La niña que no hablaba

La niña que no hablaba

La niña disfrutaba el silencio, tenía amigos que le hablaban, pero sin hablar. La llamaban por su nombre de vez en cuando; a veces la asustaban, pero también la ayudaban.
Después de todo, la niña le tenía más miedo a los vivos que a los muertos. Ellos no le pedían guardar secretos ni intentaban meterse en su cama después de emborrachar a su padre.
La niña creó una pared invisible alrededor de su cama. Nadie podía entrar, ni siquiera sus amigos, aunque lo tuvieran permitido; ellos preferían quedarse parados, protegiéndola de los vivos.
Por las noches, ella intentaba hablar, pero solo salían quejidos y le llovían los ojos. Así que, con el tiempo, aprendió a hablar sin hablar.
Se arrodillaba en su cama y, por la ventana, mirando al cielo, le rogaba a Dios que la convirtiera en un pajarito para salir volando de ahí.
La niña veía sombras que perseguían a su padre. Eran sombras distintas a sus amigos, pero le gustaba, pues nadie más podía asustarlo de esa manera.
De vez en cuando, ella se paraba en la esquina de su cama para verlo quejarse de sus pesadillas; sonreía, ya que le gustaba creer que era ella quien las causaba.
Una noche, él despertó llorando de esas pesadillas y, al verla sonriendo, le gritó:
—¡Estás loca! ¡Te encerraré en un manicomio!
Mientras le tiraba lo que encontraba a su alcance.
La niña no lloraba delante de él; con los ojos llenos de odio, solo pensaba...
¡Si soy así, es por tu culpa! ¡Tú vendiste mi alma!




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