Tres horas en total tuvieron que caminar hasta la falda de la montaña Pico de Fuego, camino en el que volvieron a ser visibles, gracias a la precaución de Dante, quien no desea Hana que se canse más de la cuenta antes de la batalla. Siguiendo el camino de tierra, ascienden un largo trecho hasta divisar un montículo de piedras, donde al fin Dante decide descansar.
—¿Ya llegamos? —Pregunta ella jadeante.
—Casi, pero es mejor que el resto lo haga solo.
—¿Qué? Si aún no me canso.
—Te creo, pero hace mucho que no veo al Kalas. No sé si me reconozca y de no hacerlo te estaría exponiendo.
—¿Y si te ataca? —Pregunta interesada.
—Lo domé una vez, podré hacerlo de nuevo.
—Pero puedo ayudarte.
—Si no vengo a buscarte debes ir tú por Zulla, necesito que estés a salvo.
—¿Qué? ¿Yo sola?
—Hana, estaré bien. Solo es en caso de que algo se salga del plan… —explica con calma, logrando convencerla, pero no lo suficiente para que no se quede angustiada.
De todos modos, asiente y se esconde entre las rocas, para observar la espalda del príncipe alejarse con un firme caminar cuesta arriba por la montaña. ¿Cómo lo haría ella sola para avisar a Zulla? Mejor no pensar en eso, debía ser positiva. Dante regresará. Además, el chico solo irá por un dragón... ¿qué tan terrible sería?
En su mente puede imaginar cómo la gran bestia alza sus alas frente al príncipe, tal como en las películas, lanzando fuego por la boca y mostrando su gran mandíbula. Puede ver cómo un ser tan grande, con un zarpazo, sería capaz de destruir a un humano... ¿No es muy pequeño Dante para tal bestia? ¿Y si lo traga en un solo bocado? ¿O lo incinera de un soplar? Su corazón se aprieta con fuerza de solo imaginar aquellas opciones, y contrayendo ambas manos al pecho forja un nudo en la garganta.
—¡Dante, espere! —Ruega corriendo hasta él, cogiendo su brazo y aferrándosele.
—Hana… ¿Viene alguien? —Observa el horizonte preocupado.
—No vaya, es peligroso —insiste con sus ojos cristalinos.
—Regresa ahora, Hana, estamos con el tiempo justo —frunce el ceño, notando que no pasa nada urgente.
—Pero te puedes morir… —Reprocha en voz alta y con aflicción.
—Debes entender que es un riesgo necesario —afirma seriamente.
—No, busca otra solución —Pide, jalándolo hacia la falda de la montaña—. No quiero que mueras… —ruega con ojos lagrimosos.
—No tengo tiempo para esto —tras estas palabras, le exige sin vacilar que vuelva a esconderse.
—Pero… pero…
—¡Vuelve, Hana! —Ordena impávido.
—No quiero dejarte solo —Solloza ella queriendo sujetarlo otra vez, pero al ser apartada bruscamente se calla.
—¡Basta! Te dije que no hay tiempo —con la nariz tan arrugada como las cejas torcidas, añade—: Es ahora cuando debes madurar, Hana. La vida no es a gusto de uno. Vuelve a donde estabas y quédate allí —ordena y voltea para seguir su camino.
Paralizada, siente cómo algunas lágrimas bajan huérfanas y una brisa suave mece su falda. La angustia que hace poco tuvo por temor a la vida, Dante la cambió bruscamente para ser remplazada por la vergüenza, rabia e impotencia.
Con paso lento camina hasta el montículo de piedras, donde se agacha cruzando los brazos y hace un puchero con los labios. Observa el paisaje seco de la montaña con sus ojos llorosos, preguntándose por qué no había regresado a casa en lugar de estar allí.
—¿Si no me quiere aquí, por qué le hago caso? —Se pregunta enfadada.
Jamás le ha gustado que le levanten la voz. “No soy su esclava”, piensa para sí con el ceño fruncido.
En silencio y rememorando con malestar aquel instante, se cuestiona las oportunidades que tiene Dante de sobrevivir, si acaso ella de verdad podía hacer algo e incluso si debería hacerlo. Mira por unos minutos cómo el sol avanza en el cielo despejado. Decidida a no ser humillada de nuevo, se pone en pie y avanza de forma repentina.
—No es justo, si vengo a ayudar no debe gritarme —refunfuña, dejando lo cargado en el viaje atrás.
Descendiendo con las manos empuñadas y paso firme por el camino de tierra, se distrae al notar de soslayo unas figuras en la falda de la montaña. Escondida detrás de unas rocas al lado del camino, observa con cuidado para descubrir a dos hombres de corpulenta figura, que lucen plateados trajes de una armada. Fijándose con pavor en el actuar de los hombres, no es difícil comprender que buscan algo, sus caballos también uniformados le dan la clara idea de que deben ser de la misma cuadrilla que cruzó con ellos en el campo de trigo.
Con pavor descubre que la mirada de un soldado se posa sobre su persona, y al mismo instante que el caballero informa a su compañero, ella se levanta para correr lejos por la montaña.
Bajo el cálido sol de la tarde, con gran calma y serenidad, Dante eleva su espada frente al Dragón y la fiera responde alzándose, desplegando sus alas con agresiva actitud. Tras apuntar el filo al cielo, el príncipe entierra el arma con decisión sobre la tierra y manteniendo su dignidad espera de pie la reacción de la criatura, con la vista fija en aquellos ojos rojos que llenos de adrenalina se acercan, acompañados por un gran rugir que asustaría al más poderoso de los guerreros.