La Nera Corona

Capítulo 28

No, Si, No…

Alessio

12:00 AM

Estoy de pie junto al gran ventanal que da una vista de la ciudad, con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón y la chaqueta del traje sobre uno de los sillones de la sala de espera del hospital. Escucho los pasos de Giorgio acercándose desde la habitación de la odiosa, se detiene a mi lado dejando su rígida postura de escolta que mantiene siempre.

—Ya se durmió—comenta Giorgio, apoyándose contra el marco de la ventana—. Los sedantes que le puso la doctora ya hicieron efecto, tenía algo de fiebre pero estará bien.

Asiento en silencio, sin apartar la vista del cristal.

—No entiendo por qué no te fuiste a descansar, Alessio—añade, mirándome de reojo—dijiste que te irías después de que estuviera todo en orden y has pasado la noche entera en este pasillo.

—No estoy cansado—respondo en voz baja.

—¿Estas preocupado por esa mujer? —inquiere con una ceja levantada.

Giro la cabeza levemente para mirarlo, Giorgio es de las pocas personas que puede hablarme con esa franqueza, pero no tengo respuestas a esa pregunta.

—No lo sé—soy sincero.

—¿Qué crees que hizo?

—No tengo idea—me cruzo de brazos—. Sabiendo quién es ella en realidad no tiene mucho sentido que se la llevaran los carabinieri de esa manera en su propio trabajo.

—La secretaria de la señorita Fontana no fue quien te dijo, ¿no es así? —indaga Giorgio.

—No.

—¿Usaste tus habilidades informáticas?

—Si—me río.

—Es una mujer con agallas—dice fingiendo pensar.

—Suenas como mis hermanos—le reprocho.

—Todos le vemos potencial a la señorita Fontana—me mira con diversión—pagaste una fortuna para sobornar al oficial a cargo, así que...

—Cambiemos el tema—digo serio.

—Como prefieras.

10:00 AM

Me acomodo los puños de la camisa blanca frente al espejo del baño, pedí una habitación de hotel solo para tomar una ducha rápida y cambiarme de ropa. La odiosa no pensará que pase la noche en vela a fuera de su habitación.

Regreso al hospital, Fontana ya está despierta, sentada en el borde de la cama con el brazo inmovilizado riéndose de algo con Giorgio de pie cerca de ella.

—Buenos días—saludo con tranquilidad, caminando hacia ellos.

Fontana deja de reír y pone esa expresión suya de pocos amigos.

—Buenos días, señor—responde Giorgio.

—Eran buenos hasta que usted llego—espeta Fontana con sequedad.

—También me fastidia verla—le digo con sorna.

Me gano que me mire peor que antes lo cual me genera diversión.

—Pues no lo parece—rueda los ojos.

—Si ya está lista, vámonos—le pido.

—Me iré a mi casa—frunce las cejas.

—Vendrá a mi casa, luego veremos si puede estar segura en su casa sin que la arresten de nuevo.

—No quiero vivir con usted—reprocha.

—No dije que viviera conmigo—sonrío—. Si eso es lo que quiere podemos acomodarnos.

—Es usted la persona más insoportable del mundo—se enfada.

La odiosa se levanta con ayuda de Giorgio y se me queda mirando como si estuviera dudando si hablar o no.

—Gra… gracias—balbucea.

—¿Disculpe que dijo? —finjo que no la escuché.

—No lo repetiré—ni me mira.

—¿Giorgio usted le entendió a la señorita?

—No señor.

Fontana lo mira con indignación, como si le molestará que no la apoyará. Parece que se hizo amiga del viejo Giorgio.

—Agradezco el apoyo—le hace una mueca a Giorgio—. Dije gracias señor De Rossi.

—Eso está mejor.

Nos dirigimos a la recepción del hospital para pagar la cuenta y gestionar la salida de Fontana, Giorgio camina unos pasos detrás mientras la odiosa intenta seguirme el paso cuando es obvio que no está bien, así que comienzo a caminar más despacio.

Cuando la recepcionista me entrega la cuenta—la cirugía, honorarios de especialistas, medicamentos y la habitación privada—, noto como la odiosa intenta estirarse para chismosear la factura sobre el mostrador. Abre los ojos de par en par en cuanto logra ver el saldo de la cuenta, la cifra tiene unos cuantos ceros y su cara de espanto solo me divierte. Me mira fijamente esperando ver alguna expresión en mi rostro, pero me limito a sacar mi tarjeta, entregársela a la recepcionista y firmar la factura.

—Eso es demasiado dinero—murmura entre dientes cuando empezamos a caminar hacia la salida.

—Es el precio por una buena intervención—respondo con tranquilidad.

Me mira como si yo fuera un bicho raro mientras cruzamos las puertas de cristal hacia el estacionamiento, donde Giorgio nos espera con la camioneta encendida. Fontana intenta adelantarse para abrir la puerta trasera por su cuenta, es demasiado terca. Le bloqueo el paso con mi cuerpo y me inclino para ayudarla a subir.

—Puedo hacerlo sola—protesta.

—No me haga perder el tiempo—murmuro cerca de su rostro.

La tomo con cuidado por la cintura y la espalda, evitando rozar su brazo lesionado, y acomodo su cuerpo en el asiento; se queda completamente rígida por un segundo. Me inclino sobre ella para abrocharle el cinturón de seguridad y le cierro la puerta antes de que comience a discutir de nuevo. Rodeo el auto y me acomodo en el asiento contiguo.

Durante varios minutos nadie dice nada, Fontana aprieta los dedos sobre su regazo, se perfectamente que esa mente obstinada quiere decir algo.

—Le devolveré el dinero—suelta de golpe—. No sé cuanto tiempo me tome, pero le pagaré hasta el último euro por todo lo que hizo por mí.

—No le estoy cobrando.

—No me interesa, se lo devolveré.

—No necesito dinero—digo secamente—. Y no discutiremos más sobre el tema.

Fontana no vuelve a decir nada durante todo el trayecto, solo se dedica a mirar por la ventana con una expresión de indignación, me acostumbro a verla con esa cara. Giorgio detiene la camioneta frente al área privada del edificio residencial, apaga el motor y nos abre la puerta.




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