La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

EPÍLOGO

Lo que aún no sabe callar

No fue inmediato.

Nunca lo es.

Los registros oficiales dicen que el Proyecto Virelda terminó ese año. Que los archivos fueron sellados. Que el Consejo del Velo dejó de operar por falta de consenso.

Eso dicen los registros.

Pero hay cosas que no aparecen en ningún informe.

Por ejemplo, las palabras que siguen surgiendo en lugares donde nadie recuerda haberlas escrito.

Una sola, a veces.

Antes.

Otras veces, una frase incompleta:

Esto no era así.

En ciudades que no se llaman Virelda, alguien despierta con la sensación de haber sido observado durante toda su vida… y de pronto, no.

No saben qué cambió.

Solo saben que el silencio ya no pesa igual.

Una mujer en otra parte del país encuentra una habitación blanca en sus sueños. No sabe por qué llora al verla. No sabe por qué evita los espejos.

Un niño se niega a responder cuando le piden que describa lo que siente. No por miedo.

Por elección.

—No todo tiene que ser dicho —piensa—. Todavía.

En algún lugar, una red se ajusta sola.

No como sistema.

Como reflejo.

Los métodos cambian.
Los nombres cambian.
La intención no siempre.

Porque alguien aprendió algo esencial en Virelda:

Que el silencio puede entrenarse…
pero también puede desobedecer.

Hay quienes juran haber visto a Iria.

En una estación.
En una biblioteca.
En una ciudad que acaba de aprender a nombrar su primer recuerdo incómodo.

Otros dicen que Iria no era una persona.

Que era una función.
Una grieta.
Una pregunta que no acepta respuesta única.

Quizá tenían razón.

Quizá no.

Lo único seguro es esto:

Cada vez que alguien duda de un recuerdo demasiado limpio,
cada vez que una palabra prohibida vuelve a la boca equivocada,
cada vez que el silencio deja de ser obediente…

Algo de Virelda despierta.

No para gobernar.
No para advertir.

Solo para recordar.

Y todavía hay cosas
—muchas—
que no saben callar.




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