Carrera contra el reloj
Nápoles – Italia.
Ariadna
Hay algo profundamente molesto en esperar una respuesta a algo que es importante, en recibir noticias y no obtener ni una sola respuesta.
Especialmente cuando debes estar en un lugar determinado a cierta hora. Sin duda mi jefe a quien con cariño le digo: “el viejo” aunque él no lo sabe; va a despedirme si no estoy en Milán a tiempo para la reunión como le había prometido. Montalvo es algo exigente y exasperante, pero es buena persona.
Me removí en el asiento por décima vez. Si la chica del mostrador no viene pronto haré otro escándalo en plena sala de espera del aeropuerto. No es que haya pasado mucho tiempo desde que me senté aquí; pero entre el estrés, el cansancio y la desesperación sentía que llevaba 10 horas pegada a la estúpida silla.
Debí acostarme más temprano anoche.
Debí tener todo listo desde el día anterior.
Debería comportarme como una persona normal. Y levantarme cuando la alarma suena.
Suspiré.
—Genial—murmuré, para mí.
Después de lo que parecía una eternidad vi a la chica rubia del mostrador con la que discutí antes venir hacia mí. Internamente estoy rogando que me diga que encontró un asiento libre en cualquier vuelo…
—Señorita Fontana, tenemos una plaza disponible para usted en el próximo vuelo a Milán—esta vez parecía sonreír genuinamente.
Por un segundo pensé que podía habérmelo imaginado y ella no estaba frente a mi diciéndome eso, pero al ver que esperaba una reacción de mi parte me reí como una tonta.
—Esa es la mejor noticia que podías darme —Me levanté y la seguí de nuevo al mostrador.
Luego de tener que pagar más por perder mi vuelo, discutir como una desubicada con todo el mundo y esperar tanto al fin estaba sentada en el maldito avión rumbo a Milán.
Me puse la tarea de elegir una película, después de todo el viaje será de una hora y media. Finalmente decido ver el diablo viste a la moda, la vi un par de veces con mi madre cuando era más joven. Aunque no alcanzara a ver la película completa necesito ocupar mi mente en cualquier cosa.
Amaba la película, sin embargo, la combinación del zumbido constante del avión, el agotamiento por haber dormido tan mal anoche y el estrés para poder regresar a Milán fueron una fuerza imparable. Mis párpados se sintieron como plomo. Las voces y la música de la película se fundieron con el ruido del avión, mis pensamientos se volvieron lentos y… me perdí.
Un golpe suave o un cambio en el movimiento del avión me saco del letargo. Parpadeé, desorientada. ¿Cuánto tiempo había pasado? Miré la pantalla; la película estaba bastante avanzada. Un cosquilleo en el cuello me hizo darme cuenta de que mi cabeza no reposaba en mi almohada de viaje, sino en algo más firme, cálido… y con olor a sándalo.
Me enderecé de golpe, el corazón acelerado por la vergüenza. ¡Oh, no! Había estado durmiendo plácidamente en el hombro del pasajero de al lado. Era un hombre que no conocía de nada. Contuve la respiración, giré mi rostro y me encontré con su mirada. Una sonrisa divertida asomaba en sus labios.
—Oh, Dios mío, lo siento muchísimo—balbuce.
El hombre, que resultó ser aún más apuesto de cerca, con unos ojos cafés amables y una sombra de barba perfectamente cuidada, se rio levemente. Su voz era tranquila y relajada.
—Tranquila, no te preocupes. Tu cabeza no pesaba tanto.
Reí con algo de alivio, pero era más mi nerviosismo y quizás mi incomodidad por ser todo un desastre el día de hoy. Él en cambio se inclinó un poco viéndome con aparente interés.
—Aunque, si te soy sincero, no me importó. Es la primera vez que una chica tan linda decide dormir en mi hombro tan cómodamente.
El coqueteo era más que obvio. Al principio me pareció encantador, pero no estoy aquí para ligar. Logré desviar la conversación hacia trivialidades hasta que el avión aterrizo.
Mientras esperábamos para bajar, apiñados en el pasillo, él se puso a mi lado.
—Oye, fue un viaje corto, pero agradable—dijo, bajando la voz. El ambiente era más íntimo, a pesar de la gente a nuestro alrededor—. Tal vez podríamos tomar un café cuando recojamos el equipaje.
Negué con la cabeza, firme.
—Gracias, pero tengo prisa. Alguien me espera.
Su sonrisa se borró ligeramente, pero se recuperó rápidamente. Mirándome fijamente mientras rebuscaba en sus bolsillos, logrando ponerme algo nerviosa nuevamente.
—Ten, es mi número por si gustas llamarme luego—recibí el papelito sonriendo de forma amable.
<<Como si fuera a llamarlo. Ni loca. Tengo cosas más importantes… como no perder mi trabajo.>>
—Lo tendré en cuenta—dije al fin.
—Espero que no lo olvides guapa.
Con esa última palabra y una sonrisa pícara, se adelantó en la fila y se perdió entre la multitud, dejándome algo aturdida. Tuve que darme una cachetada mental y apresurarme para estar en el trabajo a la hora estipulada.