La ciudad empieza a recordar
No ocurrió de golpe.
Ocurrió como ocurren las cosas verdaderamente peligrosas:
de manera desigual.
Un hombre se detuvo en mitad de la calle, con una bolsa de pan en la mano, y comenzó a llorar sin saber por qué.
—Es que… —intentó explicar— es que esto ya pasó.
No supo decir cuándo.
Ni cómo.
Solo que su cuerpo lo recordaba.
Una mujer despertó gritando el nombre de alguien que no existía en los registros civiles. Juró haber tenido un hijo. Mostró la habitación vacía. La cama pequeña. Los juguetes que nadie reconocía.
—Me lo quitaron —repetía—. No sé cuándo. Pero me lo quitaron.
Los médicos hablaron de episodios disociativos.
El Consejo habló de interferencias narrativas.
Iria habló de despertar.
La ciudad empezó a comportarse de forma errática.
Relojes detenidos.
Calles que parecían conducir a lugares que ya no estaban.
Personas que evitaban ciertas casas sin saber por qué.
—La memoria no vuelve ordenada —pensó Iria—. Vuelve rota.
Los sueños cambiaron.
Ya no eran silenciosos.
Ahora estaban llenos de palabras mal dichas, de escenas incompletas, de voces que no coincidían con los rostros.
Iria caminaba por Virelda sintiendo una presión extraña en el aire.
Como si algo empujara desde dentro.
En la plaza central, un grupo de personas se había reunido sin convocarse. Nadie sabía quién había llegado primero.
—Antes —dijo alguien en voz alta.
La palabra cayó como un objeto pesado.
Nadie la corrigió.
—Antes… —repitió otra voz— yo tenía miedo.
—Antes yo gritaba —dijo un tercero—. Me dijeron que era innecesario.
Iria se mantuvo al margen.
No era su lugar liderar ese momento.
Las palabras fluían torpes, peligrosas.
Cada frase parecía abrir algo que no podía cerrarse.
De pronto, un anciano se llevó las manos a la cabeza.
—El sótano —susurró—. Había un sótano.
Se arrodilló.
—Nos hacían bajar —dijo—. Siempre de uno en uno.
El silencio que siguió fue distinto al entrenado.
Este silencio pesaba.
—Nos llamaban por números —continuó—. Pero yo tenía un nombre. Yo… yo tenía—
Se quedó en blanco.
Iria se acercó despacio.
—No hace falta que lo digas —le dijo—. Todavía.
El anciano la miró.
—¿Tú también recuerdas?
Iria asintió.
—No todo —dijo—. Pero lo suficiente.
En distintos puntos de la ciudad comenzaron a aparecer símbolos. No oficiales. No reconocidos.
Palabras escritas a medias.
Dibujos infantiles en muros adultos.
Puertas marcadas con una línea vertical.
—Son anclas —pensó Iria—. Intentos de fijar lo que vuelve.
El Consejo del Velo emitió un comunicado esa noche.
Habló de una fase de reajuste.
Pidió calma.
Pidió confianza.
Nadie aplaudió.
Los altavoces se apagaron antes de terminar el mensaje.
Por primera vez.
Esa misma noche, Iria soñó con la habitación blanca.
Pero esta vez no estaba sola.
Decenas de personas ocupaban el espacio imposible. Adultos. Niños. Ancianos.
Todos miraban el espejo roto.
—Ya no pueden contenerlo —dijo una voz que no reconoció.
—No sin borrar la ciudad entera —respondió otra.
Iria despertó con el corazón acelerado.
Sabía lo que vendría.
Cuando un sistema basado en el silencio empieza a fallar, solo tiene dos opciones:
Escuchar.
O arrasar.
A la mañana siguiente, Virelda amaneció con algo nuevo.
No era visible.
Pero se sentía.
Como una herida que deja de cerrarse.
Como un recuerdo que se niega a volver a dormirse.
Iria salió a la calle y pensó, con una certeza que la estremeció:
—Ya no pueden llamar a esto contagio.
Porque el contagio implica enfermedad.
Y lo que estaba ocurriendo en la ciudad…
Era recuperación.