Al día siguiente, cuando el festival había terminado y los habitantes de Villaventura se preparaban para volver a casa, el rey llamó a Luna y a la princesa Bruma a su salón del trono.
"Tengo un regalo muy especial para vosotras", dijo el rey, abriendo una caja de madera tallada que tenía sobre su mesa. Dentro había dos medallas de plata con una estrella en el centro, y cada una tenía grabadas las palabras "GUARDIANAS DE LA UNIDAD".
"Desde hoy", continuó el rey, "Luna y Bruma seréis las guardianas de la unión entre el Reino de los Sueños, el Bosque de los Sueños y el pueblo de Villaventura. Seréis responsables de mantener viva la amistad entre nuestros pueblos y de ayudar a quienes lo necesiten".
Luna cogió su medalla con emoción. "Gracias, señor rey. Prometo hacer todo lo posible para cumplir con mi deber".
"Yo también lo prometo", añadió la princesa Bruma. "Luna y yo seremos las mejores amigas y las mejores guardianas que podamos ser".
El rey sonrió y luego miró hacia la ventana, donde las estrellas empezaban a aparecer en el cielo. "Hay algo más", dijo. "Cada año, en la noche de la luna llena más brillante, las estrellas envían un regalo especial a quienes han demostrado valentía y amistad. Este año, ese regalo será para vosotras y para todos nuestros amigos".
Cuando llegó la noche de la luna llena, todos se reunieron de nuevo en el claro del castillo. El cielo estaba completamente despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad extraordinaria. De repente, una estrella cayó del cielo, dejando un rastro de luz dorada a su paso, y se estrelló suavemente en el centro del claro.
Cuando la luz desapareció, apareció un árbol pequeño pero fuerte, con hojas de color plateado y frutos que parecían pequeñas estrellas. Alrededor del árbol había un letrero que decía: "Árbol de los Sueños Compartidos - crecerá cada vez que alguien cumpla un sueño y se lo comparta con los demás".
Luna, Bruma, el duende jefe y el alcalde de Villaventura plantaron el árbol juntos en el centro del claro. Al momento de enterrar la raíz, el árbol empezó a crecer rápidamente, hasta que se convirtió en un gigante que llegaba hasta el cielo. Sus hojas emitían una luz suave que iluminaba todo el reino, y los frutos estrellas caían al suelo y se transformaban en pequeños regalos para todos los presentes: libros para quienes querían aprender, herramientas para quienes querían construir, flores para quienes querían alegrar los hogares de los demás.
"¡Es maravilloso!", exclamó abuela Rosalía, cogiendo uno de los frutos que se había transformado en un paquete de semillas de flores raras. "Con estas semillas, podremos hacer que todo Villaventura esté lleno de color".
Los Duendes de la Tierra se acercaron al árbol y tocaron sus troncos con sus manos. "El árbol nos está hablando", dijo el duende jefe con emoción. "Nos dice que siempre habrá un lugar para todos en el Bosque de los Sueños, y que la amistad es la mejor manera de hacer crecer los sueños".
Luna miró hacia el cielo y vio que una de las estrellas brillaba más que las demás. Sabía que era el espíritu de su padre, observándola y sonriendo. Había cumplido con su deber como guardiana del bosque, y había creado un lazo de amistad entre mundos que nunca se rompería.