Ladronas de información
Ariadna
—Ari dime que sigues viva—susurra Camille con temor.
—Lo estoy…—respondo, intentando recuperar el aliento—. Camille trata de estirarte… busca la pared con tus pies.
Camille balancea las piernas en la penumbra hasta que sus suelas logran apoyarse contra el concreto, intenta buscar con la linterna las barras inferiores. Siento como el arnés me aprieta las costillas en lo que Camille trata de aferrarse a una de las barras, mi brazo esta entumecido, la única razón por la que no siento dolor es por las medidas que tome, pero en cuanto pase el efecto estaré de muerte.
—Encontré una—anuncia Camille—Ari, tienes que balancearte hacia mí.
Hago un gran esfuerzo para impulsarme, Camille logra tomarme de la mano e intento aferrarme a la barra que esta abajo antes de que se rompa la que nos sostiene a Camille y a mí.
Paso a paso, con la cuerda manteniéndose algo tensa como nuestro único respaldo por si volvemos a caernos, reanudamos el descenso. Cada peldaño me parece un suplicio, tengo que cuidar mis movimientos y no hacerle más fuerza a mi brazo o no llegaremos. Faltan pocos metros cuando toco la última barra metálica y finalmente toco el suelo de concreto del túnel subterráneo, caigo de rodillas un segundo, soltando el aire; Camille baja a mi lado y se apoya contra la pared, apoyando sus manos en las rodillas para recuperar el aliento.
—Odio estas instalaciones—masculla Camille, desenganchando con manos temblorosas el arnés.
—Todavía falta lo peor Cami—respondo, desabrochando mi arnés con una sola mano.
Nos adentramos por el túnel subterráneo. Es un pasadizo estrecho y bajo, repleto de gruesas tuberías de vapor y cables que emiten un zumbido constante; avanzamos a paso rápido durante unos treinta metros, hasta llegar al punto exacto que marcaban nuestros planos.
El techo del túnel se abre en un rellano metálico que da directamente a los conductos de ventilación que nos permitirán llegar al Ala Este. Me detengo debajo de la rejilla, apoyando mi espalda en la pared.
—Enzo—hablo por el intercomunicador—Estamos bajo la entrada de los conductos que dan al Ala Este.
—Recibido—responde Enzo—. No pueden ingresar por el conducto principal todavía, el sistema de ventilación del Ala Este tiene una turbina de extracción activa para evitar el sobrecalentamiento de la sala de servidores. Las picaría en pedacitos.
Camille y yo nos miramos con horror bajo la tenue luz de nuestras linternas frontales.
—¿Puedes apagarlo sin encender las alarmas? —pregunto.
—Si, pero solo puedo darles tres minutos e ir alternando entre otros tres minutos para volver a apagarlo, hasta que logren pasar. De otra manera se activarían las alarmas al detectar la pérdida de flujo de aire.
Pasan tres segundos eternos hasta que el estruendoso zumbido metálico sobre nuestras cabezas empieza a desacelerar, el aire caliente da paso a una corriente más fría, seguida por el chasquido seco de las aspas frenando por completo.
—Ventilador apagado, tiene tres minutos desde ya—nos informa Enzo.
Camille no pierde tiempo. Se impulsa hacia arriba de un salto encaramándose en las rejillas para no caerse, retira los pasadores de la rejilla con agilidad y la mueve a un lado, deslizándose hacia el interior del tubo.
—Venga Ari, sube—escucho su voz algo amortiguada.
Subir con un brazo como una piedra es un verdadero castigo, hago toda la fuerza con mis piernas y mi brazo sano para encaramarme. Mis movimientos se están volviendo más torpes, Enzo ya nos informó que queda menos de un minuto, sigo intentando, pero me caigo y las aspas comienzan a girar despacio así que tendremos que esperar tres minutos hasta que pueda intentarlo de nuevo.
—Mierda, mierda… puta mierda—siseo entre dientes.
—Ari, ¿estás bien? —pregunta asustada.
—Estoy bien, solo necesito un segundo—respondo intentando calmarme—mi brazo no me respondió bien, eso es todo.
—No te desesperes, te ayudare a subir—me da ánimos.
—Es peligroso Camille—le digo.
—Lo solucionaremos.
—Treinta segundos chicas—avisa Enzo—sé que puedes hacerlo Ariadna.
El estruendoso ruido de la turbina empieza a desacelerar, vibra con fuerza una última vez y, de nuevo se detiene por completo.
—Esta vez si lo logras—dice Camille, asomándose todo lo que puede por la abertura y estirando sus brazos con desesperación hacia mí.
Tomo aire, flexionando mis rodillas. La única forma de alcanzar las manos de Camille es dar un salto y confiar en ella e incluso en mi propio cuerpo aporreado.
—Si sientes que te arrastro hacia abajo, me sueltas—le advierto.
—Ni loca haría eso. ¡Salta ya!
Me impulso con todas mis fuerzas hacia arriba, logro sujetar las muñecas de Camille y ella me toma de los brazos con desesperación. Quedo suspendida, balanceándome en el aire mientras Camille ahoga un grito por el esfuerzo.
—¡Te tengo! —dice entre dientes—. ¡Te subiré!
Camille intenta tirar de mí hacia el interior del conducto, pero se frena en seco con un grito ahogado.
—¡Mierda, no puedo tirar—dice desesperada—Se me enganchó la pierna!
—Chicas queda un minuto—su voz se escucha angustiada—Entren ahora.
Siento como mis manos empiezan a resbalar, mi corazón se acelera por la adrenalina. Intento buscar apoyo en la pared con mis pies, pero la superficie es completamente lisa.
—¡Camille suéltame! —le exijo.
—¡Te dije que no lo haré! —dice llena de pánico.
Hace una mueca de dolor y de un tirón brusco me jala hacia ella, arrastrándome hacia el interior de golpe. Quedo sobre ella en el instante en que la turbina comienza a girar nuevamente, nuestra respiración es errática estuvimos a un minuto de quedarnos allí atrapadas.
—¿Chicas? —Enzo parece temeroso.
—Estamos bien—responde Camille.
—¿Camille te lastimaste?
—Mi pie estará bien, solo perdí el za…—la interrumpo para abrazarla.