Había pasado una semana desde que Cassi se había mudado a la casa de Alexander.
Con el paso de los días, ambos habían construido una rutina silenciosa, casi mecánica. Ella se levantaba antes del amanecer, preparaba café y, algunas noches, cocinaba la cena. Compartían el mismo techo, pero siempre respetando la distancia que habían impuesto desde el principio.
Sin embargo, la tensión inicial comenzaba a disiparse.
Alexander salía de casa cuando el sol apenas asomaba y regresaba entrada la madrugada. Cada día se lo veía más agotado. Las profundas ojeras bajo sus ojos delataban las pocas horas que dormía. El resto del tiempo lo pasaba encerrado entre montañas de expedientes, fotografías de la escena del crimen y pistas que parecían no conducir a ninguna parte.
Cassi lo observaba en silencio.
Había descubierto algo en él que conocía demasiado bien.
La soledad.
Alexander no tenía familia. No tenía amigos. Su vida giraba únicamente alrededor de aquel caso. Y si no lograba resolverlo, no solo perdería la investigación... también perdería la carrera por la que había sacrificado toda su vida.
Aquella noche, mientras Cassi leía en el salón, escuchó la voz de Alexander proveniente de su despacho.
No tardó en comprender que hablaba con su superior.
—Black, escúcheme bien. Si en una semana no presenta un sospechoso sólido, el caso pasará a otra división. Se acabó el tiempo.
El silencio que siguió fue más duro que las propias palabras.
Cuando la llamada terminó, Alexander golpeó el escritorio con el puño. La frustración inundó la habitación.
Cassi bajó la mirada.
Por primera vez desde que lo conocía, sintió que debía hacer algo.
Esa misma noche tomó una decisión.
Lo ayudaría.
Pero jamás permitiría que él supiera quién era realmente la persona que lo guiaba.
A la mañana siguiente, un sobre blanco apareció sobre el escritorio de Alexander en la comisaría.
No tenía remitente.
No había huellas.
Solo una hoja doblada cuidadosamente.
Con el ceño fruncido, abrió el sobre y leyó.
"El asesino ha olvidado algo en la escena del crimen. Busca donde los cuervos nunca dejan de mirar. Hazlo antes de que él vuelva a encontrarlo."
Firmado: Huginn y Muninn.
Alexander releyó aquellas líneas una y otra vez.
¿Quién demonios enviaba aquella carta?
¿Y cómo podía conocer detalles que nunca habían salido a la luz?
Durante unos segundos pensó que se trataba de una broma de mal gusto.
Pero algo dentro de él le decía que debía comprobarlo.
Horas más tarde regresó al bosque junto con un pequeño equipo.
Revisaron nuevamente cada rincón de la escena del crimen.
Fue entonces cuando uno de los agentes encontró una pequeña abertura entre las raíces de un viejo árbol.
Allí, oculto bajo la tierra húmeda y las hojas secas, apareció un anillo.
Una prueba que todos habían pasado por alto durante la primera inspección.
Alexander sintió que el corazón le latía con fuerza.
Aquella carta decía la verdad.
Mientras el laboratorio analizaba el hallazgo, una única pregunta no dejaba de rondarle la cabeza.
¿Quién era Huginn y Muninn?
A varios kilómetros de allí, Cassi permanecía sentada frente a la mesa de la cocina.
Una vela iluminaba apenas la habitación.
Con una caligrafía distinta a la suya, cuidadosamente modificada para que nadie pudiera reconocerla, comenzó a escribir la siguiente carta.
La tinta negra recorría lentamente el papel mientras una leve sonrisa aparecía en su rostro.
La partida acababa de comenzar.
Y Alexander todavía no sabía que tenía una aliada escondida entre las sombras.