La Nera Corona

Capítulo 1

Todo lo que no debía pasar

Nápoles – Italia.

Ariadna

El incesante sonido de mi tonta alarma me estaba taladrando los oídos. Debía volver al trabajo luego de unas merecidas vacaciones en Nápoles con mis padres. Me doy la vuelta en la cama posponiendo la alarma.

—Cinco minutitos más —me dije a mí misma.

Realmente no sé cuánto tiempo pasó, pero tenía la sensación de que me estaban llamando. Escuchaba voces lejanas.

—¡Ariadna! —me grita mi madre.

Me despierto de golpe, sentándome en la cama con mi madre viéndome con el ceño fruncido.

—¿Ya viste la hora? —dice mamá, cruzando los brazos.

Me froto los ojos con el dorso de la mano. Solo necesito de diez a quince minutos para encontrarle sentido a mi vida. Miro la hora en mi teléfono mientras mi madre refunfuña…

—¡Mierda!

Me levanté de la cama como si se hubiera prendido fuego. Mi teléfono marcaba las 5:50 a.m., lo que significaba que tenía quince minutos para estar lista e ir al aeropuerto o perdería mi vuelo.

Mi madre salió de la habitación diciendo algo inteligible mientras yo corría como loca de un lado a otro. Me estrellé contra la puerta del armario buscando lo que me pondría para viajar. Soy un completo desastre.

—¡Ariadna, apresúrate, joder! —genial, ahora mi padre también me grita.

—¡Hago lo que puedo! —menuda mañana.

—Nunca más acepto vacaciones. Nunca —murmuré mientras metía mi pasaporte, dinero y mi cuaderno de anotaciones en el bolso de mano.

Mi jefe había sido muy claro: “Si no estás en Milán hoy, no vuelvas.”
Y aunque la frase fue dicha con tono de broma… sabía que no lo era.

Me di una ducha rápida, me até el cabello sin peinarme, me puse un abrigo sin saber qué llevaba debajo y bajé a la calle casi cayéndome por las escaleras. Ni siquiera pude desayunar. Me despedí de mi madre a las carreras mientras ella me regañaba y me decía que tuviese cuidado. Mi padre me esperaba afuera en el auto.

—¡Ariadna Fontana Rivas, no me hagas traerte a la fuerza! —mi padre no es muy paciente.

—¡Ya voy! —le grité mientras corría.

Me subí al auto, me abroché el cinturón. El rugido del motor llenó el espacio. El tráfico era una pesadilla y yo iba al borde del infarto. Era imposible que lograra llegar a tiempo.

—No puedo ayudarte a conseguir otro vuelo, Ariadna. Deberás solucionar eso —dijo mi padre, conduciendo aparentemente tranquilo.

—Lo sé. Lo más seguro es que ya perdí mi vuelo. Son las 6:03 a.m., solo restan dos minutos —dije mirando mi teléfono con resignación.

El resto del camino me mantuve callada, escuchando el sermón de papá. Cuando finalmente vi las puertas del aeropuerto, respiré por primera vez en lo que parecía media hora.

—Adiós, papá —le dije, sonriendo de medio lado.
—Adiós, pequeña Ari. Cuídate —me devolvió la sonrisa.

Bajé del auto, tomé mis cosas y corrí como si el diablo me persiguiera.
Y ahí fue cuando todo se fue a la mierda.

Un hombre se cruzó en mi camino, rápido como una sombra, y me tiró de la cartera. No pensé, solo reaccioné.

—¡Eh, imbécil!

Lo golpeé con el codo, le jalé la muñeca con fuerza y lo empujé con la cadera. Cayó, pero se levantó de inmediato. Yo ya estaba lista. Mi maleta voló a un lado; le metí una patada directa al estómago.

El hombre soltó un quejido y cayó de espaldas. Debió dolerle: mis botas puntiagudas son mis aliadas. Entonces apareció un guardia.

—¿Está todo bien, señorita?

—¿Ahora preguntas? —le espeté, tomando mi maleta—. ¡Demasiado tarde para ayudar, campeón!

—¡Disculpé, señorita! —escuché al guardia gritar.

—Menuda seguridad de mierda —murmuré.

Y salí corriendo sin mirar atrás. Solo faltaba conseguir un maldito vuelo directo a Milán para hoy.

{ ... }

—No, no, no —susurré cuando la señorita negó con la cabeza—. ¿Cómo que todo vendido?

—Lo sentimos, señorita, pero podemos conseguirle un vuelo para mañana a primera hora.

—¡No! ¡Lo necesito para hoy! —voy a volverme loca, pensé.

Mi voz empezó a subir. Algunas personas ya miraban. La señorita del mostrador sonreía de forma forzada.

—Señorita, debe calmarse...

—¿¡Calmarme!? ¿A ti te parece que es momento para decirme que me calme? ¡Necesito una mejor solución! ¡No me importa el jodido precio!

Trato de respirar, pero no puedo. Estoy histérica. Sé que la señorita no tiene toda la culpa de mis desgracias, pero eso ahora no me importa.

—Podemos conseguirle un asiento para mañana… o esperar por si alguien pierde el vuelo, como usted.

—¿Esperar? —reí con ironía—. ¡¿Para qué me digan que no consiguieron nada?! ¡Necesito viajar hoy!

El escándalo era real e inevitable. Probablemente, en este momento, la chica quería enterrarme a tres metros bajo tierra; solo me veía con una sonrisa tensa.

—Señorita, puede sentarse en la sala de espera. Prometo que trataré de conseguirle algo.

Me acomodé el abrigo, mirándola fijamente.

—No pienso moverme de aquí —dije con la voz más dulce que pude fingir.

—Está retrasando a los demás —me dijo, mirando a las personas que ya me observaban molestas.

—Está bien, me sentaré. Pero si no me consigue una solución para hoy, haré otro escándalo, señorita.

Quizás amenazar no es la mejor solución, pero no tengo de otra.

—Lo tengo claro, no se preocupe —contestó ella con un suspiro.

Salí de la fila, dirigiéndome a la sala, y me senté a esperar.
Sé que probablemente piensa que estoy loca, pero estoy segura de que ella no tiene un jefe canoso de casi dos metros, cascarrabias y que da miedo…
Y que la está esperando.




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