La niña de los zapatos Grises

Capítulo uno: Basado en pesadillas

Intérpretes:

Dane DeHaan como Urías Perkins

Lucky blue Smith como Héctor Fonder

Belle Delphine como Morgan Belldamont

 

 "Por allá donde la brisa es espesa, y el agua se torna color turquesa, en el profundo anhelo de la libertad, te poseeré, para luego perderte eternamente entre las sombras que, alguna vez, me han atormentado a costas de tu partida. En tu presencia hay luz y dolor, en tu ausencia hay oscuridad y placer; oh dicha divina ¿Bajo qué circunstancias serás mía?"

 

 Un profundo escalofrío recorre temerosamente el interior de mi espina dorsal, me impide realizar movimiento alguno, sin embargo, entre la conciencia y la vigilia, no estoy seguro de que sea un sueño, o una percepción surrealista del presente. Una señora frente al espejo se presenta para amenazar mi cordura, cuando sé de buena fe, que es imposible que esté allí parada, sin embargo, ahí se encuentra, frente a mí, aclamando ser mi abuela, desafiando toda percepción que yo he de tener sobre su persona.

—Y qué percepción tienes sobre... ¿tu abuela has dicho?

—Sí sí, fue a ella a quién vi, y no es una percepción sino más bien una realidad, ella se encuentra internada hace ya unos meses, y yo la he visto en una habitación perteneciente a su antigua casa, en dónde ahora vive solo su hermana más joven con su pareja.

—Bueno convengamos, que no es algo tan irracional, es decir, por un tiempo vivió allí, si como me dices es su "antigua casa".

—Sí, pero... Yo jamás la conocí en esa casa, desde que tengo memoria que ella es independiente, o bueno, lo intenta...

 Se sentía extraño estar conversando sobre estas cosas con Héctor, él por años ha sido mi mejor amigo, sin embargo, nuestras charlas jamás habían sido muy abiertas y profundas, por lo general solo hablábamos de videojuegos, actrices y/o modelos, y tipos de música de los años ochenta. Por primera vez estábamos afrontando una temática compleja, los sueños y su relación con la realidad.
Héctor era un convencido de que los sueños no poseen significado alguno, por lo que, incrédulamente, escuchaba a regañadientes mis teorías sobre el posible motivo por el cual se me presentaban esas imágenes al dormir; sin embargo, para resultar condescendiente, se mostraba interesado en entenderme para luego poder desmentirme de forma más empática.

—Creo que estás preocupado por ella —afirmó firmemente.

—Para ser honesto, no he sabido de ella hasta que enfermó, ni siquiera estoy seguro de su nombre, solo sé que le dicen Mary Ane, pero según tengo entendido, se llama Gladis realmente —expresé con cierto grado de pena.

—¡Vaya desinformación la tuya! —exclamó Héctor sarcásticamente, puesto que él no tenía trato con ninguno de sus tres abuelos, encontrándose su abuelo materno ya fallecido—. Si no es preocupación entonces quizá se deba a que posiblemente te están hablando tan seguido sobre el asunto de tu abuela, que ya se te ha quedado grabado y tienes pesadillas con ella —dijo a modo de burla.

—Realmente, no me sorprendería que así fuese...

