Había una vez una niña que tenía el cabello muy largo.
Y cuando digo largo, es realmente largo. No largo hasta los hombros ni largo hasta la espalda. Era largo hasta las rodillas. Tan largo que, cuando se lo soltaba, tenía que echarlo hacia un lado para no sentarse encima.
Alguna vez pasó, pero... no le digan a su mamá.
Mamá le decía que cualquier día terminaría barriendo la casa con él y que, si eso ocurría, al menos podría ahorrarse la escoba. A la niña no le parecía una mala idea.
Sería genial ser una escoba humana, ¿verdad?
A pesar de amar su cabello suelto al viento, casi siempre lo llevaba recogido en una cola. Ella decía que así podía correr sin que se le pegara a la cara o a la boca. Incluso podía saltar sin terminar comiéndose un mechón o agacharse a recoger cosas del suelo sin que todo su cabello bajara con ella.
—Es fantástico cuando no me duele el jalón —decía.
A ella le encantaba recoger cosas del suelo: piedras bonitas, hojas con formas extrañas, flores que ya se habían caído... Todo lo que encontraba podía convertirse en un pequeño tesoro.
Una vez encontró un botón amarillo y lo guardó durante tres meses porque estaba segura de que algún día descubriría de qué camisa se había escapado.
Nunca lo descubrió.
También le gustaba guardar caramelos. Grandes, pequeños, largos o redondos. Pero, para llevarlos siempre consigo y que nadie más los tomara, necesitaba un lugar donde guardarlos.
Una vez vio a su papá guardar sus llaves en el bolsillo del pantalón.
Para eso sirven esos agujeros, pensó.
—Yo también quiero uno así, con huecos a los lados —le dijo a papá.
Papá sonrió. Definitivamente, no podía darle los suyos: eran gigantes.
—Te compraré uno al llegar a casa, mi pequeña.
—Ok, papito.
Pero ¿qué creen?
No pudo esperar.
Fue directamente al clóset de su papá y comenzó a buscar. Todos sus pantalones eran de colores oscuros y, definitivamente, ella no quería uno negro.
—Ok, buscaré en el cuarto de mamá —decidió.
Y se embarcó en la aventura de encontrar un pantalón con huecos para guardar dulces.
Según ella, eran huecos.
Buscó y buscó hasta que, por fin, encontró un par de jeans con huecos grandes de todos los tamaños.
—Mami, ¿me prestas tu pantalón con huecos?
—Ok, cariño, pero con mucho cuidado. Ese es mi favorito.
—Ok, mami.
Corriendo, llevó todos sus caramelos, bolitas y demás cosas en las manos hasta el pantalón con huecos.
—¡Al fin tengo un lugar mío para guardarlos!
¡Oh, sorpresa!
Los caramelos y todo lo demás se cayeron al piso.
—Mamá, esto no sirve. Está malogrado. ¡No guarda nada de nada!
—Pero, corazón, ese pantalón tiene rasgaduras, no huecos ni bolsillos.
—¡Ay, buuuuuuuuuuuu! ¿Y cómo puedo guardar mis dulces?
—Busca un pantalón con bolsillos.
—¿Bolsillos?
—Sí, hija. Busca uno donde puedas guardar tus cosas y no se caigan.
—Pero ¿y dónde están, mamá? Ma...
—Hija, busca en el clóset. Termino de trabajar y te ayudo.
—Ok, ahí voy.
Al llegar al clóset, buscó y buscó y, por tercera vez, buscó.
No había ninguno.
—Ahhh... —suspiró—. Este clóset no tiene nada de nada. ¿Mi tía tendrá pantalones con posillos?
No tardó ni dos segundos en averiguarlo.
—¡Tía! —gritó—. ¿Tienes pantalones con posillos?
—¿Pantalones con posillos? ¿Cuáles posillos, oye? ¿Qué hablas? La locura es del lado paterno porque tu mamá no es así.
—Mamá dijo que busque un pantalón con posillos para guardar mis caramelos.
—Bolsillos. Son bolsillos.
—Eso.
—Pero no tengo de tu tamaño, pequeña. Quizá haya alguno en mi caja de ropa vieja. ¿Quieres buscar conmigo?
—¡Siiii! ¡Vamos!
Y así buscaron y buscaron en la caja como si de un tesoro se tratara.
—Ya me cansé. No hay nada de nada. Solo hay ropa extraña y esta bolsa que dice “para donar”.
—¿Donar? —preguntó la tía, y fue corriendo a revisar la bolsa—. Este no, este tampoco, este... está horrible, este... Bueno, es un color extraño, pero ¿te gusta? Sí tiene bolsillos.
—¡Siiii! —gritó alegre.
Era un pantalón con bolsillos, pero...
—¡Y es rojo! Entonces, rojo no es feo. No es rosa, pero está bonito. ¡Me lo llevo!
—¿Gracias?
—¡Ay, sí! Gracias, tía. Gracias. Te amo mucho.
—Jajaja. Ok, pequeña, pero me debes diez soles.
—¡Ay, mejor nadota!
—¿Qué?
—Pero yo no tengo dinero, tía. Dile a mamá.
Y salió corriendo.
—¡Mami! ¡Le debes dinero a la tía loca!
—¡Oye...!
Mientras la niña corría hasta su cuarto, saltando y riendo, su tía la miraba de reojo para comprobar si de verdad le había gustado.
Y claro que le gustó.
Por fin podía guardar todo sin que se le cayera nada.
Desde ese día, el pantalón rojo se volvió su favorito. No porque fuera el más bonito ni porque fuera nuevo.
Eran los bolsillos.
Ella amaba los bolsillos.
En uno podía guardar cosas importantes y, en el otro, cosas todavía más importantes.
—¿Qué tienes ahí? —le preguntó su mamá una tarde al verla caminar con un bolsillo sospechosamente abultado.
—Nada.
Su mamá metió la mano y sacó dos caramelos, una piedrita, un papel doblado cuatro veces, un pedacito de cinta y el famoso botón amarillo.
—¿Esto es nada?
La niña observó todas sus pertenencias sobre la mesa.
—Bueno... casi nada.
—¿Y para qué quieres una piedra?
La niña la miró como si la pregunta fuera bastante absurda.
—Porque es bonita.
—¿Y el botón?
—Estoy investigando.
Su mamá levantó una ceja.
—¿Desde hace tres meses?
—Las investigaciones toman tiempo.
Su mamá intentó mantener la cara seria.
No pudo.
La niña tampoco.
Por eso, aunque tenía otros pantalones, terminaba usando el rojo bastante seguido. Tan seguido que en el colegio había comenzado a ocurrir algo curioso.
#1396 en Otros
#219 en Relatos cortos
#27 en No ficción
protección infantil, situaciones sensibles, limites y cuidado del cuerpo
Editado: 28.09.2026