Desde el interior de aquel espacio reducido, Gabriel se rompe los nudillos golpeando la corteza del tronco con fuerza y escupiendo cada tanto para evitar que comerse algún insecto de los que le caen encima. El olor pestilente de la humedad lo envuelve y sus pies están hundidos en barro y musgo, haciendo más incómoda su posición. Terco, insiste en pedir auxilio, aún más al oír a su amigo gritar de vuelta.
—¡Chicos, aquí, aquí estoy! —Grita esperanzado, chocando sus puños contra el áspero y duro tronco hueco.
El crujir de ramas y hojas informan a Gabriel que los chicos se acercan, unos pequeños rasguños le dicen que un animalejo intenta raspar por un lado del viejo árbol que lo encierra y luego, la clara voz del príncipe se escucha cercana.
—¿Cómo llegaste hasta allí? —Al fin han dado con el árbol en que se encuentra, el cual golpea tres veces para confirmar su grosor.
—¡Sáquenme, tengo insectos en todo el cuerpo!
—¿No puedes trepar? —Consulta Dante, antes de recordar que Gabriel se ha lastimado su pie.
—Apenas puedo moverme —gruñe y piensa: ¿qué cree este que soy?
—Tranquilo, algo haremos —intenta calmarlo Alcides, quien busca algún recoveco en el árbol que le dé una idea.
—¿Y si intento romperlo? Si esta hueco, no debería ser tan difícil.
—¡Hagan lo que sea, pero ayúdenme a salir!
Dante vuelve a desenvainar su espada y se coloca frente al tronco para atacarlo, a lo que Alcides lo detiene nervioso.
—¿Qué vas a hacer?
—Hay que abrirlo, ¿no? Mi espada es fuerte, podrá romper la madera.
—No lo dudo, pero... ¿cómo sabes que no romperá también a Gab? —Inquiere, logrando sobresaltar tanto a la niña como al capturado.
Ignorando el miedo de Alcides, Dante rodea el árbol y lo golpea con la espada hasta lograr hacer tal rotura que da espacio para introducir la punta del arma, haciendo palanca consigue sacar un buen trozo de corteza.
—¡Ey! Me picaste un brazo —se escucha desde el interior del árbol.
—Bien, lo estás logrando, sigue así —anima Alcides, en tanto la coneja hace barra alzando sus patas reiteradamente con la misma intención.
Si bien Gabriel no logra ver más que un poco de luz iluminando el reducido espacio en que se encuentra, el aire puro le llega a sus pulmones como un baño de burbujas tras un arduo día de trabajo.
Pasaron algunos minutos en los que poco a poco Alcides empieza a sentirse cansado. Yendo a sentarse junto a ellos, sostiene su cabeza intentando recuperar fuerzas. Pero Hisae sabe que aquello no funcionará, ya que alrededor de él, almas en pena se alimentan de su magia y, corriendo entre Dante y Alcides, se siente impotente, pues no puede ayudar a sacar a Gabriel ni menos ayudar al hechicero. Si quiera gruñir funcionara, pero su cara se ve muy rara al hacerlo y ningún sonido que asuste se produce.
Sin comprender que solo afectan a Alcides por su poder mágico, Hisae observa y agradece que Dante haya logrado hacer un agujero lo suficientemente grande para que Gabriel pueda salir.
—Gracias —musita de mala gana, en tanto se afirma en el hombro bueno del príncipe, quien levantándolo lo saca del hueco.
—Agh, bichos —se queja Dante, alejando el rostro al sentir cómo los insectos pasan de un cuerpo a otro.
Hisa se aleja de ambos y observa cómo, tras ser liberado, Gabriel imita a Dante sacudiéndose lo más que puede para alejar a los pequeños y oscuros artrópodos de su ropa.
—¿Y Al?
—Ahí, sentado.
—¿Dónde? —Dante indica con el dedo al joven que se encuentra a un lado y sostiene su cabeza desganado.
—Rayos, Al, ¡levántate! —Grita, trotando hacia el bulto de fantasmas que agobian a su amigo, seguido de la coneja sorprendida, que lo mira con esperanzas—. Lárguense, déjenlo en paz —insiste, sorprendiendo a los presentes.
Recuperando su varita, Gabriel lanza pequeños destellos a las almas para espantarlas una a una. Dante coge a su amiga sin comprender lo que sucede.
Ayudando a que Alcides se levante, el hechicero entrega su hombro como sostén y mantiene el ataque a los fantasmas para tomar distancia.
—¿Qué haces? —Consulta Alcides mareado.
—Son los espíritus, se alimentan de tu magia. Al, debes alejarlos.
—¿Dónde?
—Están en todo el bosque... es lo que asusta a Hisa.
—¿También los puedes ver? —Dante mira a la niña, curioso, para verla asentir.
—Debemos salir de aquí —dice Gabriel.
—Pero no sabemos dónde estamos —explica Alcides, intentando no pesar sobre el cansado y herido cuerpo de su amigo, quien propone que busquen otro sector para descansar.
—¿Cómo supiste que Hisae también los ve? —Pregunta Dante.
—Es un animal, los animales siempre los ven.
—No es un animal —reclama Dante
—Por ahora sí.
***
Llegan a un claro del bosque, donde Gabriel coge el mapa y, con ayuda de Dante, intenta leerlo mientras Alcides y Hisae descansan. Al poco rato aceptan que están rotundamente perdidos. El mapa no muestra nada que pueda ayudarlos a ubicarse.