Durante mucho tiempo fueron seis.
Selin, Pamel, Flora, Nicolet, Brunel y la niña del pantalón rojo.
Seis para jugar, seis para conversar, seis para hacer tareas, seis para guardar secretos y, sospechosamente, seis cada vez que la profesora decía:
—Formen grupos de seis.
En esos momentos no necesitaban buscar a nadie. Solo se miraban.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
Listo.
Por eso, cuando Brunel llegó una mañana con una noticia, ninguna de las cinco pareció demasiado contenta.
—Me voy a mudar a otra ciudad.
Todas la miraron.
—Ay, ¿te vas a demorar mucho en llegar aquí? O, peor, ¿te vas a tener que levantar MÁS TEMPRANO? ¡AHHHHHH!
—No, chicas —dijo Brunel con una voz algo extraña—. Me voy a cambiar de colegio.
Todas volvieron a mirarla.
—¿Qué?
—Mi papá tiene un nuevo trabajo y tenemos que mudarnos muy lejos. Tan lejos que no puedo venir desde allá al colegio todos los días.
—¿Pero es de verdad muy lejos, lejos de los lejos?
Brunel hizo una mueca.
—Lejos. Bien, pero bien lejos.
Aquello necesitaba una reunión urgente.
Durante el recreo, las seis se sentaron juntas para analizar la situación como personas muy serias y responsables. O todo lo serias y responsables que podían ser seis niñas con galletas y un Frugos de naranja en las manos.
—Ok, esto es un 3312. Necesitamos hacer un plan de consistencia.
—¿Un plan de qué?
—De consistencia. Así le dice papá a sus planes en el trabajo.
—Ah, bueno. Ok.
—Plan uno: puedes venir los fines de semana —propuso Pamel.
—Sí.
—Y podemos llamarte.
—Sí.
—Y cuando vuelvas, jugamos.
—Sí.
—Y no puedes tener otras mejores amigas.
Brunel abrió mucho los ojos.
—¡Oye! No, pues. Mejor nadota.
Todas se rieron.
—Está bien, sí puedes —dijo la niña del pantalón rojo—. Pero no mejores que nosotras. Nosotras somos las divas del sondeo.
—¿Sondeo? ¿No era sandungueo?
—Es rodeo, oye —dijo Selin.
—Eso no tiene sentido.
—¡Que sí! —respondieron las cinco.
Los últimos días pasaron demasiado rápido.
Y entonces llegó el viernes.
Brunel guardó sus cuadernos, sus colores y todas las cosas que durante el año habían terminado acumulándose debajo de su carpeta. Hasta encontró un borrador que llevaba meses buscando.
—¡Estaba ahí!
—Te dijimos.
—No me dijeron.
—Lo pensamos.
—¡Eso no cuenta!
Antes de salir, se abrazaron. Prometieron llamarse, prometieron verse, prometieron no olvidarse y prometieron tantas cosas que probablemente necesitarían una lista para recordarlas todas.
La niña del pantalón rojo metió la mano en uno de sus bolsillos.
—Toma.
Le entregó un caramelo.
Brunel lo miró.
—¿Uno?
—Es de los buenos.
—Ah.
—Y no me quedan muchos.
Eso cambiaba completamente el valor del regalo.
Brunel lo guardó con cuidado.
—Gracias.
—No te lo comas todavía.
—¿Por qué?
La niña pensó unos segundos.
—No sé. Para que dure.
Brunel se rio y volvió a abrazarla.
Después se fue.
La niña del pantalón rojo sintió algo extraño. Una especie de presión en el pecho que no sabía muy bien cómo explicar.
De seguro estoy desarrollando mi ser interior, pensó.
El lunes siguiente ocurrió algo extraño.
No algo malo exactamente. Fue... solo extraño.
Eran cinco esta vez.
En el recreo seguían jugando, conversando y riéndose. Todo parecía bastante parecido a la semana anterior.
Pero eran cinco.
Una, dos, tres, cuatro y cinco.
La niña las contó más de una vez durante los primeros días. No porque fuera necesario. Simplemente porque cinco se sentía diferente.
Es porque seis es número par y cinco es impar, pensó para sí misma.
Eso debía ser.
Y entonces la profesora comenzó una actividad nueva.
—Hoy vamos a trabajar en parejas.
Las cinco se miraron.
¿En PAREJAS?
Había un pequeño problema.
Cinco no podía dividirse en parejas.
Bueno, podía.
Pero sobraba una.
La primera vez, la niña del pantalón rojo terminó trabajando con una compañera de otra mesa.
—Hola —dijo la niña.
—Hola.
—¿Quieres hacer la primera?
—Bueno.
No estuvo mal.
Su compañera era divertida. Además, dibujaba unos gatos bastante extraños que parecían papas con orejas. Entre las dos bautizaron a uno como Rayitas.
La siguiente vez le tocó con otro compañero y, después, con otra niña.
—Es una oportunidad para conocer a más compañeros —decía ella.
Y era verdad.
Descubrió que una niña de la otra fila también coleccionaba piedritas, que uno de los niños sabía dibujar dinosaurios y que otra compañera llevaba unas galletas buenísimas que, después de una negociación bastante seria, aceptó intercambiar por un caramelo.
Conocer a otros niños era divertido.
Pero había días en los que la profesora decía:
—¡En parejas!
Y, durante esos pocos segundos en los que todos corrían a buscar con quién trabajar, ella no sabía hacia dónde ir.
Selin ya estaba con Pamel.
Flora con Nicolet.
Y ella se quedaba parada con su cuaderno entre las manos.
No le gustaban mucho esos segundos.
Después encontraba a alguien. Siempre encontraba a alguien. Trabajaba, conversaba y, a veces, hasta hacía un nuevo amigo.
Pero seguía sin gustarle ese momento.
Un día, al salir del colegio, su mamá la encontró más callada de lo habitual.
—¿Todo bien, rojita?
—Sí, mami. Todo bien.
—¿Segura?
—Sí. O bueno... eso creo.
Caminaron unos pasos.
—Hoy me quedé sola otra vez —soltó de golpe.
Mamá la miró.
—¿Sola? Pero... ¿tus amigas no están contigo siempre?
—Sí, pero para hacer parejas. O sea, grupos de dos. Solo dos. Como somos cinco... ya no... no se puede.
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Editado: 28.09.2026