La niña sagrada

9.-UN ENCANTAMIENTO OLVIDADO

DIMENSION: X0053061-B

LUGAR: Residencia “Buena Siesta”.

FECHA: Sisane 6 de Fastuon, año 992.

HORA: 12:00 P.M.

¡Bum!

El sonido surge de una casa con varios pisos, frente a la cual hay un pequeño y bello jardín. Desde el ático de la residencia, una humareda se expande y, por la pequeña ventana recién abierta, escapa hacia el cielo. El toc-toc en la puerta del cuarto les informa que no son los únicos en darse cuenta de que la pócima que intentaban aprender aún no resulta como desean. Ambos jóvenes se acercan hasta la puerta gateando y huyendo del humo.

—Cof, cof, cof...

—¿Estás seguro de que eso era mirga?

—Claro que sí, diez gramos de Mirca.

—¿Qué? ¿Mirca?

—Sí, cómo dijiste, le puse Mirca —insiste, cubriéndose la nariz.

—Dije que era Mirga, Al. MirGa.

—No, estoy seguro que dijiste...

—Chicos —Lorena se acercó con ambas manos en sus anchas caderas y agrega—. Tendrán que limpiar el desorden que dejaron allá arriba.

—Sí, mamá, no te preocupes, a lo que se detenga el humo.

—Bien, por mientras vayan al primer piso, un jovencito los espera.

—¿Quién es?

—No lo sé, esperaba que me lo dijeras, dice que los conoce de la escuela.

Arreglando los rizados y grises cabellos mientras avanza, Gabriel llega hasta el recibidor, donde el joven príncipe se pone en pie apenas los ve.

—Eres ese chico —se adelanta Alcides, abriendo de par en par sus ojos negros.

—Necesito de su ayuda.

—¿Nuestra ayuda? ¿No que Hisa te ayudaría? —Gabriel se acerca con el ceño fruncido, desconfiado al verlo solo.

—Sí, lo hizo, pero surgió algo, y dijo que ustedes sabrían decirme cómo ayudarla.

—¿Qué le pasó a Emilia? —Alcides se acerca hasta él como si de este modo le fuera a responder más rápido.

—Ella... Bueno, véanlo ustedes mismos —dice y abre su abultada chaqueta para dejar ver a la coneja, que salta hasta el hombro del príncipe y mira a sus amigos, alicaída.

Con la mandíbula desencajada, ambos niños observan sin decir nada. ¿Cómo podía ser? Recordaban perfectamente que estaba curada, sin embargo...

—Esto es tú culpa, tú le hiciste eso.

—Fue un accidente, ella cayó encima —se excusa el joven ante la acusación del amigo.

—Lo importante, chicos, es que vuelva a ser humana —interviene Dante.

Se miraron en silencio unos minutos, e iban a partir en busca de ayuda cuando recordaron el ático y su despelote. Por lo que, tras limpiar un poco el lugar, los tres niños y la coneja salen en busca de aquellas bayas que antes devolvieron a la normalidad a la chica.

—¿Unas bayas? ¿Eso es todo?

—Sí, bueno, fue lo único que funcionó antes —explica Alcides con seriedad en el camino.

—Lo que no entiendo es cómo volvió a ser un conejo.

—Solo importa que vuelva a la normalidad —afirma Dante rápidamente, con las mejillas sonrojadas al recordar aquel instante.

—No digo que no, pero ¿Habrá comido algo? —Comenta analítico Gabriel.

Alcides mira intrigado al príncipe, que en silencio sostiene con aprehensión a la coneja, antes de hablar mirando la institución:

—Espero que la sala de pociones esté abierta.

Suben las escaleras con calma, y encuentran la gran puerta cerrada. Resignados dan un hondo suspiro mirándose entre sí y pasean alrededor del lugar, observando las demás entradas que también se encuentran cerradas, incluso las ventanas se encuentran tapiadas con madera.

—¿Qué haremos?

—No sé, Al. Quizás podríamos forzar una ventana.

—¿No tendrán problemas por eso?

—Mmm... No, si no nos descubren —comenta Gabriel pensativo.

—Pfpfpfpf... (O podrían esperar a mañana) —Murmura ella, sabiendo que no la entienden.

—Sé que quieres volver a ser tú, sé paciente, por favor —la consuela Alcides antes de ver el cielo—. Creo que la segunda ventana del salón de historia está algo floja —añade y da algunos pasos hacia atrás.

—¿Nos dejarás ahora? ¿En serio?

—Así parece —analiza Dante, observando cómo el chico se ve preocupado de otro tema.

—Lo siento, lo siento, pero de verdad que no puedo quedarme, ya saben cómo es Marta.

—No puedo creerlo, si no fuera por ti no estaríamos en esta. ¡Al, Al! —Exclama al verlo correr.

—Ya se ha ido, concentrémonos en Hana.

—Sabes que se llama Hisae, ¿no?

—Sí.

—Pues deberías decirle así. —Propone, y al encontrar su sala señala—. Esa es la ventana, la cosa es qué hacer para abrirla.




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