Cassi abrazó con fuerza la pequeña bolsa de tela que contenía todas sus pertenencias. Dos meses de encierro reducidos a un cambio de ropa, unos pocos billetes y una libertad que se sentía extraña.
El viento helado golpeó su rostro apenas cruzó las puertas de la prisión. Tembló. No sabía si era por el frío o por el miedo.
Miró a su alrededor esperando encontrar a alguien. Un amigo, un familiar, cualquier persona. Pero nadie había ido por ella.
—Bueno, Cassi... estás sola otra vez —murmuró con una sonrisa amarga.
Comenzó a caminar sin rumbo. No tenía casa. No tenía trabajo. No tenía dinero suficiente para pagar una habitación.
A unos metros, un automóvil oscuro permanecía estacionado junto al cordón.
Dentro, el detective Alexander Black observaba unos documentos. Llevaba semanas siguiendo cada detalle del asesinato del hombre hallado en el bosque. Todas las pistas terminaban en callejones sin salida.
Su mirada se detuvo en la mujer que avanzaba encorvada bajo el frío.
La reconoció de inmediato.
Cassi.
La principal sospechosa.
La mujer que afirmaba haber encontrado el cadáver gracias a una visión.
Alexander había leído el expediente decenas de veces. Algo no encajaba. Nunca le había parecido una asesina.
La observó caminar varios metros hasta detenerse frente a una parada de autobús.
No subió a ninguno.
Simplemente permaneció allí, abrazándose para conservar el calor.
El detective frunció el ceño.
Entonces comprendió algo.
No tenía a dónde ir.
Sin pensarlo demasiado salió del automóvil y se acercó.
—¿Cassi Vence?
Ella giró sobresaltada.
Al reconocer la placa colgada de su cuello, su expresión se endureció.
—¿Qué pasa ahora? ¿Van a arrestarme otra vez?
—No.
—Entonces déjeme en paz.
Alexander guardó silencio unos segundos.
—¿Tiene dónde pasar la noche?
La pregunta la tomó desprevenida.
—Eso no es asunto suyo.
—Lo tomaré como un no.
Cassi apartó la mirada.
—No necesito caridad.
—No le estoy ofreciendo caridad.
—¿Y entonces qué?
—Necesito respuestas.
Ella soltó una risa irónica.
—Ya respondí todo lo que tenía que responder.
—No me refiero al asesinato.
Alexander la observó fijamente.
—Quiero saber cómo supo que ese hombre estaba allí.
Los ojos de Cassi se endurecieron.
—Ya se lo dije a todos. Tuve una visión.
—Lo sé.
—Y nadie me creyó.
—Yo tampoco lo creo del todo —admitió él—. Pero tampoco creo que sea una asesina.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Una ráfaga de viento helado hizo que Cassi se estremeciera.
Alexander suspiró.
—Tengo una casa demasiado grande para una sola persona. Hay una habitación libre.
—¿Está loco?
—Probablemente.
—¿Y pretende llevar a vivir con usted a una mujer que estuvo dos meses en prisión?
—Una mujer inocente.
—No me conoce.
—Y usted tampoco me conoce a mí.
Cassi lo observó desconfiada.
—¿Qué gana con esto?
Alexander miró hacia el cielo gris.
—Si no resuelvo este caso, perderé mi trabajo.
Volvió a mirarla.
—Y tengo la sensación de que usted es la única persona que puede ayudarme.
Por primera vez desde que salió de prisión, Cassi sintió que alguien la veía como algo más que una sospechosa.
Y aunque cada instinto le gritaba que dijera que no, el frío, el cansancio y la desesperación terminaron por imponerse.
—Solo por unos días —dijo finalmente.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del detective.
—Por unos días.
Ninguno de los dos imaginaba que aquella decisión cambiaría sus vidas para siempre.