrarla ahí. Había aprendido sola.

La habitación seguía exactamente igual.

Demasiado igual.

Las paredes eran de un blanco que no reflejaba la luz. La lámpara del techo permanecía apagada, aunque la estancia estaba iluminada por una claridad sin origen visible. El aire olía a metal viejo y a algo más… algo orgánico, casi dulce.

—Aquí empezó —susurró.

No había ventanas.
No había reloj.
No había esquinas reales.

El espacio estaba diseñado para no ofrecer referencias. Para que el tiempo se disolviera.

En el centro, una silla infantil.

Frente a ella, el espejo.

Iria avanzó despacio. Cada paso le arrancaba una presión en el pecho, como si su cuerpo reconociera el lugar antes que su mente.

El espejo seguía siendo el mismo.

No devolvía reflejos.

—Por eso nunca supe cómo me veía —pensó—. Nunca me dejaron confirmarme.

Se sentó en la silla.

Al hacerlo, un sonido leve recorrió las paredes. No era un ruido mecánico, sino algo más sutil. Como un suspiro colectivo.

Entonces lo recordó.

La voz.

—No tienes que hablar —decía—. Pensar ya es suficiente.

La voz no venía de ningún punto concreto. Estaba en todas partes. Dentro. Afuera. Debajo de la piel.

Iria cerró los ojos.

Vio a la niña que había sido. Pequeña. Demasiado quieta. Con las manos apoyadas sobre las rodillas, aprendiendo a no moverse, a no llorar, a no preguntar.

—Si no dices nada —continuaba la voz—, no puedes equivocarte.

Cada sesión era igual.

Le hacían preguntas que no esperaba.
Le mostraban imágenes que no comprendía.
Le pedían que describiera sensaciones imposibles.

Y cuando dudaba…

Silencio.

Un silencio tan denso que dolía.

—Aprendí rápido —murmuró Iria—. Callar hacía que todo terminara antes.

Abrió los ojos.

El espejo ya no estaba vacío.

Ahora mostraba a la niña.

La niña la miraba fijamente.

—No eras tú —dijo Iria—. Eran ellos.

La niña ladeó la cabeza.

—No —respondió con una voz que no era infantil—. Fuiste tú quien decidió callar.

Iria sintió una punzada de rabia.

—Era una niña.

—Y aun así elegiste —replicó la imagen—. Elegiste sobrevivir.

Las paredes comenzaron a vibrar suavemente.

Fragmentos de memoria se filtraron como grietas:

La aguja entrando en el brazo.
Las palabras repetidas hasta perder significado.
El elogio frío cuando obedecía.
El castigo invisible cuando no lo hacía.

—El silencio era la moneda —dijo Iria—. Yo la pagué.

El espejo mostró otra escena.

La niña mayor ahora. Adolescente. Ya no lloraba. Ya no temblaba.

Observaba.

Analizaba.

Aprendía a ocultar pensamientos detrás de expresiones neutras.

—Aquí nací de verdad —susurró Iria—. No en una familia. No en una ciudad. Aquí.

La voz regresó, más cercana.

—Los sujetos que callan sobreviven más tiempo.

—Pero no viven —respondió Iria.

Se levantó de la silla.

El espejo se agrietó.

—No me rompieron —dijo—. Me moldearon. Y eso fue su error.

Las grietas se extendieron.

—Creyeron que el silencio me vaciaría —continuó—. Pero lo llenaron de cosas que nunca pudieron medir.

El reflejo de la niña empezó a desdibujarse.

—Miedo —enumeró Iria—. Observación. Paciencia.

El espejo estalló sin ruido.

Solo polvo suspendido en el aire.

La habitación comenzó a oscurecerse.

Antes de salir, Iria se volvió una última vez hacia el centro vacío.

—Gracias —dijo en voz baja—. Aprendí a callar aquí.

Sus dedos se cerraron en un puño.

—Ahora voy a aprender a hablar.

Cuando cruzó el umbral, algo cambió dentro de ella.

Ya no sentía el impulso de huir.
Ni siquiera de destruir.

Sentía algo más peligroso.

Claridad.

Porque había comprendido la verdad más incómoda de todas:

El silencio nunca fue impuesto.
Fue entrenado.

Y todo lo que se entrena…
puede desentrenarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.