La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 15

El silencio final no fue el nuestro

El Consejo del Velo habló al amanecer.

No con voces.
Con acciones.

Las pantallas de la ciudad se encendieron al mismo tiempo. No mostraban mensajes, ni símbolos, ni advertencias.

Solo blanco.

Un blanco absoluto que hacía doler los ojos.

Iria supo lo que significaba.

—Reinicio narrativo total —susurró—. Van a borrarlo todo.

La gente se detuvo en las calles. Algunos cayeron de rodillas. Otros se abrazaron sin saber por qué, como si el cuerpo reconociera una despedida que la mente aún no alcanzaba.

Iria apretó el papel doblado en su mano.

El que había decidido no abrir.

Todavía.

Las palabras de la niña resonaron en su interior:

Confía en lo que dejaste.

Corrió.

No hacia el centro de control.
No hacia el Consejo.

Corrió hacia los márgenes.

Las casas más viejas.
Las zonas mal cartografiadas.
Los lugares donde el lenguaje había llegado tarde.

Allí encontró a otros.

No los convocó.
No hizo falta.

Se miraron.

Asintieron.

Uno de ellos habló, con voz temblorosa:

—No quiero olvidarlo otra vez.

—Entonces no mires —dijo Iria.

Las pantallas comenzaron a emitir un zumbido grave. El aire vibró. El blanco se volvió más intenso.

Iria abrió el papel.

Las palabras no estaban escritas como instrucciones.

Eran una pregunta.

¿Quién eres cuando nadie te observa?

Iria sonrió, incluso con lágrimas.

—Eso no pueden borrarlo —dijo—. Porque nunca lo midieron.

Se sentó en el suelo.

Los demás la imitaron.

No resistieron.
No huyeron.

Hablaron.

No en discursos.
No en consignas.

Hablaron de cosas pequeñas.

De una canción mal recordada.
De un miedo infantil.
De una culpa que no era suya.

El blanco empezó a fallar.

Parpadeos.
Sombras.
Interferencias.

El sistema no sabía qué hacer con palabras que no buscaban sentido colectivo.

—No somos datos —susurró alguien—. Somos restos.

Iria cerró los ojos.

Sintió cómo algo intentaba entrar en su mente, reordenar, alisar, silenciar.

Pero ya no estaba sola.

La pregunta seguía ahí, anclada.

¿Quién eres cuando nadie te observa?

—Soy lo que quedó —pensó—. Y eso es suficiente.

El zumbido cesó.

Las pantallas se apagaron.

No hubo aplausos.
No hubo celebración.

Solo un silencio distinto.

Uno que no presionaba.
No exigía.
No entrenaba.

El Consejo del Velo nunca volvió a hablar.

Algunos dicen que se disolvió.
Otros, que nunca existió como creíamos.

La ciudad cambió.

No se volvió sana.
No se volvió justa.

Pero empezó a recordar sin permiso.

A veces, por las noches, alguien encuentra una palabra escrita en una pared, en una libreta, en la palma de su mano.

No saben quién la escribió.

No importa.

Iria se fue.

O se quedó.

Depende de quién recuerde la historia.

Pero hay algo en lo que todos coinciden, incluso ahora:

El silencio final llegó.

Pero no fue el nuestro.

Y por primera vez…
eso fue una elección.




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