La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 14

Lo que olvidé cuando más lo necesitaba

El recuerdo se fue sin aviso.

No hubo dolor.
No hubo mareo.
Solo un espacio vacío donde antes había certeza.

Iria lo notó al intentar escribir.

Tenía el lápiz entre los dedos, la hoja frente a ella, y una frase a medio empezar:

La clave está en—

Se detuvo.

Parpadeó.

—¿En qué? —susurró.

El pensamiento no regresó.

Era como intentar tocar algo que se había retirado justo antes del contacto.

Iria apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No —dijo—. No ahora.

Cerró los ojos, respiró hondo, buscó el hilo que siempre la guiaba hacia atrás.

Nada.

Sabía que había descubierto algo importante. Algo que conectaba el Proyecto Virelda con una salida real, no solo con resistencia.

Recordaba haberlo entendido.

No recordaba qué.

—Me lo quitaron —pensó—. O me lo quité yo.

La idea la heló.

Revisó sus notas frenéticamente.

Palabras subrayadas.
Flechas sin destino.
Frases que terminaban abruptamente.

El Consejo no controla el sistema.
El sistema se sostiene por—

Nada después.

El vacío empezaba a doler.

No como una herida abierta, sino como un miembro fantasma.

Iria se llevó la mano al pecho.

—Esto no es un fallo —murmuró—. Es un mecanismo.

Caminó por la ciudad buscando señales.

Las personas seguían recordando fragmentos, pero algo había cambiado. El miedo ya no era solo al pasado… sino a perderlo otra vez.

—Lo sabía —le dijo una mujer en la plaza—. Anoche lo tenía claro. Esta mañana se fue.

—¿Qué era? —preguntó Iria.

La mujer negó con la cabeza, desesperada.

—Eso es lo peor —susurró—. Que no puedo ni decirlo.

Iria entendió.

El sistema no solo borraba recuerdos.

Borraba la necesidad de ellos.

Una supresión quirúrgica.

—Si no recuerdas lo que perdiste —pensó—, no sabes que debes recuperarlo.

De pronto, algo la atravesó.

Una sensación antigua.

Urgente.

Corrió.

No sabía hacia dónde, solo que el cuerpo sí.

Llegó a la habitación blanca.

No físicamente.

Mentalmente.

El espacio se desplegó dentro de ella como un mapa aprendido en la infancia.

La silla.
El espejo roto.
La voz.

—Esto es mío —dijo Iria—. Aquí no pueden entrar.

La niña apareció entre los fragmentos del espejo.

—Lo escondiste —dijo—. Lo hiciste tú.

Iria la miró, con lágrimas contenidas.

—¿Qué escondí?

La niña sonrió con tristeza.

—La salida.

El aire se volvió pesado.

—Sabías que si lo mantenías consciente —continuó—, lo borrarían. Así que lo enterraste donde aprendiste a callar.

—¿Dónde? —preguntó Iria, casi suplicando.

La niña negó con la cabeza.

—No ahora.

—¡Lo necesito!

—No todavía —repitió—. Si lo recuerdas antes de tiempo, lo perderás para siempre.

Iria cayó de rodillas.

—Entonces estoy atrapada.

—No —corrigió la niña—. Estás protegida.

El espacio empezó a disolverse.

—Confía en lo que dejaste —dijo la voz—. Incluso sin saberlo.

Iria despertó jadeando.

Tenía algo en la mano.

Un papel doblado, viejo, que no recordaba haber escrito.

No lo abrió.

No aún.

Porque comprendió la verdad más cruel del día:

A veces, la única forma de salvar una idea
es olvidarla a propósito.

Y el sistema lo sabía.

Pero ella también.

Se recostó, exhausta, con el papel apretado contra el pecho.

Mañana, el Consejo atacaría de verdad.

Y ella tendría que decidir si estaba lista para recordar…

…o para dejar que todo ardiera sin ella.




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