La niñera

Capítulo 4

Antes de regresar al centro de la ciudad doy un paseo por los alrededores y miro ropa en tiendas que no puedo pagar en mi situación actual. Sin embargo, necesito la distracción. Luego de eso dejo mi auto en el estacionamiento de una casa de comida rápida a pedido de mi estómago, que ruge con ganas. Tienen fuera del edificio mesas rectangulares con bancas de madera bajo sombrillas blancas, y la vista del lago azul es hermosa desde allí. Decido comer una hamburguesa con papas fritas y beber un refresco azucarado. En la semana comemos de forma saludable para que los hijos de Sofía incorporen buenos hábitos alimenticios, pero luego de los nervios que pasé en la entrevista de trabajo mi apetito se despertó y no estará satisfecho con algo liviano como una ensalada. Mientras muerdo una papa crocante que tiene bastante sal y siento la brisa fresca acariciar mi rostro, decido contarle a mi amiga cómo me fue en la casa de los Duarte a través de un mensaje de voz que intento salga bastante resumido. Su respuesta llega al instante, me dice que está segura de que voy a conseguir ese empleo.

Me quedo observando las aves blancas que vuelan en círculos sobre el lago mientras termino el enorme vaso de Coca Cola. Los hielos todavía suenan cuando muevo la bebida. De repente, alguien bloquea mi vista. La sombrilla cubre su cuello y rostro, así que solo puedo ver pantalones negros ajustados y un cinto ancho. Un arma descansa en la cintura del hombre. Luego se agacha y me mira. Es un oficial de policía con camisa azul y su escudo en un costado del pecho. Carga en las manos una bandeja plástica roja con el mismo menú que yo comí.

—Buen día, señorita. ¿Le molesta si me siento aquí? Los demás lugares están ocupados y no me gusta comer adentro en un día tan lindo —dice con voz segura, y me mira con ojos negros como la noche. Tiene unas pestañas bonitas y unos labios gruesos atractivos. Esboza una sonrisa y vuelvo a ser una adolescente que se sonroja. Con todo el caos en mi vida y mi trabajo, no le he puesto atención al lado romántico ni a las fantasías amorosas. Pero el hombre frente a mí es apuesto, tiene hoyuelos en las mejillas y cabello oscuro revuelto. Sus hombros son anchos y los brazos que asoman por las mangas cortas de su uniforme se ven fuertes—. Me llamo Sebastián Rizzo. Estoy en un descanso ahora.

—Por supuesto, oficial. Puede sentarse —digo con respeto. Él parece tener alrededor de treinta años, o su piel tostada lo hace ver mayor. Hacía mucho tiempo no veía a un hombre sin barba o bigote. Me gusta que lleve la piel de su rostro bien afeitada—. Yo estaba por marcharme de todos modos. Ya terminé mi almuerzo.

—¿En serio? Si le incomoda mi presencia puedo buscar otro sitio. No tiene que marcharse —dice él todavía indeciso.

—Voy a dejar de tratarte de usted porque creo que ambos somos jóvenes para eso —digo con una risita—. No me incomoda. Es solo que no soy de esta zona. Estaba de paso y vine a comer. Tengo que conducir un buen rato para volver a casa. Hace más de media hora que estoy aquí mirando el lago. Puedes sentarte. Hazlo, por favor —indico haciendo un gesto con la cabeza a la banca del otro lado de la mesa rectangular.

—Gracias —dice él con una sonrisa que expone sus dientes blancos—. No sé qué hubiera hecho si decías que no. No hay otros lugares libres. Todos salieron a disfrutar del clima. No te culpo por quedarte observando el paisaje. El área es hermosa.

—¿Qué hubieras hecho si decía que no? ¿Me hubieras detenido por negarle asiento a un oficial que quiere comer su hamburguesa en el recreo? —bromeo terminando mi Coca Cola y guardo el celular en mi bolso.

—No había pensado en eso —dice riéndose y me mira a los ojos—. ¿Cómo te llamas? Dijiste que no vives por aquí. Lo que debe ser cierto, porque nos conocemos todos en esta zona y nunca te había visto.

—Me llamo Emma. Vivo en el centro de Monte Negro —respondo. ¿Por qué estoy hablando con este hombre desconocido? ¿Será porque me la he pasado encerrada en la casa de mi amiga por miedo a que me señalaran en la calle diciendo que soy una maestra golpeadora? Solo he hablado con Sofía, sus hijos y esposo. Se siente bien charlar con alguien que no te conoce y no voy a hacerme la tonta, Sebastián es lindo y hacía tiempo no hablaba con un chico guapo.

—Te agradezco por dejarme la mesa, Emma. Quizá deba darte una condecoración por ceder el espacio a un oficial con una emergencia de comida chatarra —dice con una sonrisa mientras me pongo de pie.

—Creo que hice mi buena acción del día entonces —comento soltando una risita y luego levanto mi mano—. Que disfrute su día, oficial.

—Sebastián —dice él con voz segura y asiente—. Espero verte pronto paseando por la zona. La primavera es de las mejores estaciones aquí. Deberías regresar.

—Quizá nos veamos pronto —comento y me apresuro a volver a mi auto con una tonta sonrisa en mis labios.

******

El lunes por la mañana comienza con malas noticias. Al igual que el cielo gris afuera, mi vida es parte de una tormenta. Mientras desayuno sola en la cocina de la casa de Sofía porque todos se han ido a cumplir con sus responsabilidades, recibo un correo electrónico de la escuela que me informa que el Departamento de Educación de la Provincia ha decidido apartarme del cargo de maestra. Creo escuchar mi corazón rompiéndose como una caja de cristal en una sala vacía. Una nube oscura estalla sobre mi cabeza para empaparme de manera torrencial. Tengo que hacerme presente en la institución antes del mediodía para firmar el documento en el que acuerdo dejar mi puesto. Siento que los ojos me queman y se llenan de lágrimas, pero no quiero llorar. Solo me da rabia pensar en el estado de la educación y la poca protección que tenemos los docentes frente a situaciones injustas. ¿Debía dejar que un niño lastime gravemente a otro sin intervenir? Estoy segura de que, si no hubiera hecho nada, también me habrían denunciado por no hacerme cargo. No me gusta la idea de tener que seguir viviendo de prestado en la casa de mi amiga, pero no tengo opción. No he tenido novedades de Helena Duarte, así que doy ese trabajo por perdido. Tengo que salir a buscar algo en la ciudad. Alguien debe necesitar una cuidadora de ancianos o una repositora en algún supermercado.




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