La NiÑa Del PantalÓn Rojo

MI NOMBRE ES ROJO

La niña del pantalón rojo descubrió otra cosa sobre los adultos: a veces podían dejar de hacer lo que estaban haciendo muy rápido.

Mamá podía estar trabajando, papá podía estar ocupado y la tía Lina podía tener sueño, pero, al parecer, existían algunas cosas que podían hacer que todo lo demás esperara.

Mamá no fue a trabajar el lunes.

Eso fue lo primero que le pareció extraño.

—¿Hoy no trabajas?

—No.

—Pero es lunes.

—Lo sé.

La niña la observó con atención.

—¿Estás enferma?

—No, bebé.

—¿Te despidieron?

—¡No!

—Ah.

Pensó un momento.

—Entonces no entiendo.

Mamá se sentó a su lado.

—Hoy quiero quedarme contigo.

Aquello tampoco explicaba demasiado, pero la niña aceptó la respuesta.

Papá también llegó más temprano. La tía Lina habló mucho con mamá en la cocina. A veces bajaban la voz y otras veces se quedaban en silencio cuando la niña aparecía.

Eso no le gustaba.

—Están hablando de mí.

Las dos voltearon.

—¿Por qué dices eso? —preguntó mamá.

—Porque dejaron de hablar cuando llegué.

Silencio.

La niña cruzó los brazos.

—¿Ven?

Lina miró a mamá y mamá suspiró.

—Sí. Estábamos hablando de ti.

—¡Ajá!

—Pero no porque hayas hecho algo malo.

La niña bajó lentamente los brazos.

—¿Segura?

—Segurísima.

—¿Ni siquiera lo de las matemáticas?

—¿Qué hiciste con las matemáticas?

—Nada.

—Rojita...

—Creo que deberíamos concentrarnos en el problema actual.

Lina tuvo que taparse la boca para no reír. Mamá la miró de reojo.

—Después hablaremos de las matemáticas.

—Sabía que este día podía empeorar.

Pero no empeoró.

Solo se volvió extraño.

Hubo una visita para comprobar que estuviera bien. Hubo preguntas, no todas el mismo día ni hechas por las mismas personas.

Le explicaron que podía decir “no sé”, que podía decir “no recuerdo”, que podía pedir que le repitieran una pregunta y que, si alguna vez no quería seguir hablando en ese momento, también podía decirlo.

A la niña le gustó especialmente la parte de poder decir “no sé”.

Los adultos parecían esperar que los niños supieran demasiadas cosas.

—¿Desde cuándo te duele?

—No sé.

—Está bien.

—¿De verdad?

—De verdad.

Eso era nuevo.

También aprendió que había cosas que debían revisar cuando algo dolía.

No le gustó demasiado esa parte.

—¿Me van a poner una inyección?

—No sabemos —dijo mamá.

—Entonces todavía no acepto los términos y condiciones.

Papá soltó una pequeña risa.

—Creo que eso no funciona así.

—Debería.

Y, aunque hubo cosas que no le gustaron, mamá estuvo allí. Papá estuvo allí. Lina estuvo allí.

Nadie le pidió que fuera valiente.

Nadie le dijo que no llorara.

Y nadie se molestó cuando hizo muchas preguntas.

Cuando regresaron a casa, algo más había cambiado.

Su tío no estaba.

La niña dejó la mochila y miró hacia la sala.

—¿Tío?

Nadie respondió.

Fue a la cocina.

Su taza seguía allí.

La mágica.

La que cambiaba cuando le echaban agua caliente.

Pero él no.

—¿Está trabajando? —preguntó.

Mamá tardó un poquito en responder.

—No, bebé.

—¿Salió?

—No va a estar aquí por ahora.

La niña frunció el ceño.

—¿Está castigado?

Mamá se quedó mirándola.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque cuando yo hago algo malo tampoco puedo hacer cosas.

—No es exactamente lo mismo.

—Entonces no está castigado.

—Los adultos estamos ocupándonos de algunas cosas.

La niña miró la taza.

—¿Fue por mi pipí roja?

Mamá se acercó inmediatamente.

—No.

—Pero después de que lo conté, todos empezaron a estar raros.

—Escúchame, bebé —dijo mamá, agachándose frente a ella—. Nada de esto está pasando por algo malo que tú hayas hecho.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni siquiera por no haberlo contado antes?

—Tampoco.

La niña bajó la mirada.

—Pensé que se iba a pasar.

—Lo sé.

—Y pensé que era la gelatina.

—Lo sé.

—Era una buena teoría.

Mamá sonrió apenas.

—Era una teoría.

—Buena.

—Una teoría.

La niña entrecerró los ojos.

—No discutamos ahora.

Al día siguiente él tampoco estaba.

Ni al siguiente.

Después desapareció el cepillo de dientes. Luego los zapatos que siempre dejaba donde alguien podía tropezarse. Su ropa dejó de estar en el armario y, un día, la taza mágica tampoco estaba.

La niña lo notó.

Claro que lo notó.

—¿Ya no va a vivir aquí?

—No —respondió mamá.

—¿Nunca?

Mamá respiró antes de contestar.

—No.

La niña permaneció callada.

—¿Por qué?

Mamá se sentó junto a ella.

—Porque los adultos tenemos reglas que debemos respetar para cuidar a los niños. Incluso cuando somos familia. Incluso cuando los queremos.

—Pero él me cuidaba.

—Sé que tú sentías que te cuidaba.

—Me preparaba comida.

—Sí.

—Y me ayudaba con la tarea.

—Sí.

—Y jugaba conmigo.

—También.

La niña comenzó a doblar una esquina de su polo entre los dedos.

—Entonces no entiendo.

—Está bien no entender todo ahora.

—Pero quiero entender.

—Y vas a poder preguntar todas las veces que necesites.

La niña levantó la mirada.

—¿Aunque pregunte lo mismo?

—Aunque preguntes lo mismo.

—¿Diez veces?

—Diez.

—¿Cien?

Mamá dudó.

—Noventa y nueve.

La niña soltó una pequeña risa.

—Cien.

—Está bien. Cien.

Pasaron unos segundos.

—¿Él hizo algo malo?

Mamá no respondió inmediatamente.

—Hizo cosas que un adulto no debe hacer con una niña.

La niña miró sus manos.

—¿Conmigo?

—Sí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.