El otoño llegó casi sin pedir permiso.
Era la época favorita de la niña del pantalón rojo. Ella lo esperaba desde el verano, una época algo incómoda para ella. Definitivamente, correr sin sudar ya era difícil, pero en verano aquello era monstruoso para una niña de ocho años.
En otoño todo era diferente.
Primero, el cielo se volvía más pastel y las hojas que estaban superverdes empezaban a cambiar de color. Luego, mientras uno no se daba cuenta, caía una hoja, después cinco y, poco a poco, cada vez más.
Las mañanas eran un poquito más frías.
Eso era divertido.
Al fin la niña podía sacar sus gorros de animales de especie indeterminada.
—Hoy soy un pandanejo.
—Yo solo pedí una sobrina normal, no una pequeña con complejo de animal místico —dijo su tía.
—¡Ay, ora! Pero yo soy un pandanejo.
—Y sabes que los conejos tienen orejas largas, ¿verdad? —dijo el novio de su tía.
—Sí. ¿Y eso qué?
—Que alguien las puede jalar.
Y empezó a correr tras ella.
—¡Noooooo! ¡Jajaja! ¡Mis orejas!
Luego aparecieron las chompas, las medias largas y esa discusión de todos los años en la que la niña del pantalón rojo aseguraba que no tenía frío mientras su mamá intentaba ponerle una casaca.
—No tengo frío.
—Estás temblando. ¿Cómo vas a decir que no tienes frío?
—Estoy emocionada. Es temblor emocionado.
—Ponte la casaca.
—Pero...
—La casaca. Ahora, hija, por favor.
—Buuu... Y cuando los chihuahuas tiemblan, nadie les dice nada.
Habían pasado varios meses desde que su tía Lina había presentado oficialmente al hombre de los caramelos con relleno.
Y muchas cosas habían cambiado.
Para empezar, ya no era una visita.
Ahora vivía con ellas y tenía sus cosas en la casa.
Definitivamente, muchas cosas.
Y no necesariamente en orden.
Su cepillo de dientes estaba en el baño. Sus zapatos aparecían misteriosamente en lugares donde alguien podía tropezarse con ellos. Tenía una taza favorita que, por alguna razón, mostraba un diseño con agua fría y otro con agua caliente.
Era mágica, según la niña.
Y hasta sabía qué cajón de la cocina había que golpear un poquito antes de abrirlo porque se atoraba.
En algún momento, sin que nadie organizara una reunión para decidirlo, la niña dejó de decir “el novio de mi tía”.
Era demasiado largo.
Y tampoco quería llamarlo por su nombre.
Así que empezó a llamarlo tío.
Y a él parecía gustarle.
—¡Tío!
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Entonces para qué me llamas? Estaba justo en el momento en que uno de los Reyes se decide a decirle que la ama.
—¿Otra vez estás viendo Pasión de gavilanes?
—¿Es delito o cómo así?
La niña rio.
—¿Para qué me llamabas? Dime.
—Solo quería saber dónde estabas.
—Aquí estoy, bebé.
—Ah, bueno. No te vayas a ir. Ahorita voy.
Y se iba.
Mientras todos se acostumbraban a convivir en casa, había otra cosa importante a punto de cambiar.
La niña del pantalón rojo iba a cumplir nueve años a mediados del otoño.
Eran NUEVE.
Ya no ocho.
Nueve.
Y nueve era un número impar.
Aquello, según ella, era prácticamente entrar en una nueva etapa de la vida.
—Cuando tenga nueve, voy a ser más madura y tendré que cuidar este hogar —anunció durante el desayuno.
Su papá levantó la mirada con una sonrisa bastante notoria.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió mientras comía su pancito con queso.
—¿Vas a ordenar tu cuarto? ¿Al fin dejarás de usar ese pantalón feo?
La niña tomó un sorbo de leche.
—No exageremos. Ya mejor dime que consiga un empleo.
—No sería mala idea.
—¡Ay, papá!
Su cumpleaños cayó un sábado.
Hubo globos, dulces, una torta, sus amigas y su familia. Y nueve velitas rojas que ella misma había escogido porque, según explicó en la tienda:
—Ya tengo demasiadas cosas rojas como para abandonar el concepto rojillito ahora.
Su mamá no supo exactamente qué significaba “el concepto” y mucho menos “rojillito”, pero compró las velas.
Cuando llegó el momento, todos cantaron. La niña cerró los ojos, pidió un deseo y sopló.
Las nueve velitas se apagaron de una sola vez.
Bueno...
Ocho de nueve.
Sus pulmones todavía no eran tan fuertes.
La última necesitó un segundo intento.
—¡Eso no cuenta! —gritó ella.
—¡Sí cuenta! —respondieron sus amigas.
—¡No cuenta porque estaba malograda!
—¡Sopla!
La apagó por fin.
Ahora sí.
La niña del pantalón rojo tenía nueve años.
Los días continuaron y, mientras el otoño avanzaba, mamá había empezado a ir a trabajar presencialmente dos veces por semana. Papá también trabajaba durante el día y la tía Lina tenía que salir algunas veces.
Entre horarios, reuniones y calendarios que a la niña no le interesaba comprender, había un día de la semana en el que regresaba del colegio y solo encontraba a su tío en casa.
A ella no le preocupaba.
Al contrario.
—¡Llegué! ¿Tío, estás aquí?
—¡Sí, ya llegué! ¡Lávate las manos!
—¡Primero déjame existir!
—¡Existiendo también puedes lavarte las manos!
—¡Eso no está comprobado científicamente!
Poco a poco aquello también se convirtió en una rutina. Dejaba la mochila en su cuarto, comía algo y hacía la tarea o fingía que iba a hacerla hasta que él preguntaba por tercera vez qué estaba haciendo o si ya había terminado para revisarla.
A veces jugaban. A veces veían televisión. A veces él le preparaba algo de comer.
Así que, cuando mamá llamaba para preguntar:
—¿Todo bien, bebé?
Ella respondía:
—Sí, mami. Estoy con el tío.
Y después seguía haciendo lo que estuviera haciendo.
Un día, durante el recreo, las cinco amigas estaban hablando de cosas importantes.
O sea, de absolutamente nada.
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Editado: 28.09.2026