Ayudas inesperadas
Ariadna
El olor a antiséptico barato en la pequeña enfermería de la comisaría no logra aplacar el mareo que me produce el dolor, es insoportable. El médico de guardia—un hombre mayor—examina mi brazo, no puedo dejar de llorar y me siento débil por ello.
—Esto es una completa locura—masculla el doctor, apartándose para mirar al oficial que custodia la puerta—esta mujer necesita atención especializada en un hospital, no puedo tratar esto.
El oficial ni se inmuta hasta que alguien habla por la radio que tiene en su cinturón, se aleja unos minutos para contestar antes de regresar a la puerta.
—No habrá traslado—ordena con voz tajante.
—¿Cómo que no? —el doctor alza los brazos, indignado—¡Eso es negligencia médica!
—Son órdenes de arriba, doctor—interrumpe el oficial—. Inmovilícele el brazo y dele algo para el dolor. La llevare a una celda provisional.
Escucho la discusión en silencio, o bueno lo más que puedo pues sigo llorando, apoyada en el borde de la camilla. Sé que esa orden no es de Montalvo, jamás me haría eso; tengo la impresión de que el idiota de Kurt metió las manos en esto para castigarme “como se debe”.
—No se preocupe—le digo entre sollozos—. Solo inmovilícelo.
El doctor me mira con lástima y frustración, resopla mientras busca en una gaveta lo que necesita.
—¿Tomaste alguna medicación antes de que te trajeran? —me pregunta en voz baja.
—Dexketoprofeno por vía oral y me coloque unos parches de lidocaína como habrá notado—admito con vergüenza.
El doctor niega con la cabeza.
—¡Dios mío! —exclama, mirándome con reproche—tendré que administrarte una dosis mínima por vía intramuscular, aunque te seguirá doliendo jovencita.
No respondo y dejo que haga lo suyo, yo me busque esto ahora debo asumir las consecuencias, el doctor venda mi brazo en una postura algo rígida pegada a mi torso; cada movimiento es una tortura para mí. Cinco minutos después, el oficial me escolta por un pasillo estrecho hasta la zona de celdas, no me piden mis cosas, no me revisan, no me hacen preguntas, no hay papeleo, absolutamente nada; el oficial abre la puerta de barrotes y me empuja hacia el interior.
La celda es pequeña, con una banqueta de concreto y una tenue luz, me siento en la banqueta con cuidado apoyando la espalda contra la pared fría. A pesar del dolor y del cansancio no me arrepiento de lo que hice, Camille y Enzo estarán bien además tienen la carpeta de Sforza; yo solo debo aguantar cinco días en este agujero. Cierro los ojos para tratar de dormir, pero no lo logro con facilidad, paso la noche despertándome cada nada, el dolor sigue allí, tengo escalofríos, sudo y tengo nauseas.
[ ... ]
El tiempo en este calabozo es una tortura, no sé ni cuanto tiempo llevo aquí. Trato de acomodarme en la banqueta con cuidado de no presionar mi brazo, pero no hay una sola posición en la que no sienta dolor. Un oficial pasa a dejarme un vaso con agua que ni volteo a mirar, solo me limito a observar la pared y respirar hondo para controlar mis mareos.
Paso lo que podrían ser eternas horas viendo un punto fijo con la sensación de que me desmayare en algún momento, pero unos pasos acercándose hacen que me sobresalte.
—Ya puede irse—me habla un oficial mientras abre la puerta de la celda.
Trato de enfocar mi vista pues es algo borrosa para ver bien al oficial, pues creo que estoy alucinando cosas.
—¿Ya han pasado cinco días? —pregunto confundida.
—No—dice secamente—Simplemente me ordenaron que la dejará ir.
Me pongo de pie muy despacio, mis piernas responden torpemente sin embargo camino por el pasillo siguiendo al oficial. No entiendo que ocurre, no es obra del imbécil de Kurt y Montalvo no retira castigos así porque sí.
Al salir de la zona de celdas cruzamos por el pasillo que da a las oficinas principales de la estación. Entre el movimiento habitual de los oficiales y el ruido constante de la estación, hay una figura de pie junto al mostrador central; impecable con un traje oscuro y los brazos cruzados, observándome.
Mi corazón da un vuelco y dejo de caminar.
Es Alessio De Rossi.
El oficial se detiene un par de pasos más adelante al notar que me quede estática, se da la vuelta mirándome con fastidio.
—Señorita no tengo todo el día—me apura con impaciencia.
Trago saliva y me obligo a seguir caminando hasta llegar al mostrador central. El pelirrojo no desvía sus ojos de mí ni un segundo, me detalla de pies a cabeza haciéndome sentir diminuta.
—¿Usted que hace aquí? —espeto, tratando de mantenerme en pie.
—Sacarla de prisión, ¿no es obvio? —responde con esa tranquilidad que me desespera.
—Yo no necesito que usted me ayude—digo entre dientes—. Nadie le pidió que viniera a…
No logro articular una palabra más, el piso debajo de mis pies parece moverse, mi vista se nubla y siento que pierdo el control de mi cuerpo de golpe. Mi equilibrio colapsa y me tambaleo hacia adelante. No alcanzo a tocar el suelo. Antes de desplomarme el odioso me sostiene y con sumo cuidado me levanta en brazos como si fuera una bebé.
—Y usted no esta para discutir señorita Fontana—murmura con una sonrisa socarrona.
El olor de su perfume me eclipsa, intento protestar o hacer cualquier cosa para manifestar mi indignación, aunque me cueste admitirlo el pelirrojo tiene razón no estoy en condiciones. Alessio camina con pasos firmes hasta la salida, a unos pocos metros hasta detenerse frente a una camioneta negra, un hombre abre la puerta trasera y Alessio se inclina para acomodarme en el asiento cuidando de no lastimarme lo que me hace sentir extraña, intento erguirme por mi cuenta, pero no me lo permite; me abrocha el cinturón de seguridad con paciencia.
—Quédate quieta—murmura cerca de mi rostro antes de cerrar la puerta.
Rodea el auto a paso rápido y se desliza en el asiento contiguo al mío. El motor ruge suavemente cuando la camioneta se incorpora al tráfico de Milán.