La niña sagrada

9.-MAGIA DE LA ANTIGUA

En aquel baño de piedra, donde una joven doncella la ayuda a jabonar su espalda y lavar su cabello, Hisae disfruta de la tibia agua que cae a través de una llave con forma de dragón. Este bello baño está en el primer nivel de la estructura gracias a una idea de la difunta reina, por lo que comentó Dante antes de ir a revisar los otros cuartos del palacio.

—¿La princesa ya se ha bañado, verdad? —Consulta, luego de enjaguarse y ser envuelta en una gruesa y almidonada toalla.

—Sí, joven dama. Así es —responde la joven morena, cogiendo un hermoso peine con rubíes, con el cual cepilla sus cabellos.

—¿Ahora Dante es rey? ¿O todavía debe esperar?

—La ley dice que se debe coronar primero —explica con seriedad antes de consultar—. Perdone mi atrevimiento, quisiera saber. ¿Usted es bruja, cómo la señora Alma?

—No soy mala…

—Lo sé, joven dama, discúlpeme. Preguntaba sobre sus capacidades, solamente. En el reino no se ve mucha gente que vuele.

—Ah sí, pero no creo ser una bruja... Yo soy normal—sentencia.

—Que fortuna contar con amigos como usted. El príncipe es un joven bienaventurado.

—Yo no hice mucho, tampoco pude derrotar a la bruja —admite con tristeza.

—Si me da autorización, lucirá más bella que cualquiera —coloca ambas manos en su hombro animándole.

Con su cabello nuevamente azul y trenzado con verdes cintas, Hisae da una vuelta por los pasillos tímidamente, observando los tapices de las paredes y los cuadros decorativos con ancestrales personajes de su historia. Impresionada por la gran altura de los techos, no deja de doblar al máximo su cuello mientras camina, reflejando en sus ojos el brillo de los candelabros de acero que alumbran con inmensos cirios en sus bordes.

—Aquí estabas —una voz calma la sorprende.

De un respingo, Hisa se endereza y palidece antes de reconocer al príncipe.

—Ja, ja, ja... Lo siento, no quise sorprenderte.

Un corto silencio se crea al no obtener respuesta por parte de Hisae, quien está absorta observándolo, recorriendo las suaves prendas con los ojos: un traje de blanco y rojo, con pequeños detalles dorados como mancuernillas, botones y bordes. Una capa tan blanca como la nieve, y en el cinto, una gran espada.

Sonrojándose levemente, Dante aclara su garganta y desvía la mirada hacia los elegantes tapices.

—Lo siento —se disculpa, bajando la vista avergonzada y se explica—. Es que... Te ves muy elegante.

—Gracias, aunque no debería sorprenderte —sonríe y por lo bajo agrega como quien dice un secreto: “Soy un príncipe”.

—Lo siento, es verdad —insiste con ambas manos juntas, provocando más risas y sonrojo en el joven.

—Esos vestidos te quedan muy bien —halaga antes de acompañarla a recorrer el lugar.

Todas las habitaciones, siendo muy lujosas, maravillan a Hisae, que emocionada desea tener mil ojos para poder observar todo el lugar al mismo tiempo, y en su intento de lograrlo, su cabeza comienza a parecer un trompo. Mientras cruzan por el segundo nivel, la guía por un pasillo con alfombra roja hasta un gran dormitorio con decoraciones azules y blancas, y en el centro, una gran cama con cortinaje cual cuento de hadas.

—Que hermoso... es... es...

—Es mi habitación —se adelanta él, invitándola a pasar con más confianza.

—Parece una casa, no una habitación.

—Sí, es muy cómoda.

Frente a la cama hay una gran ventana escondida tras dos visillos blancos, un ropero de cuatro puertas, las que son decoradas por finos tallados; y sobre la chimenea se aprecia un cuadro de metro y medio, en el que una pareja muy formal, en un jardín, se encuentra sosteniendo un bebé.

—Esos, esos son...

—Mis padres. Creo que tenía un año de vida.

—Ella es preciosa —dice mirando a la mujer de grandes y castaños ojos, con cabello negro ondulado que cae por sobre sus hombros con sutil gracia y con rasgos tan finos como un hada y una sonrisa que demuestra lo feliz que vivía.

—Gracias. Zulla se le parece mucho.

—Tus ojos, son los de tu padre, ¿no? —Consulta observando al hombre con corona, quien esconde su dorada mirada bajo unas abultadas cejas.

—Sí, ellos estarían felices de conocerte —sonríe posando su mano en el hombro de Hana y observándola de tal manera, que le provoca una risilla nerviosa.

—¿Qué es esto? ¿Un juego de té? —Hana avanza hasta un estante blanco de delgados fierros, en que tazas, platillos y tetera se lucen junto a una mesita.

—Son para el desayuno —explica con ambas manos en su espalda.

—Eres muy regaloneado, ¿eh?

—Si tú lo dices... —comenta pensativo mientras ella remueve aquellas tazas, concentrada en no mirarlo.

Su corazón late con fuerza, un calor en su rostro la hace sentir tímida y temerosa. “¿Por qué, por qué me pone tan nerviosa?”, se cuestiona, por si acaso significaba que te gustaba alguien. “¿Podría ser que me guste el príncipe? No, no... No es eso”, niega para sí, retomado una respiración normal.




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