La niña sagrada

11.-EL FIN DE UN LARGO VIAJE

Agitada, con la mano pálida de tanta presión sobre la piedra, abre los ojos apenas y observa cómo el ser la mira desde varios metros de distancia. Quizás el animal incluso está más enfadado que antes, pero ya no se encuentra sobre su persona, así que lentamente se arrastra por la tierra, sin quitar la vista de esas horribles pupilas amarillas, con su corazón latiendo fuerte dentro del pecho y preguntándose si acaso la piedra la había salvado.

Sus mejillas se encuentran polvorientas mientras se desliza por el suelo más lejos del enemigo. Su mente inevitablemente regresa a ese horrible perro-monstruo que la aterrorizó en su niñez y cuánto desearía que su hermosa mascota estuviera ahí. Puede imaginarla apareciendo con su imponente tamaño de medio metro y su bella melena bailando con cada uno de sus movimientos, parada delante de ella, mostrando sus filosos dientes y arrugando la nariz al tiempo que baja las orejas desafiante. Pero eso no pasará. Ni Estrella ni su padre están, tampoco Dante con su poderoso dragón o su fuerte espada.

Cual jabalí, la fiera rasca el piso tres veces antes de empezar una nueva embestida.

En tres tiempos, Hisae se hace a un lado y endereza para ocultarse tras el árbol más cercano, un escondite que no dura demasiado, por lo que debe correr nuevamente, pero esta vez la desesperación puede más y, entre lágrimas y jadeos alza el collar al cielo gritando: “¡Quiero volar, quiero volar!”, y su corazón se alivia cuando sus pies dejan de sentir el pasto húmedo y la tierra del bosque y los gruñidos del frustrado animal que desconoce se sienten lejanos.

—¡Lo hice! ¡Lo hice! —Celebra y patalea en el aire dando vueltas con sus grandes alas llenas de plumas—. ¡Lo hice solita! ¡Me salvé solita!

En el aire puede sentir la gran brisa en su rostro y respira aliviada. La pregunta ahora es ¿dónde estarán sus amigos? Quizás debería bajar lejos de las bestias para buscar a sus amigos, o quizás... volando podría encontrarlos. ¿No es así?

—¡¿Chicos?! ¿Dónde están? —Exclama atarantadamente por sobre las copas de los árboles, y pensativa rasca su cabeza volando en círculos.

¿Cómo hacer para encontrarlos? Se pregunta, secando las pocas lágrimas que dejo caer. Lamentablemente, con tantos árboles frondosos, no logra divisar bien lo que acontece en el suelo del bosque, así nunca lograría ver a sus amigos

—Papá, tengo miedo —murmura con ambas manos cogidas y apretando sus labios. Si solo la escucharan, tal vez… Decidida, grita hasta quedar sin aliento.

Como si un montón de hojas se golpearan contra el viento, el sonido de las aves que huyen del sector hace eco con el grito de la niña, quien no deja de mirar asombrada el espectáculo que se forma en el cielo a causa de su voz.

***

En otra parte, después de haber recibido toda la explicación de lo sucedido y dar la amonestación correspondiente a su malhumor y preocupaciones, el hombre guía al grupo de niños hasta el arbusto con bayas. Allí Dante y Alcides recorren los lugares cercanos buscando a su amiga, ya sea como coneja o como niña, lo importante es encontrarla.

—No se encuentra por acá —Dante reaparece por un costado.

—Tampoco por aquí —dice Alcides desde otro sector antes de acercarse a Gabriel, quien no ha podido recorrer más que el camino hasta el arbusto y ahora observa sentado sobre un montículo.

—¿Y si ya se la han tragado? —Preocupado, Gabriel observa al director.

—Ella estuvo aquí, seguro ha ido a buscarlos —responde, acomodando sus lentes con seriedad y mirando bien los árboles voltea hacia los niños y consulta—: ¿Puedes trepar, Alcides?

—Yo puedo hacerlo —se adelanta el príncipe, pues quiere hacer cualquier cosa que demuestre a Hisa que él haría de todo por ayudarla, pero el adulto niega con la cabeza.

—Alcides no está lastimado, lo mejor es que evites hacer fuerzas con tu hombro.

Subir una primera rama no es difícil, por lo que el hechicero no tiene inconveniente con seguir las ordenes, pero una cuarta y quinta rama no son lo mismo que la primera. La distancia con el piso va creciendo y sus amigos cada vez se visualizan más pequeños. Poco a poco asciende con cuidado, un poco de vértigo, pero también con muchas ganas. La idea es que desde allí arriba intente ver dónde se encuentra su amiga. Una vez en la copa, Alcides puede observar el cielo nocturno en todo su esplendor. Las estrellas brillan con fuerza y en todo el silencio de la noche se hace clara la voz de su amiga que los llama mientras sobrevuela el bosque.

—¡Emi-Hisae! —Grita y alza las manos con emoción, tambaleándose en la rama.

—¡Al! —Varios árboles a lo lejos la pequeña mira hacia él y sonríe.

¡Allí está uno de sus amigos! Cual saeta vuela hasta él alegre, al tiempo que este informa a quienes están en tierra de la situación.

—Qué gusto, creímos que te habíamos perdido.

—Y yo —seca unas lágrimas de felicidad con la manga.

—Los chicos están abajo, ven.

—Pero... —mira con miedo y levanta las cejas, temerosa.

—¿Ah? Todos están abajo, incluso el director.

—Los espíritus.

—Don Teodoro sabe espantarlos, estaremos bien —asegura él y, cogiendo su mano, la incita a bajar.




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