Demasiada paciencia
Ariadna
Los últimos días habían sido tan extraños.
Por las mañanas me dedicaba a trabajar en mi falso puesto de analista; por las tardes visitaba a Enzo en el hospital y en las noches solo fingía estar tranquila. Cuando claramente no lo estaba.
Enzo ya había despertado, pero eso no disminuía mis preocupaciones, hasta que no lo viera fuera de ahí y completamente bien no iba a relajarme. Tome con fuerza el volante de mi auto mientras me concentraba en las calles de Milán frente a mí.
No había vuelto al comando desde que Montalvo me saco del caso y me dio la maravillosa noticia de que Kurt sería el encargado, no estoy lista para verlo. Es realmente patético que me paralice la idea de verlo, una completa tontería.
Sin duda es la razón por la que acepte a medias las vacaciones de recuperación del viejo sabroso insistió en imponerme. No iba a dejar de trabajar por completo, pero estar desde mi cómoda y aburrida oficina de analista es más seguro para mí.
Las calles de Milán avanzaban frente a mí en un desfile ordenado de elegantes edificios, cafeterías llenas de gente que vivía con tranquilidad; a veces envidio eso, la normalidad. Mis dedos golpearon el volante al ritmo de una canción que ni siquiera estaba escuchando.
Apreté un poco más el volante como una forma de evitar pensar tanto en demasiadas cosas que no están a mi alcance. Si no puedo solucionarlas no debería preocuparme tanto. El sistema de navegación anunció mi destino y levanté la vista.
El edificio de De Rossi Technologies se alzaba frente a mí tal cual lo recordaba, era raro volver, la ultima vez al salir Enzo y yo casi morimos. Apagué el motor y permanecí inmóvil unos segundos.
—Déjate de estupideces Ariadna—me regaño.
Me encamine a la entrada, las puertas de cristal y el sonido de mis tacones resonó sobre el suelo pulido mientras me acercaba a recepción.
La recepcionista me dedicó una leve sonrisa y confirmó mi cita antes de indicarme el ascensor, le agradecí con una leve inclinación de cabeza y avancé hacia las puertas metálicas.
El ascensor descendió con un suave sonido electrónico y, cuando las puertas se abrieron, estuve a punto de entrar. Un hombre alto, cabello oscuro y risueño al parecer salió primero.
Por alguna razón sus ojos se abrieron con sorpresa apenas me vio, me observo detalladamente y luego sonrió.
—La loca del aeropuerto—murmuró con convicción.
Fruncí el ceño de inmediato.
—¿Disculpa?
El hombre pareció darse cuenta de lo que dijo, y su sonrisa se ensancho más dejándome desconcertada.
—Nada importante.
Siguió su camino como si no me hubiese insultado, lo observe unos segundos completamente indignada, entre al ascensor y marque el numero correspondiente.
¿Qué demonios les pasa a los hombres?
Las puertas del ascensor se cerraron frente a mí y el suave movimiento ascendente comenzó casi de inmediato. Observé mi reflejo en el acero pulido, los cortes en mi cara ya no lucían tan mal, el dolor en mi torso había disminuido estos días y el yeso en mi brazo sencillamente seguía allí.
El trayecto fue silencioso, el tipo del vestíbulo seguía rondando en mi cabeza. “La loca del aeropuerto” me llamo loca, mi madre diría que es un patán, si eso es. ¿Por qué diablos me diría eso?
Las puertas se abrieron con un suave sonido electrónico. Salí del ascensor con paso seguro, todo seguía tal cual la ultima vez. La secretaria levantó la vista al verme.
—Señorita Fontana, el señor De Rossi la está esperando.
Asentí en lo que ella me guiaba a la oficina.
Respiré hondo, empujé la puerta y entré.
Ahí estaba el irritante pero atractivo pelirrojo, el traje oscuro le sienta perfectamente, unos lentes descansan en el puente de su nariz. No pensé que usara, tristemente le lucen; en esta ocasión no está solo pues un hombre bajo, algo mayor y con poco cabello lo acompaña.
El señor De Rossi levantó la vista de unos documentos y sus ojos azules se posaron sobre mí.
Por un instante no dijo nada, solo me observo con detalle.
—Señorita Fontana—saludó con aquella voz ronca y tranquila— Tome asiento.
Asentí y ocupé una de las sillas frente al escritorio.
—Él es el abogado Conti, representante legal de la empresa.
El hombre me dedicó una sonrisa cordial.
—Es un placer conocerla, señorita Fontana.
—Igualmente.
Volví mi atención al pelirrojo, quien seguía observándome.
—Luce fatal—dijo finalmente.
Lo miré incrédula.
Menudo…
—No lo había notado, pero gracias por informarme—Respondí con una falsa sonrisa.
Apostaría que el insufrible señor De Rossi hizo una rara expresión que no sabría como describir.
—Trataba de ser amable.
—Es pésimo en eso, no lo haga más.
El abogado se aclaro la garganta y De Rossi me miro despectivamente.
—Si les parece, revisaremos primero los términos generales del acuerdo.
Asentí en silencio.
El abogado comenzó a explicar las cláusulas relacionadas con confidencialidad, acceso a los sistemas y responsabilidades técnicas. Escuché con atención, haciendo un esfuerzo por concentrarme en el contrato y no en el insufrible pelirrojo que me miraba con aparente odio.
—Como verá, señorita Fontana, el acceso a la información estará estrictamente limitado al personal autorizado por De Rossi Technologies— explico Conti.
Levanté la vista del documento.
—Necesitare una lista con los nombres de dicho personal—pedí tranquila.
El señor Conti parpadeó.
—¿Perdón?
—Necesito los nombres completos, sus cargos, ya sabe—aclaré—. La I.R.M es cuidadosa en eso, trabajo para el gobierno no estaré a ciegas.
El abogado abrió la boca, pero fue Alessio quien respondió.
—Mi personal es de absoluta confianza.
Lo miré sin inmutarme.
—Para usted sí. Para mí no.