Caída libre
Ariadna
El día en que me convierto en una ladronzuela de información del lugar en donde trabajo llego bastante rápido, no será nada fácil entrar y mucho menos salir tranquilas de allí. Principalmente porque estoy suspendida y Camille no puede ir al ala este por ser de nivel 2, por suerte sabemos todo lo necesario del comando; hemos trazado todo un plan y he tomado una decisión que seguramente a Camille no le gustará en absoluto, seguramente a Enzo tampoco, pero es muy necesario.
Me quito con mucho cuidado mi cabestrillo a pesar de que me falta una semana más para usarlo.
—¡¿Pero qué mierda estas haciendo Ariadna Fontana Rivas!? —me grita Camille.
—Suenas como mi madre, Camille—sigo con lo mío.
—Si tu madre te viera le daría un colapso—se exalta—¡te falta una semana para que te lo quiten!
—Lo tengo claro, pero no podré sostenerme con un solo brazo. El tramo de la torre de emergencia es de difícil acceso.
—Pues cambiamos el plan—camina de un lado a otro—no te vas a joder el brazo por esto.
—Camille es ahora o nunca—mi decisión está tomada.
Tomo el tarro de dexketoprofeno que está sobre la mesa, lo abro y saco una pastilla que me trago de golpe con un sorbo de agua.
—¿Ahora que carajos haces? —me cuestiona malhumorada.
—Me ayudara a que no me duela el brazo—agarro dos parches que estaban junto al frasco de pastillas—. Necesito que me coloques esto.
—¿Desde cuando tienes estas cosas? —toma los parches de mala gana.
—Desde ayer y antes de que preguntes son parches de lidocaína.
Camille me coloca ambos parches en el brazo con delicadeza y me ayuda a ponerme mi camiseta táctica.
—No tengo ni idea de para que sirve, pero no me agrada.
No le contesto, si le respondo se preocupará más y no quiero eso. Ambas nos concentramos en terminar de arreglarnos; me coloco una gabardina para ocultar la ropa que traigo y pasar desapercibida además Camille me ayuda a colocarme una peluca rubia y corta que es bastante elegante y me cubro los ojos con unas gafas de marco grueso.
—Si Montalvo nos descubre, nos colgará del techo de la central—murmura Camille.
—Entonces no dejaremos que nos descubra.
[ … ]
Bajo del taxi a un par de calles de la I.R.M., no puedo sencillamente llegar en mi auto ni mucho menos con Camille, se que estoy siendo registrada por las cámaras y que mi buen amigo Enzo se encargará de ello. Ajusto el intercomunicador y comienzo a caminar.
Al otro lado de la línea, se escucha la voz de Enzo.
—¿Me escuchan?
—Te escuchamos alto y claro—respondemos al unísono.
—Estoy dentro de la red del comando, les daré todo el tiempo que pueda. ¿Qué tan lejos están de la entrada?
—Estoy a unos diez minutos—respondo.
—Me encuentro en el estacionamiento, en cinco minutos estoy en la entrada—responde Camille.
—En lo que llegan iré borrando los registros de las cámaras.
Después de diez minutos ingreso a por las enormes puertas de la I.R.M como una civil más, avanzo entre la gente hasta las oficinas de atención, observo a mi alrededor y me oculto tras uno de los escritorios libres.
—Enzo hazlo ahora—le pido.
—Tendrán 25 minutos para llegar a la torre de emergencias, todo quedará a oscuras en el comando, las cámaras y las alarmas dejaran de funcionar. Deben apresurarse.
—Contando tres…—inicia Enzo.
—Dos…—puedo oír como Camille respira profundamente.
—Uno…
—Ahora chicas—Enzo nos da luz verde.
Miro por encima del escritorio, tomo unas carpetas de una gaveta y salgo de mi escondite me cubro la cara con ellas como si estuviese leyendo mientras avanzo rápido de esa manera creerán que soy una de las que trabaja en la zona B. Una vez allí empujo las grandes puertas de la zona restringida, para mi suerte no hay nadie así que comienzo a correr hasta los ascensores.
—Chicas les quedan quince minutos—informa Enzo.
Me apresuro o de lo contrario no podré llegar hasta la puerta de emergencias, doblo a la izquierda luego de pasar por los ascensores y corro unos dos minutos más antes de llegar a un pequeño pasillo sin salida.
—Camille ya estoy en posición—hablo por le intercomunicador.
Doy unos pasos atrás en lo que una pequeña puerta del techo se abre, Camille baja las escaleras para mí, es como una especie de ático pues las estructuras de toda la central son un poco extrañas. Subo lo más rápido que puedo, lo cierto es que aunque mi brazo este anestesiado lo siento rígido sin embargo hago lo que puedo. Una vez arriba ayudo a Camille a subir nuevamente las escaleras y a cerrar la puerta.
—Toma esto—me lanza una linterna frontal.
En esta zona todo esta completamente oscuro, no se puede ver prácticamente nada, lo único que genera algo de luz es la linterna que tiene Camille en su cabeza.
—¿Enzo cuanto tiempo nos queda? —pregunto en lo que me ajusto la linterna en la cabeza.
—Ocho minutos—responde.
Ambas avanzamos por el pasillo hasta llegar a una trampilla del suelo, entre las dos giramos la rueda de cierre roja, está bastante oxidada lo que dificulta girarla.
—Quedan tres minutos.
—¡Joder no vamos a poder! —reprocha Camille.
—¡Si podemos!—seguimos haciendo fuerza—¡Una vez más, no me joderé el brazo por nada!
Seguimos intentando y la compuerta finalmente cede, soy la primera en bajar por la escalerilla seguida de Camille quién se encarga de cerrar la escotilla. A este punto estamos un poco tranquilas porque no hay cámaras en este tramo, ni luces o alarmas debido a que el poco espacio y el acceso no lo permite, es el talón de Aquiles de la I.R.M., una red de pasajes de servicio viejos y estrechos que decidieron ignorar y dejar como “salida de emergencia”.
El aire aquí es bastante frío, hay un fuerte olor a metal, polvo y algo más que no sabría describir; es un sitio bastante asfixiante y lúgubre.