¿Son la misma persona?
Francesca
El silencio de mi taller privado siempre ha sido mi lugar seguro. A diferencia del caos ruidoso de las oficinas de De Rossi Technologies o de las densas reuniones de La Nera Corona, aquí dentro el tiempo se mide distinto. Huele a óleo, a madera vieja, a trementina y a barniz dammar. Sostengo el pincel de pelo de marta con precisión, conteniendo la respiración mientras aplico una capa casi invisible de pigmento sobre el lienzo que estoy restaurando. En este negocio, el arte es la ilusión perfecta: el activo favorito de las mafias porque su valor es subjetivo. Si yo decido que este cuadro vale diez millones de euros, legalmente los vale, y el dinero sucio se vuelve transparente. Me fascina tener el control absoluto de cada trazo, saber exactamente que capa va debajo de la otra.
Lamentablemente, mis hermanos <<para ser exactas Luca>> no conocen el significado de la palabra “delicadeza”.
El portazo violento que resuena a mis espaldas hace que mi mano se tense. Solo por un milagro no arruiné la pintura. El sonido de unos pasos pesados y decididos rompió mi burbuja de paz, y ni siquiera necesito voltearme para saber quién es.
—¡Luca, por el amor de Dios! —exclamo, dejando el pincel en el soporte con un suspiro de pura exasperación. Me giró en la silla para fulminarlo con la mirada—-. Cierra esa puerta con cuidado quieres. ¿Tienes idea de la cantidad de polvo que estás levantando? Tengo una capa de barniz fresco expuesta en la mesa contigua. Si una sola mota cae ahí, harás que pierda semanas de trabajo.
Luca rueda los ojos con esa sonrisa burlona que tanto me irrita y levanta las manos en señal de paz.
—Tranquila, Fran—dijo, buscando con la mirada un lugar donde sentarse, hasta que arrastra un taburete viejo y se acomoda tratando de no manchar sus jeans que tanto le gustan con mis solventes—. No vengo a sabotear tu “arte” —hace comillas con los dedos—. Vengo porque si no le contaba esto a alguien, me iba a dar algo.
—Si es de trabajo, puede esperar. Estoy en mi hora libre—respondo, cruzándome de brazos.
—¿Tu hora libre la usas para trabajar? —inquiere con diversión.
—Calla quieres, ahora habla.
—¿Debería callarme o hablar? —dice riéndose de mí.
—¡Habla de una buena vez! —me exaspero.
Luca se encoge de hombros.
—Matheo fue a mi oficina hace un rato, estaba muerto de la risa—Luca se inclina hacia delante, apoyando los brazos en las rodillas—. ¿A que no adivinas a quién se encontró en recepción?
Frunzo el ceño.
—No soy bruja Luca. Habla ya.
—A “la loca del aeropuerto” —suelta, ensanchando su sonrisa—. La mismísima mujer de la que Matheo lleva días burlándose y menciona cada vez que puede, sobre todo si Alessio está presente.
Detengo lo que estoy haciendo, toda la molestia por el polvo se evapora en segundos siendo reemplazada por el engranaje de mi mente uniendo piezas. Recuerdo la junta de hace unos días, Alessio insistiendo en que él supervisaría lo del nuevo contrato y la forma en que reacciono cuando mencioné que no quería que jugara con los sentimientos de la analista de la I.R.M., además hoy tenía una reunión con ella y si…
—No me digas que…—murmuro.
—¿No me digas qué? —inquiere Luca.
—Y si la analista con la que Alessio tenía reunión hoy es la loca del aeropuerto, tendría sentido o ¿no? —sonrío de lado.
—Oh, sí—Luca asiente visiblemente satisfecho—Tiene todo el sentido.
Me quedo en silencio unos instantes, mirando un punto fijo en la pintura. Alessio. Nuestro querido hermano menor, el jefe frío, calculador, el ermitaño informático que trata a todos con indiferencia y que nunca, en todos sus años, ha dejado que una mujer se acerque a su vida personal. Parece tener mucho interés en ella.
Mi expresión se vuelve seria y miro fijamente a mi hermano.
—Esto no me gusta, Luca—dije despacio—. Yo no voy a permitir que Alessio use los sentimientos de esa mujer como si fuese una de sus estrategias. No es correcto. Y si por un milagro de la vida a Alessio realmente le está interesando alguien por primera vez, tampoco dejaré que lo arruine por los planes que tenemos.
Luca sigue mirándome con diversión.
—Fran sabes muy bien que Alessio no lo hará, es algo más de mi estilo que del suyo. Tampoco entiendo por que te importan tanto los sentimientos de otra persona— le resta importancia.
Respiro hondo antes de hablar.
—Sabes muy bien como eran nuestros padres y lo que nos enseñaron Luca Vi…quiero decir De Rossi—lo señalo con un dedo— mientras yo esté aquí me asegurare de que Alessio y tú lo recuerden.
—Si, si, puedes estarte tranquila—rueda los ojos.
Una sonrisa de medio lado, lenta y calculadora, se forma en mis labios.
—Bueno… el abogado Conti no había dicho algo sobre que debían revisar el contrato otra vez y algo sobre una nueva reunión, ¿verdad? —pregunto, enarcando una ceja.
—Estas en lo cierto, hermanita—responde Luca, captando mi idea de inmediato.
—Excelente. Entonces, en la próxima reunión de nuestro querido hermanito con la analista o agente, como sea—hago un gesto con la mano— Le diremos que queremos estar presentes, no podrá decirnos que no.
—Me gusta la idea. Pero necesitaremos a Matheo allí, él nos dirá si es “la loca del aeropuerto” o no.
—Al fin dices algo inteligente, Luca—me río.
—Gracias por lo que me toca, Fran.
—Es un placer—hago una reverencia—. Ahora, largo de aquí antes de que me arruines el cuadro.
Luca se despide con un gesto exagerado de la mano y sale del taller, esta vez cerrando la puerta con un poco más de cuidado. Me giró de nuevo hacia mi lienzo, aunque mi mente divaga un poco. Guardo algunas herramientas en lo que saco otras para continuar trabajando, vigilaré a mi pequeño hermano. Si piensa jugar lo jalaré de las orejas, si noto algo real puedo darle un empujoncito, aunque sea una agente.