La mujer que coleccionaba lunas

La mujer misteriosa

La tormenta comenzó al anochecer.
Elena llevaba horas caminando cuando vio una luz en lo alto de una colina.
Una torre.
No recordaba haberla visto jamás.
Subió los últimos metros bajo la lluvia y golpeó la enorme puerta de madera.
—¿Hay alguien?
La puerta se abrió sola.
Dentro había cientos de pequeños frascos de cristal.
Algunos brillaban con una luz plateada.
Otros contenían una oscuridad profunda.
Y en el centro de la habitación había una mujer vestida de blanco.
—Llegaste —dijo.
Elena retrocedió.
—¿Me conoce?
—Te conozco desde antes de que tú pudieras recordarte.
La mujer tomó un frasco de una estantería.
En su interior brillaba una pequeña luna.
—¿Qué son?
—Recuerdos.
Elena se acercó.
—¿Por qué están aquí?
—Porque algunas personas prefieren olvidar.
La mujer señaló una estantería.
—Una persona puede entregar un recuerdo doloroso y continuar viviendo sin él.
—¿Y usted los guarda?
—Alguien tiene que hacerlo.
Elena sintió un escalofrío.
Entonces vio algo.
Un pequeño frasco colocado sobre una mesa.
Tenía una etiqueta.
ELENA.
—¿Ese es mío?
La mujer no respondió.
Elena tomó el frasco.
En cuanto sus dedos tocaron el cristal, escuchó una voz.
Una voz que conocía.
Una voz que llevaba años intentando olvidar.
—Elena...
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puede ser.
La mujer se acercó.
—Puedes abrirlo.
—¿Qué pasará?
—Recordarás todo.
—¿Y si no quiero?
—Entonces déjalo aquí.
Elena miró el frasco.
Durante años había pensado que olvidar era sanar.
Pero en aquel momento comprendió que también había olvidado las cosas bonitas.
La última sonrisa.
El último abrazo.
La última promesa.
Con manos temblorosas, abrió el frasco.
Una luz plateada llenó la habitación.
Y Elena recordó.
No solamente el día de la despedida.
Recordó todos los días felices que habían existido antes.
Lloró.
Pero esta vez sus lágrimas no eran de dolor.
Eran de gratitud.
La mujer de blanco sonrió.
—Ahora puedes irte.
Elena cerró los ojos.
—¿Y usted?
—Yo seguiré aquí.
—¿Esperando a quién?
La mujer miró hacia la ventana.
Afuera, entre las nubes, la luna comenzaba a aparecer.
—A quienes necesiten recordar que algunas pérdidas no borran el amor que existió.
Elena salió de la torre.
La tormenta había terminado.
Y por primera vez en muchos años, cuando miró la luna, no sintió tristeza.
Sonrió.
Porque comprendió algo:
Hay recuerdos que no debemos conservar para vivir en el pasado.
Los conservamos para recordar que alguna vez fuimos felices.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.