Tres de Febrero
Caída la noche, todos duermen en la residencia de la familia Kai, solo se escuchan los ruidos de algunos autos que aún transitan la avenida principal. El ladrido repentino de la loba consigue hacer que la pequeña niña abra sus ojos, atenta, y antes de que grite por el espanto, las verdes manos de la joven del pasillo cubren sus labios.
—¡Shsh! —Indica con sus dedos y una seriedad indiscutible.
Pero la vista de Hisae se fija en la lanza antes de obedecer y sentarse para observarla. “¿Quién se negaría a esa lanza?”, se dice, antes de ponerse en pie para preguntar qué hace en su cuarto.
Sin responder, la joven con la llave pequeña en su mano murmura palabras en un idioma extraño y la puerta al pasillo dimensional se abre nuevamente en el techo del dormitorio. Asustada, Hisae da unos pasos hacia atrás, mas, la joven la detiene del brazo obligándola a acercarse.
—No, no quiero, no quiero ir —repite una y otra vez, sintiendo que se le aprieta el estómago, trayendo el recuerdo de lo mucho que le costó regresar a casa la última vez.
Pero la chica verde, lejos de hacer caso, la toma por la cintura y salta hacia el umbral dejándose llevar por la energía del pasillo, mientras ignora los gritos de la pequeña.
Con el ceño fruncido, la adolescente llega hasta otro pasillo, donde abriendo una puerta lanza en su interior a Hisae sin miramientos, como si de un paquete se tratase. Con traviesa sonrisa, da media vuelta, satisfecha, y limpiando sus manos sigue su camino como si nada hubiese pasado.
Asustada y confundida, Hisae grita sin control, cayendo desde un metro de alto se estrella sobre un frondoso pasto que la recibe duramente. Sollozando, se soba los brazos y la cabeza antes de reconocer a los pequeños hombrecitos verdes de gruesas manos que conoció mucho tiempo atrás y ahora la miran preocupados.
—¿Se encuentra bien, sagrada niña? —Pregunta uno de ellos, acercándose con cuidado.
—No, claro que no. Estaba dormida y esa mujer me ha traído hasta acá. ¡Con lo difícil que fue volver a casa la primera vez! —Reclama triste, con los ojos cristalinos.
—La señorita Suyay la llevará a su casa en unos días —la tranquiliza el otro muica, de nariz regordeta y cabello desordenado.
—Snif.... ¿sí? —Pregunta y los dos jóvenes que la esperaban asienten satisfechos—. ¿Suyua?
—Suyay, la guardiana del pasillo dimensional, se llama así —explica el joven, rascando su nariz.
—Espero que esté lista, Hisae —toma la palabra el otro muica, añadiendo que tienen los días contados para enseñarle—. Es importante que usted aprenda. Un día, nos salvará a todos.
Gracias a quienes han creído en mi don:
Familia, amigos, seguidores y colegas.
Especialmente a la familia Becker Tello,
por su incondicional apoyo desde mi primera publicación.