La niña sagrada

11.-LA CHICA DE PIEL VERDE

Pasillo dimensional

Hisae avanza por los pasillos de cristal que, al igual que la primera vez, tienen por cielo y suelo oscuridad, en que brillan como estrellas las perillas de diferentes puertas. Sin evitar sentir un escalofrío al pensar que debe encontrar la puerta de regreso a su hogar, arruga sus labios, sintiendo la garganta apretada. ¿Cuál de todas podría ser la puerta correcta? “Al parecer, era con fondo blanco…”, piensa, observando una con colores naranjo y rosa. “O quizás era toda blanca” y humedece sus labios con la lengua… Partió hace tanto que ya no recuerda bien. Comenzando a ponerse nerviosa, trota por el pasillo y baja casi a resbalones los últimos escalones que la llevan a un segundo nivel. Estaba tan empeñada en volver que no pensó en el hecho de lo que significaba hacer ese recorrido ella sola.

—Estrella, ¿por qué no has venido a buscarme? —Gime, comenzando a creer que su familia pudo haberla olvidado. Seguro que la ha olvidado.

Recordando que ha pasado al menos un centenar de días en Canel y otros tantos en el Reino de Lazah, es capaz de creer que pudo ser dada por muerta y, agachándose por la motivación del enjambre que ha vuelto a su estómago, se abraza a la mochila de cuero.

Tararea una cancioncilla infantil que oyó repetidamente de su madre y entonces, cuando ya se ha calmado un poco, seca su rostro húmedo por las lágrimas y repara en un lejano sonido proveniente de arriba. Sí, sobre ella, en alguno de los caminos cristalizados de aquel tremendo laberinto alguien pasea también.

Sin saber si temer o alegrarse, se pone en pie para oír mejor: los pasos firmes y seguros de alguien hacen eco en el silencioso ambiente dimensional. Puede reconocer una suela dura, como los zapatos de su abuelo chocando sobre las duras maderas del puente que hay camino a su antigua escuela. Sin embargo, el ritmo es más constante que el caminar de su viejo abuelo, incluso podría decir que lo ha oído antes.

Curiosa, va hasta la última escalera de cristal que bajó, comienza a subir buscando la forma de llegar al pasillo justo sobre ella. Sin embargo, están desunidos. El camino que sigue es recto y el pasillo al que desea llegar posee una curva que se dirige en una dirección completamente contraria… Sus pequeños ojos se pierden por la infinidad negra, buscando una forma de ver quién podrá ser esa persona, tal vez alguien que sepa llevarla a casa, pero el recuerdo del viejo director diciendo que habrá quienes quieran lastimarla la hacen titubear.

Un murmullo. Un sonar ronco y carraspeado. Silencio y una carcajada. El eco de aquel jolgorio tan efusivo es inconfundible.

—¡Padre! ¡Padre! —Exclama con los ojos llenos de esplendor y esperanza.

El collar que cuelga en su pecho brilla fugazmente al tiempo que alza sus brazos y salta para llegar al pasillo superior. Tan rápido como surgieron, desaparecen aquellas alas emplumadas que la hacen ascender. Con fervor inicia la carrera llamando a su progenitor, guiada por el eco de su estruendosa risa y, sin pensarlo dos veces, abre la puerta que la separa de él.

La alegría se apaga con la sorpresa y pánico que le ocasiona una gran llamarada blanca y amarilla, la que se extingue rápidamente. Llama una y otra vez a Kazuo, con el latir de su corazón acelerado y comenzando a comprender... ¿Habrá sido mi imaginación? ¿Sería el padre de alguien más?

Triste, observa el vestíbulo encontrado. En él hay varias puertas, una con tallados de símbolos marinos y otra en el cielo negro del lugar con piedrecillas incrustadas, la altura del lugar seguro es cuatro veces ella y no se ve tan largo como vacío.

Habiendo llamado dos veces más a Kazuo decide volver al camino anterior y se devuelve tiritona, aún puede sentir palpitar su corazón acelerado por el miedo. ¿Acaso habría sido su imaginación? Quizás era otro hombre, o incluso algún extraño ser. Pero ¿de dónde habrá salido el fuego blanco? Todas estas preguntas vagan en su mente mientras sigue por el camino, no obstante, una silueta y un brillo plateado la hacen elevar la vista, trastabillando al retroceder.

Cae de espaldas sin quitar su vista de aquella verde figura femenina que se le acerca. Una vez que la tiene a poca distancia no tarda en comprender que la meta de aquel ser es matarla, tal vez por la mirada iracunda y ceñuda con que la observa, o quizás por la larga y filosa lanza espiral que se dirige hacia ella, la cual en su interior muestra una carga eléctrica intermitente. Sin embargo, en esos pocos segundos no duda en cerrar los ojos cogiendo su collar, rogando no ser lastimada y este brilla emanando una protección invisible que golpea con la espiral de metal y luego con la oz en la punta opuesta de la lanza enemiga.

Tras el impacto, puede oír al ser decir algo incomprensible y abre los ojos para ver a una chica verde claro, de facciones marcadas y largas orejas, con un par de brillantes ojos color magenta, que la observan con furia contenida. Estos se ablandan al notar que aprieta con fuerza el collar y su mirar muestra el temor que recorre sus venas mientras enfoca a un ser totalmente desconocido.

“Esa mirada”, piensa la joven de piel verde, comprendiendo que quien está junto a ella es inocente e importante para cualquier dimensión. Baja la lanza, agachándose para dejarla en el piso, dando a entender con sus gestos que no la atacara. De forma lenta, Hisae se endereza tiritando y sin soltar su roca, consulta quién es y dónde están, tanto en español como japonés, pero la joven solo responde negando con la cabeza.




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