La niña sagrada

6.-EL MUNDO DE DANTE

Media hora más tarde

Alumbrados por las farolas de la calle, llegan al límite de la ciudad, donde lejos del camino, entre la frondosa vegetación cerca de la montaña, se encuentra el portal al mundo de Dante. La tierra roja del cerro no muestra rastro de ser diferente, no obstante, el príncipe se ve seguro de sus palabras.

—Aquí es —indica con convicción, y los chicos se miran incrédulos—. Solamente debo dibujar el símbolo y decir la clave que conjura el portal.

Con una tiza color verde hace un símbolo parecido a una runa en el piso y, tras pedir a “Hana” que se pare junto a él sobre el dibujo, recita una extraña letanía en otra lengua.

Los jóvenes hechiceros se despiden con un gesto de mano, uno menos feliz que el otro mientras ven a ambos tomados de la mano al interior de las marcas con tiza que comienzan a irradiar una luz anaranjada

Para Hisa el escenario es otro, frente a ella todo empieza a verse borroso, al punto de que forzadamente debe cerrar un poco los ojos y, cuando los abre, se encuentra en un lugar diferente. Alrededor ni Alcides ni Gabriel están cerca, y ellos se ubican al centro de un círculo de pasto que limita con grandes Álamos.

—Bienvenida al Reino de Lazah.

—¿Y tu castillo?

—Puedes verlo al salir del bosque, pero ahora no podemos ir a él —admite, retomando su mano al pedir que lo siga.

Hisa avanza sobre un pasto tan verde que parece pintado, y adelanta el paso porque el chico va más rápido que ella y de lo poco que ha visto puede notar el parecido de aquellos parajes con los paisajes de su mundo. Al parecer, Lazah resulta más similar a la tierra que Urinia.

—¿Príncipe, Lazah es el nombre de tu tierra?

—¿Dices?

—Lazah es el nombre de tu reino, ¿pero hay otros reinos?

—Claro que sí, cruzando el Río del faisán empieza el Reino Eros. Sin embargo, ahora vamos en la dirección contraria —Explica, cruzando unos matorrales con ella, y luego de ser rasguñada por las ramas de un arbusto, sus ojos se encuentran con un hermoso corcel frisón, de cabellos bien peinados, y un pelaje recubriendo sus extremidades da la impresión de que posee botas de piel.

—¿Es tuyo?

—Me lo han prestado para venir a buscarte —Desata al animal, lo monta, y ofrece su mano para que ella pise el estribo y suba.

—¿Y a dónde iremos?

—Con un aliado —informa, agitando las riendas para emprender viaje.

Sujetándose fuerte a la cintura del príncipe, Hisae siente el viento mecer su azulino cabello. Con ellos, solo viaja el sol sobre sus cabezas y las aves del cielo, a los lados del camino, se ven unos campos verdes de pasto y maíz, que de a poco desaparecen de su vista. Un valle de flores les corta el camino, pero tras una indicación de Dante, el frisón retoma el galope cruzando por él sin detenerse. Media hora tardan en pasar aquel florido campo, tras el que descubre estar en lo alto de un cerro. Bajan por un camino estrecho en el cual, por lo empinado, ella no logra disfrutar del paisaje.

—Pararemos aquí —Informa el príncipe cuando han descendido.

Hisae abre los ojos para apreciar una pequeña parcela, donde unas casas de piedra se hayan a un costado del granero, que es de mediano tamaño, y junto a ellos también hay un bar para atender a los viajeros.

—Lancelot debe descansar y no estamos en un radio de mucho peligro.

—¿Todavía no llegamos?

—No, nos faltan unas pocas horas más. Pero ya estamos fuera de Lazah y aquí casi nadie me reconoce.

—¿En serio? Pero si eres…

—Shshsh… Solo somos mensajeros del reino Eros —susurra antes de detenerse y ofrecer su brazo para que se afirme al bajar.

Con calma, Dante toma las riendas y amarra al frisón junto al agua dispuesta para los equinos, y mientras lo hace, observa a su heroína de pie muy sería viendo el paisaje. En aquella mirada café se ve una tristeza abundante y la curva de sus labios deja notar preocupación.

—¿Hay algún problema? —Se acerca a ella hablando en voz baja.

—Tengo miedo… Yo no sé cómo podría ayudarte.

—Tranquila, jamás dejaría que mueras. Ahora necesitas cambiarte.

—¿Cambiarme? ¿Cómo? —Las interrogantes no tardan en ser resueltas.

Caminan juntos al bar y golpean la puerta trasera, en todo momento siendo ella guiada por Dante, que rodea su espalda en un sutil abrazo que la pone nerviosa; si bien su madre la tiene aleccionada con que la idea de que en Chile probablemente serían más afectivos físicamente... algo le dice que esa cercanía no es de familiares o amigos, tal vez por la sutileza con que toca su hombro.

En la puerta de madera se abre de forma brusca un pequeño hueco donde unos ojos dorados se vislumbran, ojos que los escudriñan con recelo antes de preguntar los motivos de buscar una entrada tan sospechosa.

—Busco a Emeterio, hijo de Rojo —dice el príncipe con propiedad.

La persona que estaba ahí se aleja, dando lugar a una mirada oscura, curiosa, con signos de vejez y cejas abultadas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.