Helena ingresa en la cocina y se ve igual de perfecta que en la mañana. Su cabello sigue intacto, peinado hacia un costado, y el vestido está impoluto, sin ninguna arruga. Si supiera cómo termina una maestra su jornada laboral no podría creerlo. No se me ocurre que alguien como ella pueda ser capaz de un trabajo así. Detrás de la mujer viene un hombre alto de cabello castaño claro. Lo lleva un poco largo sobre la cabeza y peina con sus dedos un mechón lacio hacia un costado. Viste un traje azul oscuro entallado y sus ojos son claros, como los de su familia. ¿Qué sucede en esta área de Monte Negro? A excepción de Sebastián, las otras tres personas que conozco tienen ojos azules. Bueno, solo conozco tres, y me recuerdan a los niños del maizal en esa película de terror. No sé si reírme ante ese pensamiento o sentir algo de temor ahora que el sol se ha ocultado.
—Hola, Emma. Él es mi esposo, David Duarte, un cirujano plástico como yo —dice Helena haciendo sonar sus tacones antes de detenerse frente a mí. Los dos visten ropa delicada y cara. Comienzo a sentirme un poco inferior y mal vestida en esta casa.
—Buenas noches a los dos. Es un placer y gracias por el trabajo, David —digo extendiendo mi mano, y él la toma con amabilidad. Su cabello se está volviendo un poco blanco en las patillas junto a las orejas. Es un hombre atractivo de sonrisa bonita y mirada intensa—. ¿Están muy cansados? La comida está lista.
—Señor Duarte —afirma Helena con seguridad y bastante seria. Su esposo me guiña un ojo y ella no puede ver eso. Luego de un firme apretón dejo ir su mano—. Bastante. Hemos trabajado todo el día.
—No hay necesidad de títulos, amor. ¿Señor? Somos todos jóvenes aquí —dice él sonriendo y le deja un beso en la mejilla a su esposa. Ella lo recibe con incomodidad y pone las manos en su cintura antes de caminar para rodear la isla de la cocina—. Iré a ponerme algo más cómodo antes de la cena. ¿Está Clara en la casa?
—Sí… señor Duarte —respondo, apresurándome a tratarlo como su esposa me indicó—. Llegó de manera puntual en el transporte escolar. No tenía tareas, así que como soy maestra, inventé algunos ejercicios para reforzar lo que aprende en la escuela.
Esa última parte es una gran mentira. Pero por alguna razón no quiero mencionar que la niña se la pasó dibujando cosas raras mientras yo bailaba y cantaba en la cocina. Por la manera en que Clara huyó a su cuarto cuando sus padres llegaron, quizá dibujar no era una actividad que tuviera permitida a esa hora. Empiezo a comprender que tienen un par de reglas por aquí.
—La verdad es que eso de que seas maestra es un beneficio extra. Mi esposa ha elegido a la niñera perfecta —comenta David y se retira por el pasillo. Sonrío ante el comentario, pero mi alegría no dura demasiado.
—¿Cuál es el menú para esta noche, Emma? —cuestiona Helena, que bien podría agacharse y mirar dentro del horno. No lo hace, así que me apresuro para llegar hasta ella.
—Pollo al horno con papas —respondo sonriente, porque sé que la comida quedó deliciosa y la casa por fin huele como un hogar—. Es el plato que mejor me sale.
—¿Qué? —exclama ella en un tono de voz alta y se gira para verme con ojos enormes—. Clara es alérgica a las papas.
Estoy a punto de soltar una carcajada, porque ¿quién es alérgico a una papa? En mi vida había escuchado algo como eso. Pero la cara de Helena es tan seria, que me quedo inmóvil mientras ella espera que diga algo. Supongo que hay alergias para todos los gustos.
—No lo sabía… —susurro cuando recupero mi capacidad de hablar, y decido agregar algo más porque si me comporto como una tonta que no tiene respuestas esta mujer nunca va a tomarme en serio y puede despedirme en cualquier momento—. Quizá mañana podría dejarme una lista de las cosas que Clara puede comer o no y además otros datos, como las claves importantes. Tuve un problema con la alarma por la mañana.
—Ah, eso. Con razón tenía llamadas perdidas del oficial de policía —comenta ella mirando por la ventana a través del bosque por un momento, y luego su rostro se viste de dulzura. Se me hace imposible creer que es la misma mujer que me habló con seriedad hace unos instantes—. Sí. Debería hacer ese trabajo, por ti porque por lo visto no reciben entrenamiento en la agencia. No te preocupes, Emma. Ya te vas a acostumbrar.
—Le agradecería mucho eso, Helena. También necesito saber más acerca de las actividades extraescolares de Clara. Solo tiene que enviarlo a mi celular y estaré al día con todo.
«Necesito estar preparada para mañana, así dejo de cometer tantos errores en tan poco tiempo».
—Trataré de recordarlo. Suelo estar muy ocupada. Bueno, tenemos que cenar de todas formas, así que me tocará poner la mesa —dice ella, pero no se mueve de su lugar.
—Yo lo haré, no es nada. No se preocupe. ¿Usan la encimera o la mesa del comedor?
—Si tú insistes —comenta sonriendo y me mira—. Todas nuestras comidas son en el comedor. No puedo creer que la gente coma en la cocina. ¡Qué incomodidad! En fin, poner la mesa es una tarea fácil para terminar tu día, Emma. Solo tienes que poner tres platos, tres copas y tres pares de cubiertos.
Si Helena esperaba una reacción por mi parte, no la obtiene. Es obvio que no estoy invitada a las comidas con la familia, y tampoco lo esperaba. Realizo la tarea con prisa y cuando estoy poniendo el último plato sobre la mesa, David aparece vestido de manera informal cargando a Clara en su espalda. Los brazos de la niña se aferran a su cuello como si fuera un monito.
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Editado: 25.02.2026