En la mira
Dos Días después
Ariadna
Dos días. Habían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde que Montalvo me había informado del foro estratégico de la senadora Beatrice Mancini, esto es completamente nuevo para mi pues usualmente no voy a este tipo de eventos. Prometía ser un espectáculo interesante, puede que menos caótico a lo que acostumbro.
El claxon de mi auto era solo uno más en la sinfonía del tráfico milanés. Camille parecía impaciente mirando a cada nada la hora, mientras yo solo discutía sola mientras conducía.
—Si no llegamos en cinco minutos, nuestro querido jefe nos hará picadillo y se los dará a los invitados en el proceso— masculló Camille desde el asiento a mi lado, ajustándose por milésima vez su traje de chaqueta gris perla.
—Lamento decirte que seremos picadillo, pero ve el lado bueno— sonrío mientras veo de reojo a mi amiga— seremos un plato de cinco estrellas.
—Mira cómo me río Ariadna—señala su cara haciendo un círculo con su dedo índice, su rostro es inescrutable.
—Relájate linda, de una forma u otra llegaremos—digo mientras avanzamos un poco en el tráfico.
Se cruza de brazos frunciendo el ceño, completamente exasperada. Mi humor no le hace nada de gracia. Por suerte Enzo no vino con nosotras de lo contrario no sé qué sería de Camille.
Finalmente, luego de no sé cuántos estúpidos minutos, me detuve frente a la fachada del imponente hotel de lujo Palazzo Cordusio Gran Meliá. Un empleado con un uniforme impecable se acercó en cuanto nos detuvimos bajo el pórtico. Le entregué las llaves con una sonrisa amable y él me dio el pequeño resguardo de cartón.
—Bienvenidas, señoritas. Disfruten del evento —dijo con una cortesía perfecta.
Al cruzar el umbral, levante la vista hacia la imponente escalera de caracol de diez metros que se elevaba como una escultura moderna en el centro del edificio, sus suaves curvas contrastando con la austeridad de la arquitectura. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz cálida de las luminarias de diseño. Sin duda un escenario impecable, pensado para impresionar sin ostentación, el preludio del poder que la senadora buscaba demostrar.
Avance junto a Camille mientras observaba todo a mi alrededor con completo asombro, deberían invitarme más seguido a estos eventos así puedo apreciar la arquitectura y presumir mis atuendos. Llamamos al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, entramos en una cabina de cristal. Al ascender, la monumental escalera y el vestíbulo pulido se desplegaron bajo nosotras, una vista fugaz pero impactante del lujo que nos rodeaba.
—Joder esto es maravilloso—susurro Camille absorta en la vista.
—De acuerdo contigo, hubiese querido subir por la maravillosa escalera también, pero es demasiado para mi—digo mientras Camille ríe.
El ascensor finalmente se detuvo en el quinto piso, pues el evento sería en el skybar del lujoso hotel. Camille y yo salimos adentrándonos en el sitio rodeado por prominentes personalidades de alto perfil en todo el país, personas adineradas y con poder con sus trajes y corbatas, las mujeres con sus elegantes vestidos y risas medidas.
Un DJ reproducía música ambiental y sofisticada desde un rincón, y los camareros se movían con bandejas de champán y cócteles. La zona principal de socialización estaba estratégicamente ubicada cerca del borde de la terraza, un punto focal natural donde la mayoría de los invitados se agrupaban para hablar con la anfitriona, la senadora, que se destacaba en el centro con un vestido negro que caía con fluidez, abrazando su figura. Sus mangas se extendían hasta las muñecas, un atrevido tajo lateral se abría camino desde justo debajo de la cadera, revelando la pierna hasta la mitad de la pantorrilla con cada paso. Un cinto fino marcaba la cintura, culminando en una flor blanca, inmaculada, que rompía la oscuridad de la tela. La ausencia de escote le confería una elegancia distante y serena.
—Señoritas lucen preciosas—Nos adula Enzo apareciendo de entre la gente.
—Gracias —decimos Camille y yo al unísono.
Enzo nos ofrece sus brazos, y ambas le seguimos el juego una a cada lado de él con una gran sonrisa en nuestros rostros, mientras nos guía con los demás.
{ ... }
Alessio
La gente habla de la justicia como un ciego de una balanza. El promedio cree que recurrir a las autoridades es la solución a las injusticias, lo cual es un completo error. Pues hasta la justicia tiene un precio, el dinero, las influencias, el poder, las estrategias, las preferencias, las conveniencias y la hipocresía están siempre presentes en muchos grupos sociales y ámbitos de la vida.
En mi caso pienso tomar la justicia en mis manos, y hoy le toca pagar a la senadora Beatrice Mancini. La típica senadora ejemplar, perfecta ante los ojos de los demás, cuando su verdadero ser lo único que destila es traición y ambición, tan doble como una moneda.
Me adentro al edifico de correos, con Luca y mis demás hombres siguiéndome el paso, cada escalón que subo de este lugar es el tiempo que le resta a Mancini. Al llegar al piso que mis hombres estudiaron previamente todos toman sus puestos.
El silencio del edificio pronto fue reemplazado por Luca quien ajustaba el rifle, preparándose para lo que cambiaría nuevamente la política de Italia. Me ajusté el comunicador en la oreja, mientras miraba la hora todo debía suceder como lo establecí días antes.
—En posición, con el objetivo en la mira—murmuró Luca.
Antes de poder dar cualquier orden, me vi interrumpido por el idiota de Matteo Castelli y una de sus tantas opiniones que nadie le pidió.
—¿Qué no es esa la loca del aeropuerto? —pregunta, mientras observa con demasiada concentración a través de los binoculares.
—¿Quién es la loca del aeropuerto? —cuestiona luca
—Es una m…—lo interrumpo antes de que diga cualquier cosa.