LA CASA DE LOS TEJADOS CURVADOS
En un pequeño pueblo llamado Villaventura, donde los tejados eran tan curvados como las sonrisas de los niños y las calles estaban llenas de flores que cambiaban de color según la hora del día, vivía una niña llamada Luna. Tenía ocho años, el pelo tan negro como la noche estrellada que llevaba su nombre, y ojos de un azul claro que parecían reflejar el cielo justo después del amanecer.
Luna vivía con su abuela Rosalía en una casa de colores pasteles que tenía una ventana especial: desde allí se veía el Bosque de los Sueños, un lugar misterioso que todos en el pueblo conocían pero nadie se atrevía a entrar. Los mayores decían que el bosque guardaba secretos antiguos y que solo aquellos con corazones puros podían descubrir su magia. Pero también hablaban de sombras que se movían solas y de ruidos extraños que se escuchaban en las noches de luna llena.
"Abuela", preguntó Luna una tarde mientras ayudaba a preparar las galletas de avena con chispas de chocolate que tanto les gustaban, "¿por qué nadie entra al Bosque de los Sueños?"
La abuela dejó de mezclar la masa y miró por la ventana, con una sonrisa tierna en sus labios. "Porque el miedo es un murciélago que se posa en el corazón de las personas, mija. Pero tú... tú tienes algo especial. Tus ojos ven lo que otros no pueden ver, y tu corazón sabe que la magia no siempre es peligrosa".
Justo en ese momento, una pequeña mariposa de colores brillantes entró por la ventana y se posó en la mano de Luna. Tenía alas que parecían estar hechas de pedacitos de arcoíris, y cuando movía las alas, dejaba caer pequeños destellos de luz.
"¡Qué mariposa tan bonita!", exclamó Luna, cuidando de no asustarla.
Pero la mariposa no era una mariposa cualquiera. Abrió la boca -sí, ¡las mariposas de ese lugar podían hablar!- y dijo con una voz como el susurro del viento: "Luna, necesito tu ayuda. Me llamo Iris, y soy la mensajera del Reino de los Sueños. Nuestro rey está enfermo, y solo alguien como tú puede encontrar el Cáliz de las Estrellas que lo puede curar. El cáliz está escondido en el centro del Bosque de los Sueños".
Luna miró a su abuela, esperando que le dijera que era una fantasía, pero la mujer solo asintió con la cabeza. "Ya sabía que vendría este día, mija. Tu padre era el guardián del bosque antes de irse, y ahora es tu turno de ayudar a quienes lo necesitan".
Iris agitó las alas, y de repente apareció un pequeño bolso de cuero marrón con correas de tela verde. "Aquí tienes algunas cosas que te serán útiles: una linterna que nunca se apaga, un panecillo mágico que te dará fuerza cuando la necesites y un mapa que solo se muestra cuando estás en el camino correcto".
Luna cogió el bolso con ambas manos, sintiendo que pesaba justo lo suficiente para que pudiera llevarlo sin problemas. "Voy a ir", dijo con valentía, aunque en el fondo sentía un poquito de miedo. "Pero... ¿cómo sé qué camino tomar?"
"El bosque mismo te guiará", respondió Iris. "Solo tienes que seguir tu corazón y prestar atención a las señales que te deje la naturaleza".
La abuela se acercó y le dio un beso en la frente. "Recuerda, mija: el miedo es solo una emoción, no una verdad. Siempre puedes encontrar la valentía en el recuerdo de quienes te quieren".
Con esas palabras, Luna se puso el bolso al hombro, cogió de la mano a Iris (que ahora volaba justo junto a ella) y salió de la casa hacia el camino que llevaba al Bosque de los Sueños.