La niña sagrada

10.-EL BOSQUE DE LAS ANIMAS

HORA: 4:40 P.M.

Aprovechando que es el día libre de la semana, los chicos se aventuran por el bosque, cargando un bolso con jugos y emparedados. Gabriel encabeza el grupo y si bien es de día, la espesura de los árboles hace que todo se vea menos claro. Los pájaros que adornan las ramas cantan armoniosamente a coro con el viento que silba entre las hojas. Un hermoso espectáculo, si se ignora el hecho de que poco a poco se internan más en aquel temible bosque con olor a cerezos y pasto.

Siguiendo aquel sendero natural de tierra bellamente adornado por pequeñas florecillas en sus bordes, los hechiceros del grupo empiezan a perder el ritmo notoriamente. Como Dante está más acostumbrado a este tipo de tarea, se detiene solamente cuando nota que los jóvenes se han quedado atrás y, por lo mismo, sin aliento, se dejan caer sobre las raíces del árbol más cercano.

—¿Quieren un poco de agua?

—Yo quiero saber, ¿por qué estamos internándonos en el bosque?

—Ustedes quisieron venir —les recuerda Dante con una mirada resignada.

—Debemos apurarnos, cuando oscurezca esto será peligroso —afirma Alcides, limpiándose el sudor de la frente, mas al notar la mirada escéptica de su amiga, agrega—: Tú has ido en brazos la mitad del camino, no me mires con esa cara.

—Si quieren pueden volver, yo seguiré hasta encontrar la cura para Hana.

—Si tú vas, yo también voy —asegura Gabriel poniéndose de pie y frunciendo el ceño.

—No es necesario.

—Bueno, al menos uno debe acompañarte o no encontrarás el lugar. No conoces estas tierras —Contradice de inmediato.

—Si tuviera el mapa, podría ir sin ustedes —critica con una mirada desafiante hacia el rizado joven.

“Estando en cuarto de Gabriel, los tres jóvenes se miraban resignados y observaban cómo Hisae se miraba y miraba en el espejo, suspirando constantemente.

—Hacer eso no cambiará nada, Emilia.

—Yo no puedo quedarme tanto tiempo en esta tierra. Debo volver con el reino... —Murmuró para sí mismo Dante, de brazos cruzados apoyado en la pared.

—Pues vete. Hisae se quedará aquí como lo hizo antes —Gabriel, también de brazos cruzados, lo observó seriamente.

—No me iré mientras siga así, prometí asegurarme de que estaría bien.

—Se nota que lo has hecho.

—Oigan, pelear tampoco ayudará en nada —les detuvo Alcides, sospechando que se perdió alguna importante parte de la historia.

No obstante, ignorándolos, Hisae seguía ensimismada observándose, tocando sus orejas y suspirando... “Coneja para siempre...” pensaba cabizbaja, algo que desesperó a Dante.

—¿Acaso no hay otra forma? ¿No podemos ir por esas bayas nosotros mismos?

—Sí, pero es muy peligroso... —Alcides lo miró dudoso, la verdad es que... el bosque de las Ánimas no es un lugar al que quería ir.

Aquellas palabras fueron suficientes. Dante decidió seguir el camino más rápido, debía volver con su pueblo y dejar a Hana siendo un conejo no era una opción. No obstante, Gabriel no lo dejaría ir solo si se lleva a Hana.

—Bien, entonces solo debo llegar a este punto del bosque... —Analizó el príncipe tras la explicación de Alcides, marcando con una “X” el mapa que le mostraron.

—Debemos. Yo también iré —afirmó Gabriel, cogiendo el mapa y enrollándolo.

—Gabriel, ¿no recuerdas lo que pasó la última vez? Esto puede ser aún más peligroso.

—Él puede perderse y con eso matar a nuestra amiga.

—Eso no pasará, y menos si voy con un mapa —aseguró el príncipe, ofendido.

—Pues el mapa es mío, consigue el tuyo.

Si las miradas hubiesen hablado... o peor... lastimado.

No obstante, aquellas miradas bastaron para que la pobre manzana de la discordia diera un brinco a los brazos de Alcides, el único que al parecer se mantenía neutro de opinión”.

—Bueno, al menos aún no hay fantasmas, animales ni cazadores... Aún —comenta el joven hechicero, intentando crear algún tema de conversación y mirando alrededor las bellas flores. Pero ninguno de sus compañeros le siguió la corriente.

***

Tres horas caminando, subiendo y subiendo, y ningún rastro de agua. Según el mapa que Gabriel lleva en sus manos, deberían haber cruzado un riachuelo, el cual no ven por ningún lado y aquello los tiene nerviosos. Dante avanza con el ceño fruncido y una mano en el mango de la espada. Gabriel no deja de observar constantemente el mapa y Alcides, tras cada suspiro, rasca los tirantes de su mochila. Estas horas caminando han logrado hacer que Hisae piense en cuánto extraña estar con su familia y la inunda un miedo porque la hayan olvidado, pues si lo piensa bien. ¿Cuánto tiempo lleva fuera de casa?

Como con su padre y hermano ha viajado por uno que otro bosque, inevitablemente vuelve a pensar en aquella ocasión, en la cual encontró a su querida mascota. Entre los árboles, en esa oscuridad, fue una tarde de miedo que, de solo recordarla, un escalofrío la recorre. Pero se distrae al oír aquel tintineo de agua: cual música, el recorrido que hace el riachuelo resuena con delicadeza a pocos pasos de ellos.




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