La niña sagrada

8.-LA BATALLA CONTRA LA BRUJA

La triste y resignada princesa en su interior despierta sobresaltada al oír el jadeo infantil entre la repentina polvareda que surge en el cuarto. Temiendo delatar a un aliado, se cubre los labios para no gritar por el susto que ha tenido, y sus cejas se curvan al ver que, a gatas y de forma parpadeante, se divisa un pequeño cuerpo delgado y débil. Una mirada que le es conocida. De pronto un rostro empolvado queda tras irse el polvo.

—¿Tú? —Susurra, algo decepcionada y enfadada.

—¿Princesa Zulla? —Con un brillo de entusiasmo consulta al ver a la bella joven que se encuentra sobre las mantas en el suelo, sin atar.

—¿Te ha enviado a ti? —Insiste aún más decepcionada, frunciendo los labios al callar.

La princesa es dueña de unos ojos anchos y de brillante color miel, sus cabellos azabaches, aún sin peinar se ven suaves y delgados cayendo sobre sus hombros. Suponiendo que no ha de tener más edad que sus amigos Gabriel y Alcides.

—Si subimos podremos tomar mi escoba e irnos volando sin que se den cuenta —susurra acercándose.

—¿Qué hace aquí? Yo no he sido amable con usted.

—A... El príncipe me pidió que la ayudara. —explica con simpleza antes de ofrecer su mano para que se ponga en pie.

—No puedo irme así.

—¿Por qué no?

—Estoy encadenada. Si no puede romper las cadenas, ha venido en vano —explica con faz triste, mostrando en su tobillo un grillete grueso y firme.

—Eso lo arreglamos —indica con decisión y apretando el collar en su mano murmura su deseo “desata a la princesa”, pero nada ocurre.

Ambas niñas se miran sin decir nada, esperando, sin obtener resultado.

—¿Cómo me vas a desatar? —Pregunta al fin, pero Hisae solo se sienta frente a ella tocando la cadena.

—Habré dicho las palabras erradas —musita, recordando el suceso de la biblioteca—. Rompe la cadena, desaparece la cadena, destruye la cadena —insiste sin lograr lo deseado. La pobre cadena se hace invisible, sin desatar a la princesa.

—¿Estás segura de que puedes sacarme de aquí? —Insiste la princesa por lo bajo, comenzando a desesperar porque los sonidos de la guerra adyacente no son buenos para mantener la calma.

—Sí, sí, esté tranquila. Prometo sacarla —asegura Hisae, forzándose a pensar golpeando su cabeza con las manos—. Vaaaamos… —Se repite y coge con ambas manos la cadena queriendo romperla antes de presionar con una mano la piedra y otra la cadena para repetir—: Vaaamos, deseo que se destruya...

—Si solo tuviéramos un hacha —solloza la princesa.

—Eso es, pediré un hacha y la corto —sonríe por lo bajo, haciendo lo dicho.

Tal es el estruendo del hacha con los dos golpes que da contra la cadena, que los guardias dispuestos tras la puerta del cuarto se asoman por esa pequeña ventanilla que da vista reducida al cuarto. Fue suficiente para descubrir lo que ocurría: una joven desconocida estaba al interior.

—¡Intrusos! —Grita uno de ellos y comienzan a abrir con premura la puerta.

Temblando, ambas chicas se toman de las manos pensando en ir a la chimenea, pero trepar no resulta tan fácil como bajar. Hisae es jalada del brazo y atrapada por uno de los soldados, y en su pataleo ve a Zulla salir del reducido espacio para coger el hacha y amenazar a los hombres que la encarcelaban.

Un haz de luz aparece y el hombre que a Hisa apresaba vuela contra una pared, entonces, descubriendo que el acto lo ha hecho con el poder de la piedra, la niña corre hasta Zulla apartando del mismo modo a los dos hombres que intentan coger a la princesa. Viéndose rodeadas y ante la imposibilidad de subir como el plan requiere, Hisa apunta la piedra hacia los fierros de la ventana, haciéndolas volar cual explosión.

—¡Van a escapar! —Grita uno de los soldados, desenvainando su espada al igual que sus compañeros.

Nada pudieron hacer, suicidamente tomadas de las manos ambas chicas saltaron torre abajo. Zulla confiando en que la chica tendría un plan. Hisae, por su parte, ruega que la piedra no falle en esta ocasión.

Con todo el corazón y sin soltar a la princesa, Hisae desea poder volar, salir de allí cruzando el cielo por sus propias fuerzas.

***

A lo lejos, sin poder evitar mirar de vez en cuando hacia la cárcel en que su hermana menor se encuentra, Dante pelea espada a espada contra los guerreros que alguna vez lucharon junto a su padre y contra muchos que nunca había visto en su vida. No obstante, otros tantos, al igual que ocurrió con los que ahora se encontraban luchando a su lado, depusieron su lucha al encontrarse con él en la batalla.

Sin embargo, fue en unas de esas fugaces miradas hacia la torre en que Emeterio debió intervenir y salvar a su futuro rey, que, con pavor y espada en alto, quedó paralizado al ver cómo dos jovencitas de esbelta figura saltaron desde la torre... Cayendo inevitablemente hacia el vacío.

Entre la multitud se escucha el desesperado grito de sus fieles, “¡Princesa! ¡Princesa!” que, atados de manos, odiaron la idea de ver un suicidio. Incluso Gustav detuvo sus movimientos, sorprendido y molesto con la idea de perder su rehén, mas su boca se abre cual túnel de camiones al notar un destello en la desconocida.




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