La niñera

Capítulo 1

Jamás pensé que a mis veintiséis años estaría en la situación en la que me encuentro ahora. No estoy al límite de la desesperación ni mal de salud, pero he gastado la mayor parte de mis ahorros. Gracias a eso, de manera poco amable me corrieron del apartamento que rentaba por demorar unos días en pagar. El dueño, que me conoce desde hace cuatro años, no me tuvo compasión a pesar de saber lo que me sucedió. Fue en vano explicarle toda la historia. Es por la solidaridad de mi amiga Sofía, una colega docente unos años mayor que yo, que tengo hoy una cama para dormir, un techo sobre la cabeza y comida en el plato.

Hace casi cinco meses me apartaron de mi cargo de maestra de primer grado en una escuela porque golpeé a un niño. Bueno, eso es lo que los padres de la víctima en cuestión dicen y lo que salió en algunos portales digitales amarillistas. La grabación de la cámara de seguridad muestra que otra cosa sucedió durante el recreo, no solo mi reacción ante el hecho. Se ve claramente cómo un chico de siete años de segundo grado empuja a un alumno de primer grado al suelo, se monta sobre él y comienza a darle bofetadas en el rostro. En repetidas ocasiones dejé notas en el cuaderno de la directora para avisarle sobre el comportamiento del agresor durante los recreos, y detallé con precisión los comentarios hirientes que él tenía para con sus compañeros. Como todo en este sistema educativo que va de mal en peor cada año, el video no tuvo demasiado peso. A fin de cuentas, yo era la adulta, debía actuar de otra forma.

En el video se ve cómo empujo a ese niño alto con bastante fuerza para quitarlo de encima del otro, y este golpea su cabeza contra el piso cuando cae. Aquello no solo le generó tremenda contusión, sino que me metió en un lío enorme. Los padres no me denunciaron con autoridades más importantes porque vieron cómo su hijo golpeaba con ira al otro chico, y los padres de ese niño violentado amenazaron con iniciar acciones legales contra los otros progenitores. Así que desde la supervisión de escuelas le dieron un castigo inútil al bravucón, y a mí decidieron suspenderme sin goce de sueldo y con la resolución de mi regreso al aula todavía pendiente.

Sofía es una maestra jardinera de la que me hice amiga hace tres años, y enseña en la sala de preescolar de otra escuela. Nos conocimos durante una capacitación, y desde esa primera charla con café y masas dulces de por medio durante un recreo, hemos tenido una relación cercana. Por eso tuvo la amabilidad de darme un lugar en su modesta casa. Ella tiene un esposo que pasa gran parte del día trabajando y dos niños en edad escolar.

De más está decir que me siento una gran molestia. Pensé que iba a tener una resolución para mi caso pronto o que conseguiría otro trabajo, pero eso no ha sucedido. A veces envidio a esas personas que tienen familias amorosas con las que se hablan con cariño y que están siempre para el otro; mi padre desapareció apenas nací y mi madre murió hace cuatro años. No tengo hermanos y la vida me ha hecho desconfiar bastante de las personas, así que puedo decir que Sofía es mi única amiga.

—Hola, Em —saluda mientras entra en la casa por el portón del patio trasero, delimitado por una cerca alta de madera clara que da privacidad respecto de la vista de los vecinos. Carga sobre uno de sus hombros una mochila enorme que parece a punto de explotar. De la parte superior asoman dos cartulinas rojas enrolladas. Los bolsillos de su guardapolvo azul están llenos de cosas. Solo una maestra jardinera sabe qué tesoros se esconden allí. Me llamo Emma, pero Sofía ha decidido acortar mi nombre y darme ese apodo.

—Bien. Trabajando un poco para no perder la cabeza —digo, sonriente, arrodillada sobre el césped. Tengo una pequeña pala de aluminio en la mano para cavar la tierra junto a la cerca. Estoy trasplantando flores. La primavera está aquí y lo menos que puedo hacer es compensar a mi amiga con trabajos en la casa. Quiero darle un bonito jardín para que disfrute durante el fin de semana o en sus tardes libres—. ¿Cómo te fue hoy?

—Fue un largo día. Prefiero hablar de otra cosa. Como lo que estoy viendo ahora. El jardín quedará hermoso. Ya te dije que no tienes que trabajar en mi casa. No me debes nada, nena —comenta, y me dedica una mirada dulce de sus ojos marrones. Lleva su cabello castaño algo alborotado y hay cansancio en su mirada. Noto sus ojeras oscuras en la piel bajo sus ojos—. Se que harías lo mismo por mí si yo estuviera en tu lugar.

—Por supuesto que lo haría. Pero me gusta sentirme útil de todos modos —digo mientras termino de plantar la última flor rosada que quedaba en el canasto y me esmero por cubrir su raíz con tierra nueva y húmeda. Paso el dorso de mi mano por mi frente, que está sudando. Siempre llevo mi cabello negro recogido en una cola de caballo alta, así que no me he ensuciado el pelo.

—Hablando de trabajo. ¡Lo recordé! Una compañera me habló sobre una aplicación para niñeras que al parecer es muy buena. La usa mucha gente rica de Monte Negro y siempre se necesita gente para trabajar. ¿Por qué no creas un perfil para probar suerte?

—¿Te parece que yo podría hacer algo así? —pregunto poco convencida mientras me pongo de pie y limpio mis manos en mis jeans anchos, que son viejos y por eso no me molesta ensuciar.

—Eres maestra y tienes entrenamiento para eso. Si puedes con veinte niños, puedes con uno o dos. Eres muy buena cuidando a mis hijos y lo eras con tus alumnos. No dejes que esa injusticia que sucedió en la escuela opaque lo demás, Em.

—Gracias por confiar en mí cuando ni yo misma puedo. Vamos adentro a tomar un té y tratemos de crear el perfil. Voy a intentarlo —propongo. Ella tiene razón. Sofía no lo ha dicho con intención de correrme de la casa, pero es hora de que haga algo. Necesito volver a tener una vida y dinero propio. Quiero volver a estar ocupada, y dicen que nada se pierde con probar.




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