La niñera

Capítulo 2

Frente al espejo cuadrado que descansa sobre la cómoda de madera blanca en la pequeña habitación que ocupo en casa de Sofía, termino de peinar mi cabello en una cola de caballo alta y prolija. Lo llevo de esa manera todos los días de mi vida. Ya no recuerdo cuándo comencé a usarlo así. Me gusta porque deja mi rostro de piel pálida expuesto y mis ojos oscuros resaltan. Creo que he ganado un poco de peso estos meses. Puedo notarlo en mis mejillas y la redondez de mi cara. No me desagrada. Es más, pienso que me queda bien. Pasé una temporada tan estresante con el tema del trabajo, que la ansiedad me hizo adelgazar, y ahora me veo más saludable. De todos modos, debería comenzar a caminar un poco o hacer algo de ejercicio. Eso me mantendría ocupada y mi mente estaría más tranquila.

Para la entrevista me pongo mis jeans azules más nuevos. La tela elástica se estira alrededor de mis muslos. Elijo una blusa blanca con pequeños botones al frente. Es de mangas cortas, así que arriba de eso me pongo una chaqueta liviana de hilo azul. Unas botitas de cuero de color negro completan el atuendo. Mi idea es no parecer tan seria o una mujer entrada en años. Quiero que la señora Duarte se lleve la impresión de que soy una persona jovial, ágil y activa. Una niña de seis años requiere que su niñera esté dispuesta a jugar, saltar y correr. Tengo dos pares de zapatillas deportivas, pero me parece adecuado que me vea un poco formal la primera vez.

Desayuno un café con galletas de avena y pasas de uva mientras observo la hora en el celular. Son las ocho y cuarto de la mañana. En diez minutos debería estar saliendo de la casa. Miré la aplicación de mapas anoche, cuando me metí a la cama, y sé que me tomará alrededor de media hora llegar a la residencia de los Duarte.

—¿Qué haces despierta a esta hora, Em? Es sábado —pregunta Sofía, que se hace presente en la cocina vistiendo una camiseta negra con el nombre de una banda de rock y pantalones cortos. Es su ropa para dormir. Se acerca de inmediato a la cafetera sobre la encimera y mira a través de la ventana mientras frota uno de sus ojos con la mano. Desde allí se puede ver el jardín y el sol asomando durante el amanecer—. Todos duermen en la casa.

—Tú no lo haces, amiga. Eres tú la que debería estar en la cama descansando —le digo con una sonrisa—. ¿Es acaso el reloj de alguien que se levanta siempre a la misma hora lo que te ha despertado hoy?

—¡Lo odio! Ojalá pudiera ser como esas personas que dicen que durmieron hasta el mediodía durante el fin de semana. ¡No puedo! —protesta sentándose frente a mí, le da un sorbo a su café y me mira con interés por sobre el borde de la taza—. Estás arreglada y tienes algo de maquillaje en el rostro. Huelo un delicioso perfume en el aire. ¿Una cita a esta hora?

—No es eso. No te hagas ilusiones —respondo soltando una risita—. Aunque tengo buenas noticias. ¡Voy a una entrevista! ¿Puedes creerlo?

—¿Qué? ¿Cuándo pasó eso? ¿Cómo?

—Anoche. Mientras veíamos la película recibí una propuesta, pero no quise interrumpir.

—¡Nena! —dice negando con la cabeza—. Las buenas noticias no son interrupciones. Es el tipo de cosa que se comparte de inmediato. Cuéntame más.

—Es solo una entrevista que conseguí por la aplicación para niñeras que me recomendaste. Así que gracias, Sofi. Tengo que salir en unos minutos. Es en el área del lago —comento, y es entonces cuando empiezo a sentir nervios. ¿Qué haré llegando a ese lugar en mi viejo auto pequeño de dos puertas?

—Entonces es como mis colegas decían. La aplicación funciona. En el área del lago hay mucho dinero, Em. Esa gente puede tener a cualquiera, así que si te contactaron con tanta prisa es porque están necesitados. Estoy segura de que te darán el empleo, y te van a adorar —dice la mujer de cabello castaño ondulado con entusiasmo. Siempre hay ternura en su mirada. Creo que esa es una gran cualidad para ser maestra jardinera. Sus ojos color miel transmiten cariño.

—No quiero generar muchas expectativas y tener una decepción.

—Te entiendo. Pero trata de mantener una actitud positiva —dice robando una galleta dulce de mi plato y dándole un mordisco—. ¿Quién te escribió por la aplicación?

—Una mujer que se llama Helena Duarte —digo mientras me paro para lavar mi taza y ordenar un poco la cocina.

—Ese nombre me resulta familiar, aunque no puedo asegurar que la conozca. Pero ese apellido en Monte Negro indica dinero. Así que ten una mente más que positiva.

—Bueno, amiga. Es hora de irme. Te enviaré un mensaje apenas salga de esa casa para contarte cómo me fue —comento, y al pasar junto a ella toco su hombro con amabilidad. Tomo mi bolso marrón, que cuelga del respaldo de la silla, y decido salir.

—Mucha suerte, amiga. Te mereces lo mejor —dice la dueña de la casa, y me llevo sus palabras grabadas en la mente como un mantra de la buena suerte.

Fuera de la casa está mi pequeño auto gris estacionado en la calle. Es un Volkswagen Fox que me dejó mamá en la herencia. Era la única posesión importante que tenía. Vivimos toda la vida pagando la renta de una pequeña casita en las afueras de la ciudad, en una zona desagradable, cuando mi padre decidió abandonarnos. Ese carro fue lo único que pudo comprar con los ahorros de toda una vida de trabajo.

Mientras los minutos pasan logro relajarme un poco viendo el paisaje. Lo bueno de la primavera en Monte Negro es que todo se llena de flores. Hay macetas de madera en las ventanas de las tiendas, en las avenidas, y cuando me alejo de la ciudad y tomo la ruta de asfalto negro, a un costado puedo ver el lago azul donde los destellos del sol danzan como pequeñas estrellas sobre la superficie. Enciendo la radio y dicen que este será un sábado soleado de temperatura agradable, perfecto para disfrutar al aire libre. Ya puedo ver enormes camionetas de vidrios negros acarreando tráileres con costosos botes encima. Los ricos son dueños de la mejor parte de la ciudad.




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