La niñera

Capítulo 8

Luego de una caminata para conocer los alrededores, donde compruebo que la próxima casa está a más de un kilómetro de la mansión de los Duarte, decido regresar y darme un baño. Sebastián tenía razón. Si algo grave sucede, es mejor llamarlo a él que salir a pedir ayuda. Clara estará de regreso pronto y tengo que esperarla en el jardín delantero. Con mi cabello largo todavía mojado, me pongo mis jeans más nuevos, esos que me quedan más ajustados en la zona del trasero gracias a la herencia de las mujeres de mi familia, y una simple camiseta negra de mangas cortas completa el atuendo.

De forma puntual un transporte blanco de pasajeros estaciona en la entrada y una mujer de cabello corto desliza la puerta corrediza lateral para ayudar a Clara a descender del vehículo. La pequeña se ve igual de aburrida que en la mañana. Me acerco a saludar a los del servicio de transporte, que no me dicen nada más que un saludo formal, y la niña comienza a caminar para rodear la casa como si hiciera ese recorrido de manera automática todos los días.

—Espera, Clara. ¿Por qué tanta prisa? ¿Cómo te fue en la escuela hoy, preciosa? —pregunto quitando con cuidado las tiras de su pesada mochila de sus hombros. Ella se encoge de hombros mientras entramos en la cocina y se dirige directo a su habitación. La sigo despacio, pensando en que será difícil ganar su confianza. Pero el sueldo que sus padres van a pagarme duplica el de la escuela y solo tengo que atender a una niña en vez de a veinte alumnos. Además, me dan comida y un lugar hermoso donde dormir.

Clara desajusta las hebillas de sus zapatos y pateando en el aire se los quita. Dejo la mochila en la silla que no ocupa su muñeca. El calzado vuela por el aire y me apresuro a recogerlo para ponerlo en su lugar. La niña se dirige hacia la pequeña mesa, ubica su muñeca de trapo en su regazo antes de tomar una hoja de papel y un lápiz negro. Comienza a dibujar con trazos tan rápidos como exagerados. Se aferra fuerte al lápiz y presiento que va a romper la hoja o marcar la madera de la mesa si sigue así. Mientras tanto, abro su mochila y miro sus cuadernos. No tiene tarea, pero soy maestra y puedo inventar ejercicios para que practique sus números y palabras complejas. Debo admitir que Clara tiene una letra hermosa y entendible. Mejor que cualquier otro niño de estas épocas, que acostumbra a tener un aparato digital entre las manos y luego no puede manipular un lápiz para escribir palabras legibles.

—¡Tengo una propuesta interesante! —exclamo poniéndome de rodillas frente a ella. La pequeña no deja de mover su mano sobre el papel—. Vamos a la cocina y puedes dibujar sobre la encimera mientras me ayudas a cocinar pollo con papas al horno para sorprender a tus padres. —Antes de salir a caminar y después del incidente con la alarma encontré el refrigerador lleno de carne y puse a descongelar algunas partes de un pollo que encontré. También hallé vegetales en un cajón del armario que usan como despensa. La niña me mira y asiente. Toma sus papeles y lápices de colores y me sigue—. ¡Arriba! —digo ayudándola a subir a la banqueta alta de madera una vez que estamos en la cocina, y ella vuelve a concentrarse en sus obras de arte que no me he detenido a mirar. Pongo música en mi celular, algo de pop de los 90, y comienzo a bailar moviendo mis caderas mientras le quito la cáscara a las papas sobre el lavabo antes de trocearlas en gajos perfectos. Clara me mira y me regala su primera sonrisa cuando empiezo a cantar una canción de las Spice Girls. Ni siquiera sé inglés y solo estoy imitando los sonidos. Me muevo sin coordinación del otro lado de la encimera. Eso parece relajarla y se pone a colorear mientras de a poco comienza a soltarse para mover su cuerpo al ritmo de la música.

Unos cuantos minutos después hay una bandeja grande de metal en el horno con trozos de pollo bien condimentados y papas doradas que desprenden un aroma que me abre el apetito. Allí recuerdo que no he comido nada desde el desayuno en casa de Sofía. Mi amiga había respondido mi mensaje con fotos de la cabaña diciendo que por fin había tenido mi golpe de suerte. Tomo una foto de Clara para enviarle. Ella se ve concentrada en su dibujo y se ha quitado la coleta, así que algo de cabello le cubre el rostro, pero me parece una imagen tierna.

Todavía no dice una palabra, pero es adorable. Creo que vamos a llevarnos bien si sigo cantando en inglés inexistente y desafinando con las Spice Girls. Eso parece causarle gracia.

Escribo eso en mi mensaje y su respuesta no se hace esperar.

Aww. ¡Es preciosa! Me recuerda a una alumna del año pasado.

La oración termina con un emoticón de un corazón rojo con una venda blanca alrededor. Le deseo buenas noches y ella hace lo mismo. Me siento junto a la niña y tomo las hojas apiladas.

—Déjame ver estos bonitos dibujos que tienes aquí —propongo, y observo con atención. En el primer dibujo solo veo un cielo oscuro. Son gordas nubes grises y gotas de lluvia coloreadas con lápiz celeste que caen en la nada. No hay techos de casas, árboles o suelo. En la hoja siguiente puedo ver un auto rojo que está patas arriba, sus ruedas están rotas y parece salir fuego por una de las ventanas de la parte trasera. Eso me inquieta un poco, pero sé por experiencia que la imaginación de los niños es inagotable. Suelen sacar cosas de películas, anécdotas que han escuchado o de su misma mente. En el otro dibujo reconozco la mesa y las dos sillas que hay en el cuarto de Clara. Hay dos niñas con cabello rubio y vestidos azules sentadas una frente a la otra—. ¡Qué bonitos dibujos! —comento mirando el que está dibujando ahora. Hay troncos altos de árboles y entre dos de ellos, que forman una puerta, veo a una mujer. Su cabello largo y rubio está sobre su rostro. Las puntas de su pelo se transforman en algo celeste. Parecen lágrimas que forman un charco bajo sus pies.




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