La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 12

El lenguaje que nos prohibieron

Iria tardó tres días en darse cuenta de que algo había cambiado.

No fue una revelación grandiosa.
Fue una grieta mínima.

Una palabra que no debería existir.

La escuchó en el mercado, susurrada entre dos ancianas que fingían hablar del clima.

—…desde que él recordó

Iria se detuvo en seco.

Recordó.

No pensó.
No imaginó.
Recordó.

La palabra flotó en el aire como un delito.

Las ancianas se miraron, tensas. Una de ellas corrigió rápido:

—Quise decir… desde que él se confundió.

La otra asintió con alivio.

Iria siguió caminando, con el pulso acelerado.

—No se les escapó —pensó—. Se les salió.

Aquella noche volvió a los archivos del Proyecto Virelda.

No buscaba documentos esta vez.
Buscaba ausencias.

Listas de palabras eliminadas del lenguaje cotidiano. Términos marcados como riesgo narrativo.

Las encontró.

No eran insultos.
No eran amenazas.

Eran conceptos.

Recuerdo.
Antes.
Elección.
Culpa.
Después.

—Por eso hablamos raro —murmuró Iria—. Por eso todo suena incompleto.

El lenguaje había sido reducido hasta convertirse en una herramienta funcional. Útil. Inofensiva.

No había pasado.
Solo continuidad.

No había futuro.
Solo mantenimiento.

Iria cerró los ojos y recordó las sesiones.

—Describe lo que sientes —decían.

Y cuando ella no encontraba palabras, asentían satisfechos.

—Muy bien. No es necesario nombrarlo.

Nombrar era peligroso.

Nombrar fijaba la experiencia.

Nombrar creaba historia.

—Nos robaron el idioma —susurró—. Y con él, la posibilidad de entendernos.

Al día siguiente comenzó a probar.

Pequeño.
Cuidadoso.

En la panadería, le dijo al hombre de la fila:

—Esto me recuerda a algo.

El hombre se quedó inmóvil.

—¿A… qué? —preguntó, incómodo.

—A antes.

El silencio cayó como una losa.

—No hay antes —dijo él, casi suplicando—. Solo ahora.

Iria sonrió con tristeza.

—Eso te dijeron.

Retrocedió un paso. No insistió.

Esa noche escribió palabras en papel.

A mano.

No en pantallas. No en registros digitales.

Las palabras aparecían torcidas, inseguras, como animales liberados tras años en jaulas.

Yo.
Elegí.
Recuerdo.

Al leerlas en voz alta, le dolió la cabeza. Un zumbido agudo se coló entre sus sienes.

—Así se siente la resistencia —pensó—. Como fiebre.

Días después, alguien dejó una nota bajo su puerta.

Una sola palabra, escrita con pulso tembloroso:

Culpa.

Iria la sostuvo largo rato.

No había firma.

Respondió con otra nota.

No es tuya.

Las palabras empezaron a circular.

No de forma abierta.
No aún.

Se colaban en frases rotas, en miradas sostenidas demasiado tiempo, en silencios que ya no eran cómodos.

El Consejo del Velo reaccionó rápido.

Anuncios públicos recordaron la importancia de la claridad comunicativa. Se recomendó evitar términos ambiguos.

Pero ya era tarde.

Las palabras, una vez aprendidas, no podían desaprenderse del todo.

Iria se reunió con un pequeño grupo en el sótano de una casa abandonada.

Cinco personas.

Nadie dijo su nombre.

—No sabemos cómo hablar —dijo uno.

—Entonces empecemos por lo que duele —respondió Iria.

Les enseñó palabras prohibidas.

No como definiciones.
Como llaves.

Cada término abría una grieta distinta.

Algunos lloraron.
Otros se enfurecieron.
Uno se levantó y se fue sin decir nada.

—No todos van a soportarlo —pensó Iria—. Y eso también es parte.

Cuando regresó a casa, encontró la puerta abierta.

El aire estaba cargado.

Una frase estaba escrita en la pared, con una tinta oscura que aún no se secaba:

El lenguaje crea infección.

Debajo, otra, más pequeña:

Y tú eres el foco.

Iria apoyó la mano sobre la pared.

Sonrió.

—Siempre lo fui.

Miró las palabras, luego el espacio vacío alrededor.

—Si el lenguaje es una infección —dijo en voz baja—, entonces el silencio es la enfermedad.

Y por primera vez, la ciudad pareció escucharla.

No respondió.

Pero tembló.




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