La niñera

Capítulo 7

Pensé que la casa para huéspedes sería una diminuta cabaña vieja y destartalada cerca de la piscina, pero estaba completamente equivocada. Viniendo de gente como esta no debería sorprenderme. Mi nuevo hogar es de estilo moderno, similar al que tiene la casa grande. Es una estructura rectangular con una puerta negra en el centro y dos ventanales a ambos lados. No puedo ver hacia el interior, así que creo que los cristales deben ser espejados para dar algo de privacidad y eso me deja más tranquila. Odiaría que la familia fuera capaz de verme desde el patio de la casa o desde la ventana de la cocina. De todos modos, encuentro cortinas blackout en el interior que puedo bajar si lo necesito. Del lado de la ventana derecha hay una pequeña cocina con todos los artefactos necesarios para preparar una buena comida. Tiene bastante espacio de almacenamiento para una persona. Frente a la puerta hay un juego de comedor industrial compuesto por una mesa de tamaño mediano con patas de hierro negro y dos sillas con el mismo estilo. A unos metros, en el área de la ventana izquierda, hay una hermosa habitación. Puedo ver una cama grande con un colchón nuevo que no debe tener nada de uso. Las sábanas huelen a limpio y están perfumadas. Una manta de hilo grueso está doblada al final de la cama. Hay unos estantes en la pared junto a la cama en los que puedo organizar mi ropa. Me dirijo a la segunda puerta del lugar y encuentro allí un baño espacioso. Hay una ducha de azulejos limpios y claros, una ventana rectangular cerca del cielo raso deja entrar luz y puedo ver las copas de los árboles moverse con la brisa. Cuando caminé cerca de la piscina minutos antes vi la fachada de la cabaña perdida entre los troncos de los árboles, y eso me agradó. Es octubre y la primavera ya se instaló en Monte Negro. El delicioso aroma de las flores silvestres y el cantar de los pájaros serán mi compañía en este nuevo comienzo.

Tomo algunas fotografías del lugar y se las envío a Sofía antes de organizar mi ropa y luego dejar mis únicas dos valijas debajo del estante inferior. Como mi amiga no contesta decido ver recetas para la cena en internet, aunque todas me parecen complicadas. Acabo de recordar que tengo que preparar la comida para la familia. Soy buena horneando pollo y mis papas, que suelen ser crujientes y deliciosas, siempre obtienen buenos comentarios de la familia de mi amiga. ¡Ese será el menú! En un principio pensé que esa tarea no me correspondía y estaba fuera de lugar, pero ahora no me parece mala idea. Recién se acerca el mediodía y no tengo nada para hacer. Regreso a la casa familiar usando la llave que Helena me dio y apenas abro la puerta me llevo un buen susto. Un pitido insoportable resuena en la casa a todo volumen. Estoy a punto de cubrirme las orejas para que no me estallen los oídos cuando veo un tablero electrónico junto a la puerta.

—¡Maldición! ¿Cuál es la clave? —protesto, y miro alrededor intentando encontrar algún papel con la contraseña. Es una tarea inútil. Tomo mi celular del bolsillo trasero de mis jeans para llamar a Helena, pero ella no responde. Quisiera probar el famoso patrón de 1, 2, 3 y 4, pero creo que sería tonto y tampoco tengo intenciones de bloquear el sistema. Pasan diez minutos de llamadas fallidas a la dueña de la casa y a su esposo, que tampoco contesta, cuando escucho el motor de un auto. Salgo por la puerta trasera, mis oídos agradecidos por alejarme un poco, y rodeo con prisa la casa cuando veo un patrullero blanco con el escudo de la policía local en su puerta. Las luces azules están encendidas sobre el techo. Un hombre de cabello negro, anteojos para el sol y uniforme ajustado camina hacia mí.

—¿Emma? ¿Qué está sucediendo aquí? —pregunta quitándose los anteojos, y reconozco los ojos negros de Sebastián y su rostro. Es el oficial que conocí el sábado en la casa de comida rápida—. ¿Qué haces en la casa de los Duarte?

—Hola, Sebas —digo relajando los hombros. Al menos es alguien que conozco—. Sí, soy yo. No estoy robando ni nada de eso. Soy la nueva niñera. Empecé a trabajar hoy. Tengo la llave de la puerta trasera, pero Helena no me dijo que había una alarma así que no sé la contraseña para apagarla.

El hombre de espalda ancha entrecierra los ojos y dirige su atención hacia la fachada de la casa. ¿Es posible que no crea que trabajo aquí? Levanto mi mano para mostrarle la llave y también le enseño mi celular.

—He intentado llamar a Helena, pero no responde. David tampoco —explico mientras la alarma infernal me genera enojo y ansiedad.

—A mí tampoco me responde. Es una mujer muy ocupada. Bueno, los dos siempre están demasiado ocupados —informa él poniendo sus manos en la cintura.

—¿La llamaste? ¿Por qué?

—Por supuesto que la llamé antes de venir. El área del lago no es tan grande como para tener servicios de seguridad privados, así que la policía lo ofrece a los vecinos. Apenas vi que la alarma se activó aquí tuve que llamar a Helena. Pero como no contesta es mi deber venir hasta la residencia para asegurarme de que esté bien.

—Entonces supongo que puedes apagar esa maldita cosa. Me va a freír el cerebro si la escucho un minuto más.

—Sí, vamos. Lo siento —dice y pone una mano sobre la empuñadura de su arma reglamentaria, que asoma sobre la funda de cuero negro que lleva en un cinturón.

Luego de unos minutos se hace la paz y llega el silencio. Sebastián me dice la clave y la registro en la aplicación de notas de mi teléfono para no olvidarla.

—Así que serás la niñera de Clara. Hace mucho no veo a esa pequeña. ¿Estás viviendo en la casa con ellos o viajas todos los días hasta acá? Recuerdo que dijiste que no eras de la zona —pregunta apoyando su trasero en la encimera y se cruza de brazos, lo que hace que sus bíceps se inflamen bastante.




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