 Héctor hizo una expresión como de afirmación, y me invitó con la mirada a ingresar a clases. Él y yo éramos alumnos en The Royal College of Saint Peter, en la ciudad de Westminster, Londres; nuestro horario de cursada era todos los días, de las nueve y media, hasta las dieciocho y media, y aunque la mayoría de los estudiantes de esa institución pasaban día y noche allí, durante toda la semana, hasta volver a sus hogares, nosotros que vivimos cerca, podíamos darnos el lujo de regresar a nuestras casas al término del dictado de la clase. Siempre nos juntábamos previo al ingreso para conversar sobre lo que hicimos la noche anterior, siempre y cuando Héctor no se haya quedado a dormir en mi casa, como solía pasar, y en la hora del break debatíamos sobre las chicas que pasaban delante nuestro; teníamos gustos muy distintos, él se fijaba en las más voluptuosas, yo, las prefería con un físico más normal, él tenía una tendencia más acorde a los estándares generales, además de que se acostaba con toda aquella persona, sea hombre o mujer, que cumpliera con sus expectativas, ya que, otra diferencia que también tenía conmigo, es que a Héctor le gustaban ambos por igual, según me confesó una vez hace ya unos años. Al principio me pareció algo chocante, pero luego entendí por qué tantas veces, hacía "bromas" sobre mi apariencia, y sobre lo atractivo que le resultaba cuando reía de cierta forma o hacía ciertas expresiones. Quedó aclarado que yo respetaba sus gustos, siempre y cuando el respetara que a mí no me atraen los hombres, pero que no es un impedimento para que me cuente sobre quién le parece atractivo o qué opina de ciertos chicos, lo que de hecho, hasta me daba intriga en cierto punto, con lo cual estaba bien.
 En la clase siempre se rumoreaba sobre nosotros, no sé si creer que de buena o mala manera, ya que por un lado, nos llamaban "the angels" haciendo alusión a Héctor cómo un ángel de los que todos conocemos, por sus rubios rizos, ojos verde esmeralda, y piel pálida pero de tonalidad ciertamente bronceada, como una ambigüedad de color; es muy alto y un tanto fornido, a diferencia mía, que soy más bien delgado, mi piel es blanca traslúcida y resalta con mi oscuro pelo en caída hacia un costado más inclinado que el otro, en contraste con mis celestes ojos vivos, y mis labios encorvados teñidos de un rosa llamativo; a lo que por supuesto para ellos yo era, el ángel de la muerte. En parte el hecho de que se fijaran en nosotros resultaba halagador, pero, que se refirieran a mí como una figura macabra, en cierto punto lo consideraba ofensivo... Aunque me encantaba. Héctor y yo éramos hermanos de cielo e infierno, y nuestros intereses empeoraban la situación, él, era amante del arte contemporáneo, tomó esa clase durante dos años seguidos y era de los alumnos más destacados dentro de la misma, yo, me dedicaba más al dibujo; él, se demostraba siempre radiante y seguro de sí, yo, bueno, tenía suerte de hablar dos o tres veces al año en clase. Como podrán entender, es muy raro que dos seres tan opuestos resulten en una amistad tan duradera como la nuestra, pero así es, una de las tantas cosas ilógicas y sin explicación viable que encontrarán a lo largo de esta vida.
 Me encontraba distraído, mirando por la ventana aquel árbol que parecía cambiar de forma ante mis ojos, sus raíces sobresalientes se volvían diversos laberintos mentales que, con una concentración implacable, me dispuse a resolver con detenimiento; su copa, representaba un desafío, ya que era frondosa y amplia, y debía procurar no mirarla para poder centrarme en lo importante, su base. Con poco éxito, me entregué a la simple admiración de aquella pieza de la naturaleza, cuando en mi momento de mayor relajación, entre los murmullos del salón y la voz de fondo de la docente, pude notar como alguien se asomaba por detrás de dicho árbol. Supuse que se trataba de un juego psicológico en el que yo mismo me estaba introduciendo, con lo cual, no le presté mayor importancia, y me digné a retomar mi atención a la clase y a la profesora, que ya había dejado de hablar para comenzar a escribir con la tiza en la pizarra. No sería más que otra clase aburrida, pero... ¿Y si no hubiese volteado a ver la ventana nuevamente? Al hacerlo, pude comprobar con claridad, que una pequeña figura incandescente, me devolvía la mirada del otro lado del vidrio, y es que no era más que una suposición mía que, aquello me estaba observando, ya que a la distancia que se encontraba, por más de que mi vista siempre ha sido favorable, era simplemente imposible identificar cualquier rasgo de su rostro. Lo que llamó potencialmente mi atención, fue que el sol resplandecía sobre todo su contorno, como si llevara puesta ropa plateada, excepto en sus pies, que, desde aquí, parecían minúsculos, y apenas podía distinguirlos.



Conrado Holmberg

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En el texto hay: amor, suspenso, interpretacion

Editado: 14.07.2019

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