Pinky Promise
Ariadna
Aprovecho cada segundo de la ausencia del pelirrojo para procesar el desastre que ocasione por robarme esa estúpida carpeta, espero que Camille y Enzo encuentren lo que buscábamos. Odio tener que admitir que la razón por la que no perderé mi brazo es por Alessio De Rossi, no entiendo porque me ayuda; escaneo la sala con detalle: la luz que entra por los ventanales, las estanterías llenas de libros, la colección de vinilos, el piano de cola, las fotografías, no es ni remotamente cerca a lo que esperaba encontrarme aquí.
Intento estirar las piernas en el sofá, pero me siento incómoda, agotada y pegajosa, creo que es normal sentir que un tren me paso por encima. Necesito una ducha, comer algo y dormir quizás todo esto es un sueño loco o una alucinación, me pellizco una pierna lo más fuerte que puedo para verificar…
—¿Qué demonios le pasa? — Me pongo rígida instintivamente.
El odioso aparece con las mangas de su camisa remangada hasta los antebrazos, mirándome como si estuviera loca.
—Nada—digo muerta de la vergüenza.
—Le urge un baño, señorita Fontana—suelta con una tranquilidad que me preocupa.
Lo miro fijamente.
—Estoy bien, gracias—miento.
—Huele fatal déjeme decirle—responde burlón—. Además, necesitara ayuda.
—Pues no quiero bañarme—miento otra vez.
—No lo dudo—sonríe de lado.
—¿Me está diciendo cochina? —me ofendo.
—No está lejos de serlo.
Como lo detesto, es tan engreído, tan irritante, tan… tan… ash…
—Le daré dos opciones—me dice ignorando el hecho de que quiero lanzarle algo a la cabeza—. O camina por su propia cuenta al baño, o la llevo en brazos.
—Puedo caminar sola, no necesito que me lleve a ningún lado—refunfuño, apoyando mi mano sana en el brazo del sofá para levantarme con torpeza.
El odioso intenta ayudarme, pero le doy un golpe para que se quite.
—Por aquí—hace un gesto con la mano.
Camina a mi lado mirándome con esa estúpida sonrisa arrogante que me dan ganas de borrarle a bofetadas. Entramos al baño e inmediatamente noto que tenía todo preparado.
—Ya puede salirse, gracias—le digo.
—No se bañará sola—me regaña—. La ayudaré.
—Me niego a que haga tal cosa—chillo.
—¡No sea ridícula! —me grita—. Acabamos de llegar del hospital, ¿quiere volver?
—¡Usted es el ridículo! —le grito—¡¿Cómo se atreve a llamarme ridícula!?
—Le pido disculpas por ello—se masajea la frente—. Pero se comporta como una niña.
Me quedo parada frente a él, arrugando la frente y evitando mirarlo.
—Está bien, acepto sus disculpas—cedo—. Pero si vuelve a insultarme…
—No lo haré—me interrumpe—se lo prometo.
No le creo ni en lo más mínimo, pero si me urge bañarme, estoy actuando como una loca. Jamás le diré eso, me niego a decirle que tiene la razón.
—Puede darse la vuelta—le pido.
Rueda los ojos, se queda viéndome como si reuniera paciencia.
—No puede hacerlo sola, va a lastimarse—me explica.
—No me verá desnuda—digo alarmada.
—La ayudaré a desvestirse para que entre a la tina—alza su mano derecha como si fuera a decir un juramento—. En todo momento la miraré a los ojos, no miraré nada más que su cara.
Me quedo pensando unos minutos.
—Prométalo—levanto mi dedo meñique.
—¿Me hará hacer eso? —dice incrédulo.
—Y debe decir pinky promise, así me sentiré más segura.
El pelirrojo levanta su dedo meñique y lo entrelaza con el mío.
—Pinky promise—dice muy serio.
—Y por si no lo sabe, señor De Rossi—añado, sin soltar su meñique—, el pinky promise se originó en Japón, el Yubikiri. Significa que el que rompa la promesa debe cortarse el dedo meñique.
El pelirrojo arquea una ceja, pero no deshace el agarre. Por un segundo, podría decir que una chispa de auténtica diversión ilumina sus ojos antes de volver a recuperar su imperturbable serenidad.
—No se preocupe, conservaré todos mis dedos.
Lentamente, desliza su meñique del mío, toma algunas cosas de la encimera del lavabo. Sin decir una sola palabra, se inclina con delicadeza hacia mi brazo; cubre el vendaje con el plástico y coloca varias tiras de cinta alrededor de mi hombro y mi bíceps, asegurándose de que el agua no pueda filtrarse.
Cuando termina, me mira directo a los ojos. Cumpliendo con su palabra desde el primer segundo.
—Hora de la verdad—murmura.
Se acerca un paso más, siento el calor que emana su cuerpo y el aroma de su perfume. Alza sus manos buscando con lentitud el borde inferior de mi camiseta, en todo momento, sus ojos azules permanecen clavados en los míos: fijos, intensos, sin desviarse ni un segundo. Con movimientos ridículamente cuidadosos empieza a subir la tela, la cercanía me resulta abrumadora; puedo sentir su respiración chocando contra mi rostro mientras me libera de la camiseta. Luego, con la misma calma me ayuda a desabrochar el pantalón y a quitármelo, guiando cada uno de mis movimientos para que no pierda el equilibrio, hace lo mismo con mi ropa interior dejando todo en un cesto cercano. Me quedo sin aliento y no sé cómo logro sostener su mirada pues en ningún momento rompe con su promesa.
—Entrara a la tina con cuidado—pide en voz baja pero firme, extendiéndome la mano para que me sostenga.
Tomo su mano, sus dedos son cálidos y firmes contra los míos. Con torpeza y mi corazón latiéndome en la garganta por la mezcla de vergüenza y tensión que siento, levanto una pierna y luego la otra, entrando al agua tibia de la tina. Me sumerjo hasta el pecho, protegiendo el brazo afuera contra el borde cubierto de toallas. Se da la vuelta unos segundos para agarrar los productos del estante, se acomoda de rodillas junto al borde de la tina, manteniendo cierta distancia.
—Voy a aplicarle shampoo, ¿de acuerdo?
—Si.
Vierte un poco de shampoo en sus palmas, frota sus manos para hacer espuma y comienza a darme un masaje en el cuero cabelludo con cuidado, jamás habría esperado esto de alguien como él, creo que mi concepto sobre este hombre no tiene sentido. Cierro los ojos un segundo, abrumada por las sensaciones que me abarcan; esto es tan absurdo.