La niña del pantalón rojo descubrió que cumplir nueve no cambiaba tantas cosas como esperaba.
Seguía teniendo que hacer la tarea. Seguía sin poder acostarse a la hora que quisiera. Seguía necesitando permiso para comer otro caramelo.
Y, para su completa indignación, nadie parecía considerar que tener nueve años fuera razón suficiente para darle un celular.
—Pero ya soy grande.
—No.
—Tengo nueve.
—Lo sé.
—Nueve está más cerca de diez que de ocho.
Su mamá levantó una ceja.
—Está exactamente a la misma distancia.
La niña se quedó pensando.
—Malditas matemáticas. Sabía que no ayudarían.
—¿Qué dijiste?
—Benditas. Dije “benditas matemáticas”.
Mamá solo la miró de reojo.
Últimamente, sin embargo, había algunas cosas que sí se sentían diferentes.
Por ejemplo, algunas mañanas le dolía la barriga.
No siempre.
Solo algunas.
A veces era apenas una molestia y otras veces se despertaba y se quedaba acurrucada unos minutos más.
—Mami...
—¿Qué pasó, bebé?
—Me duele la barriga.
Mamá se acercaba.
—¿Comiste muchos dulces ayer?
—No.
Silencio.
—¿Cuántos son muchos? —preguntaba la niña.
—¿Cuántos comiste?
—Esa pregunta no es importante ahora, mami.
Mamá le preparaba algo caliente y, aunque la niña no era muy fan de las cosas calientes, tenía que tomarlo. También le preguntaba si quería quedarse en casa, pero casi siempre, después de un rato, la niña decía que ya estaba mejor y se iba al colegio.
Le gustaba ir.
Allí estaban sus amigas, estaban los recreos y estaba Rayitas, que ya había aparecido tantas veces dibujado en los cuadernos que prácticamente podía considerarse un estudiante más.
Además, en el colegio la barriga casi nunca molestaba tanto.
Una mañana fue al baño antes de vestirse. Todavía estaba medio dormida.
Hizo pipí, se limpió y entonces vio algo.
Rojo.
La niña se quedó mirando.
Parpadeó.
Volvió a mirar.
—¿Qué...?
Miró dentro del inodoro.
Después el papel.
Había rojo.
Se quedó quieta.
No sabía cuánto tiempo había que quedarse quieta cuando el pipí cambiaba de color.
Probablemente no mucho.
Volvió a mirar.
—Qué raro.
Pensó en lo que había comido el día anterior.
Caramelos.
Arroz.
Pollo.
Una gelatina.
La gelatina era roja.
Ah.
Quizá era eso.
Se acomodó la ropa y salió.
—¡Apúrate, bebé! —gritó mamá desde algún lugar de la casa—. ¡Se hace tarde!
—¡Ya voy!
Y eso fue todo.
Al menos esa mañana.
Pero volvió a pasar.
No al día siguiente.
Ni al otro.
Después.
Otra vez rojo.
Esta vez también le dolía la barriga. La niña se limpió con cuidado.
No le gustó.
Miró hacia la puerta y pensó en llamar a mamá.
—¡Mamá!
No hubo respuesta.
Entonces recordó.
Era uno de sus días de trabajo presencial. Su tía tampoco estaba y papá trabajaba.
La casa permaneció en silencio unos segundos.
—¿Todo bien? —escuchó desde afuera.
Era su tío.
La niña miró otra vez el papel.
—Sí.
Lo dobló, lo dejó caer y jaló la cadena.
—Todo bien.
Cuando salió del baño, su tío estaba allí.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Te duele algo?
La niña negó rápidamente.
—No.
Y se fue a su habitación.
Aquella tarde eligió el pantalón rojo.
No pensó demasiado en ello.
Era cómodo.
Tenía bolsillos.
Le gustaba.
Y el rojo...
Bueno.
El rojo combinaba muy bien con el rojo.
Se lo puso, metió un caramelo en uno de los bolsillos, después otro y salió.
En el colegio las cosas seguían casi iguales.
Casi.
—¿Quieres jugar? —preguntó Selin.
—Sí.
Corrieron.
La niña dio unos cuantos pasos y se detuvo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Te cansaste?
—No.
—Entonces ven.
—Ya voy.
Pero caminó un poquito más despacio.
Otro día no quiso saltar. Otro se quedó sentada durante parte del recreo.
—¿Te duele la barriga otra vez? —preguntó Flora.
—Un poquito. Aunque no sé si es solo la barriga. También me duele cuando hago pipí.
—Dile a tu mamá.
—Se me va a pasar.
—Mi mamá dice que cuando algo duele mucho hay que decirlo.
—No duele mucho.
—¿Cuánto duele?
La niña pensó.
—Como... cuatro.
—¿Cuatro qué? ¿Cuatro de cinco o cuatro de diez?
—No sé. Cuatro.
Aquello pareció suficiente.
Un viernes, las cinco estaban sentadas durante el recreo cuando Pamel anunció:
—Este fin de semana voy a dormir en casa de Nicolet.
La niña del pantalón rojo levantó inmediatamente la cabeza.
—¡Yo quiero!
—Pregúntale a tu mamá.
Lo hizo.
La respuesta fue no.
Otro fin de semana hubo otra pijamada.
Volvió a preguntar.
Otra vez no.
—¿Por qué?
—Porque no, bebé.
—Pero todas van.
—Si todas se tiran de un puente, ¿tú también te tiras?
—Bueno, depende del puente. ¿Tendría que ser muy alto?
Papá la miró y levantó una ceja.
—Vamos, papá. Quiero ir. Tenemos muchas cosas que pensar.
—Otro día, hija. Eso pueden hacerlo el lunes en el colegio.
—¿Pero otro día cuándo?
—Otro día.
A la niña no le gustaba demasiado la respuesta “otro día”.
“Otro día” podía significar mañana.
Podía significar el próximo mes.
O podía significar nunca.
Así que decidió buscar una solución.
—¡Ya sé!
Sus amigas la miraron.
—¿Qué?
—Si yo no puedo dormir en sus casas, ustedes pueden dormir en la mía.
Aquello era brillante.
Al menos, las cinco estuvieron de acuerdo.
Y, sorprendentemente, los adultos también.
—Está bien —dijo mamá—. Pueden quedarse el sábado.
—¿DE VERDAD?
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Editado: 28.09.2026